Probemos con el silencio. Juguemos a estar una hora sin hablar ni escuchar a nadie; sin ruidos, música ni ringtones de celular; sin bombos de protesta ni bocinazos en las calles; sin el tecleo en las computadoras, taconeos en el suelo o el zumbido de electrodomésticos.
Nos quedemos callados. Que ni nuestra respiración moleste al prójimo. Y controlemos cuánto tiempo soportamos.
No hablamos de la meditación mística ni de la imposición autoritaria a callar, sino de un alto sonoro en la jornada cotidiana de labor, sin modificar ninguno de los compromisos cotidianos. Sigamos haciendo lo que hacemos, pero sin ruido.
Para algunos será insoportable; para otros, un recreo para los sentidos, que lleva a descubrir otras cosas. A todos, el silencio los acercará (de alguna manera individual) al aislamiento, a estar con uno mismo y sus pensamientos.
Animales gregarios, cuando termine esa pausa, la mayoría buscará contarle al otro cómo le fue, qué sintió y cuánto tiempo duró; incluso les hablará a quienes todavía siguen callados. Y todo volverá a la normalidad, si es que existe.
"El silencio no es un resto, una escoria por podar, un vacío por llenar, por mucho que la modernidad no escatime esfuerzos por intentar erradicarlo e instaurar un definitivo continuo sonoro", escribe el antropólogo David le Breton en "El silencio": aproximaciones, una reivindicación de la ausencia de sonidos como parte integrante de los procesos de comunicación y no como su enemigo. Quizás, experimentándolo, encontremos otras formas de ser nosotros mismos y de estructurar nuestras relaciones.
Nos quedemos callados. Que ni nuestra respiración moleste al prójimo. Y controlemos cuánto tiempo soportamos.
No hablamos de la meditación mística ni de la imposición autoritaria a callar, sino de un alto sonoro en la jornada cotidiana de labor, sin modificar ninguno de los compromisos cotidianos. Sigamos haciendo lo que hacemos, pero sin ruido.
Para algunos será insoportable; para otros, un recreo para los sentidos, que lleva a descubrir otras cosas. A todos, el silencio los acercará (de alguna manera individual) al aislamiento, a estar con uno mismo y sus pensamientos.
Animales gregarios, cuando termine esa pausa, la mayoría buscará contarle al otro cómo le fue, qué sintió y cuánto tiempo duró; incluso les hablará a quienes todavía siguen callados. Y todo volverá a la normalidad, si es que existe.
"El silencio no es un resto, una escoria por podar, un vacío por llenar, por mucho que la modernidad no escatime esfuerzos por intentar erradicarlo e instaurar un definitivo continuo sonoro", escribe el antropólogo David le Breton en "El silencio": aproximaciones, una reivindicación de la ausencia de sonidos como parte integrante de los procesos de comunicación y no como su enemigo. Quizás, experimentándolo, encontremos otras formas de ser nosotros mismos y de estructurar nuestras relaciones.








