De reyes y sastres europeos

28 Abril 2013

Antonio Fraguas - Periodista y bloguero español

Máxima será la primera argentina (y latinoamericana) en convertirse en reina europea. Para redondear tan histórico hito, solo faltaría que la coronara el papa Francisco. La española Letizia Ortiz también será reina. Máxima, de los Países Bajos; Letizia, de España. Inteligentes y preparadas, comparten un exitoso pasado profesional. Cuando conocieron a sus futuros maridos no se contaban entre las princesas casaderas, porque no pertenecían a la realeza. Eran civiles. Paradójicamente, se contempla como un rasgo de "apertura" de las monarquías el hecho de que se toleren los matrimonios con civiles. De "apertura" tiene poco, es más bien una estrategia de supervivencia que encierra una ruptura de las reglas del juego. Porque, oiga usted, señor monárquico: si tanto defiende usted la institución, quédesela con todo lo que implica. Sea usted monárquico hasta la médula y, si se enamora de una civil, abdique. No se puede estar en misa y repicando.

"Pero España, ¿es una monarquía o una democracia?" El presidente de Ecuador, Rafael Correa, dejó caer el año pasado esta disyuntiva en el programa de máxima audiencia de la radio española, y lo hizo durante la Cumbre Iberoamericana de Cádiz, donde se entrevistaría con el rey Juan Carlos. Parece que hay consenso en Europa en que la fórmula de la monarquía parlamentaria cumple con los estándares democráticos. Quizá Correa sufrió un lapsus, pero si no, se lo explicamos. Verá usted: en los países europeos con monarquía, la ciudadanía elige al presidente del Gobierno (o Primer Ministro), mientras que la Jefatura del Estado recae, de forma hereditaria, en un monarca. Se supone que el papel del Rey es meramente "representativo". Se supone.

A principios de los años setenta, antes de ser proclamado Rey de España en 1975, en una entrevista concedida a una televisión extranjera, Juan Carlos de Borbón dijo que le gustaría "ser el rey de una república". La influencia de la Corona es determinante en la vida pública española, hasta tal punto que Juan Carlos (cuya imagen, y la de su casa, están muy maltrechas últimamente) pasará a la historia como 'el padre de la España moderna', sea eso lo que sea. El príncipe Felipe heredará el trono, pero no ese rédito paterno.

Los sectores más antimonárquicos (a izquierda y derecha), los que durante un par de décadas pusieron sordina a sus críticas al Rey, no reconocen méritos a Don Felipe que justifiquen la pervivencia de la institución. Parece como si la España moderna estuviera anticuada, como una chaqueta cuyas costuras empiezan a tirar demasiado. Necesitamos un sastre nuevo. O quizá un desastre.

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