ESCRITOR Y GUIONISTA. Battista recibió el premio Planeta en 1995.

Por Vicente Battista
Clava la vista en el monitor. Lo ve tan negro como su ánimo. En el ángulo superior izquierdo el cursor titila indiferente. Sonríe: el conflicto de la página en blanco se le ha convertido en el conflicto de la pantalla en negro. Más allá del cambio de soporte, el desafío sigue siendo el mismo. Por consiguiente, ahora Raúl Benavides debería refregarse los ojos o quizás pasar una y otra vez la mano izquierda por la cabeza, como en un gesto que indique frustración y/o parálisis creativa. Sin embargo tanto su mano izquierda como su mano derecha están posadas en el estómago y, por momentos, lo acarician suavemente. A primera vista podría pensarse que Benavides está evocando alguna buena comida. Nada de eso. Si observamos con algo más de atención, advertiremos que el gesto de Benavides es de desagrado, no de placer. Habrá que acostumbrarse a no aceptar lo primero que se ve. El negro de la pantalla no le preocupa en lo absoluto, en este momento sólo piensa en su estómago, en el malestar de su estómago, en la acidez que siente ahí, justo en el sitio en el que acaba de posar su mano derecha. Tal vez se soluciona con un poco de sal de frutas. Con la mano izquierda abre el primer cajón del escritorio. Abandona por un instante la caricia del estómago y con la mano derecha busca en vano. La esperanza de encontrar un sobresito de uvasal se diluye de inmediato. Sabe que ahí no está, nunca estuvo, la pócima mágica que podría aliviarlo. Posa otra vez la mano derecha sobre su estómago. Cierra los ojos y lo acaricia dulcemente. Un gesto que puede provocar falsas lecturas: las caricias no son dulces y no hay placer en esos ojos cerrados. Esto, por supuesto, lo ignora Damián Di Salvo, que en este momento se dirige hacia la mesa de Benavides.
-Despierta, bella criatura- dice Di Salvo ni bien llega y apoya una foto sobre la pantalla-. Sesenta líneas- ordena.
Benavides abre los ojos y mira por un instante a Di Salvo. Puede ser la mirada de alguien que está molesto porque lo han interrumpido en sus reflexiones o tal vez la mirada de alguien que pregunta "por qué pusiste ahí la foto de ese adolescente", del medio cuerpo de ese adolescente que parece dormir sobre un piso de baldosas. No duerme: un charco de sangre junto a su oreja izquierda despeja cualquier duda.
-Va para tres años -dice Di Salvo- y todavía no se sabe si fue accidente, suicidio o asesinato. Sesenta líneas.
Ahora es el momento en que Benavides debería informarle acerca de su estómago, de la resaca que padece. Le habían dicho que el vodka Absolut no producía efectos secundarios. Suecos mentirosos. Anoche liquidó seis copas al hilo, se tiró a dormir pensando en que mañana sería un hombre nuevo y aquí está, hecho polvo, sin posibilidades de escribir una línea. Esto debería confesar Benavides, pero Di Salvo habla antes.
-Fantaseá un poco -dice-. Inventate cualquier cosa. En el archivo hay material de sobra.
Benavides señala su estómago. Di Salvo niega con movimientos de cabeza.
-Ya tendrás tiempo para comer. Contalo como mejor te parezca, pero dejalo en ambigüedad -dice y se va.
-Escuchame -grita Benavides.
Di Salvo se detiene y gira la cabeza.
-También hablá de la madre, del dolor de la madre. Era hijo único, de padres separados. Familia bien, venida a menos.
El chico parece copiado de un cuadro de Botticelli: de piel exageradamente blanca y pelo enrulado y rubio. La muerte no le ha quitado belleza. Benavides hojea los recortes, después los ordena por fechas. Juan Ignacio Aráoz, quince años, hijo único de un matrimonio porteño de apellido patricio, hallado muerto en el patio interior de un club privado de la Capital. Tuvo que haber caído de la azotea, cuatro pisos en picada. Los forenses diagnosticaron que la causa del deceso había sido el golpe en la cabeza. Los socios del club utilizaban la terraza como solarium, pero la muerte de Juan Ignacio Araoz había ocurrido en un día nublado, con permanente amenaza de lluvia. Sin embargo, no hubo razones para suponer algo más que un accidente. Solo unos pocos medios aventuraron la posibilidad de un suicidio. Dos meses después del hecho, la madre del chico comenzó a decir que a su hijo lo habían asesinado; decía tener pruebas de que a Nacho lo habían matado. Logró recusar al juez de instrucción; sin embargo, el nuevo juez no modificó la carátula: "Muerte por accidente". La madre del chico insistió con la denuncia. Al principio la invitaron a diversos programas de TV; siempre iba en compañía del doctor Gancedo, un abogado ostentoso. Ambos repetían que tenían pruebas, pero nunca las mostraban. Ahora casi no los invitaban a ningún programa.
Benavides revisa una vez más los recortes y decide que lo único cierto es Juan Ignacio Aráoz despatarrado sobre las baldosas del patio. La foto no admite dudas. Benavides se demora un buen rato en un detalle de la foto: los ojos cerrados del chico. ¿Los habrá cerrado para morir o alguien, piadosamente, se los habrá cerrado después? Tal vez fue el propio fotógrafo a fin de conseguir una imagen más dramática, o más bella. Piensa que las sesenta líneas podrían girar en torno a esos ojos. Devuelve los recortes y solo se queda con la foto.
* Editorial El Ateneo.








