Va siendo tiempo de admitirlo: el gen de una nación está alojado en el idioma. Somos lo que hablamos. O, mejor dicho, lo que mal hablamos. Y hoy, a no dudarlo, nuestro lenguaje sufre el mismo destino que cualquier cosa pública: muy pocos lo respetan, casi nadie lo valora y muchos lo agreden. Basta con encender la televisión o la radio para comprobar hasta que punto nuestra oralidad se ha vuelto como un campo de cardos: agresiva, dura, espinosa… sin matices. Y ni hablar del encanto al que hacía referencia Martin Heidegger, cuando decía que el hombre mismo habita en las palabras. Por eso el uso del lenguaje exige responsabilidad. A través de las palabras nombramos la realidad. Y, al nombrarla, las cosas existen, como pasa en el primer verso de las Sagradas Escrituras: Dios crea a través de la palabra. Ahora bien, si lo que dice Heidegger es real... ¿por qué nos empecinamos en hablar cada vez peor? ¿Por qué incomprensible razón los términos más vulgares se han convertido ya en vocablos comunes que repetimos como mantras a toda hora y en cualquier lugar? ¿Por qué a nadie le molesta que le digan, por dar el ejemplo menos grosero: "che, boludo, estoy a un toque de tu bulín… ¿tomamos un feca?". O -lo que es aún peor- ¿por qué hasta las mujeres se llaman a sí mismas boludas, cuando en realidad deberían decirse ováricas, como sugiere Pedro Barcia, presidente de la Academia Argentina de Letras? Aceptémoslo de una buena vez… somos malhablados. No se trata, claro está, de caer en la pacatería infantil de usar sólo términos cultos. Pero tampoco es cuestión de abandonar aquello que nos legaron. Porque, lo que dicen los poetas es cierto: el lenguaje es un tesoro. Entonces, a la hora de abrir la boca y lanzar una frase al viento, recordemos primero que la palabra es un reflejo de nuestro propio espíritu. Y, eso basta para merecer nuestro respeto.
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