El señor de las moscas

La exclusión social les quita la infancia a los niños.

11 Octubre 2003
En su novela "El señor de las moscas", William Golding imaginó cómo sobrevivía un grupo de niños en una isla desierta, luego de un naufragio. Tras esperar que aparezca un adulto que los organice, los chicos comienzan a buscar alimento y a protegerse como grupo, y terminan formando dos facciones enfrentadas: la que representa la razón y la lógica, y la que encarna la fuerza bruta y reacciona ante los instintos animales. Sus temores se encarnan en un putrefacto esqueleto (el señor de las moscas), que algunos intérpretes de la novela consideraron el miedo a lo desconocido y que otros interpretaron como el fantasma de la Segunda Guerra Mundial, con sus 56 millones de muertos.
Nuestro país, y Tucumán, sobre todo, también tienen niños en condiciones similares a los sobrevivientes del naufragio de la novela de Golding. Son los abandonados del sistema, los excluidos, que cada vez forman un grupo más numeroso. El 73,5% de los menores de 14 años es pobre, dijo la demógrafa Susana Torrado, a propósito del informe sobre la población argentina. Entre el 30% y el 40% de los adolescentes de 15 a 19 años no estudia ni trabaja. "Esta generación promete una elevada conflictividad social en los años sucesivos", dice. "Los que no trabajan ni estudian están fuera del sistema y constituyen el bolsón de donde se recluta el ejército tan grande que sale en las crónicas policiales", agrega.
¿De dónde sale ese "ejército"? De la exclusión. Aquellas criaturas que se manifiestan de dos maneras ante el asombro público: primero, por la carencia, que genera compasión; y luego, en muchos casos, por la violencia, que genera temor.
Pero son dos caras de la misma moneda. Las 23 víctimas de la desnutrición (o de la pobreza, o de enfermedades que caen implacablemente sobre niños desnutridos e hijos de padres desnutridos) dieron lugar, sobre todo, a reacciones asistencialistas en las autoridades, lo cual no sería tan malo si hubiera un programa que indique la salida. Pero los funcionarios, como el ministro de Salud, Enrique Zamudio, sólo dicen que mientras siga el problema socioeconómico, la desnutrición no va a desaparecer, y tratan de disfrazar la realidad. Gustavito Sena -para él- no murió por desnutrición, sino por broncoaspiración, ya que era celíaco... si bien estaba desnutrido. El ministro no ve detalles reveladores como la frase de una vecina del barrio Costanera, que le dijo al cronista de LA GACETA que ahí "todos los chicos son desnutridos".
El punto de la compasión de la gente al temor está en una zona ambigua, cuando esas criaturas, abandonadas como en una isla desierta, sin ayuda de los adultos, dejan de ser niños para transformarse en chicos que salen guiados por el instinto. Como las adolescentes de 13 a 15 años que fueron detenidas ayer, que pertenecen al grupo de 6.000 chicos que desde hace años son dueños y señores de los pasillos del barrio "La Bombilla", que de vez en cuando emergen en forma violenta, como los célebres "Jesusito", "Huguito" o "Huevo". Sucede que el paso de la ternura infantil a la violencia del chico sin frenos se está dando cada vez más abajo. Porque es difícil reclamarles pureza a criaturas a las que se les ha negado la infancia y el alimento básico.
William Golding imaginó su novela como una fábula que nos hace pensar por qué somos como somos y si realmente seremos capaces de cambiar algún día. Pero al menos los chicos de la novela tienen la suerte de que, al final, llega un barco que los rescata de la barbarie y los hace dejar atrás la pesadilla. Susana Torrado, en cambio, llama a un porcentaje de la generación nacida entre 1978 y 1988 como "los irreversibles". Y hay muchos más, deambulando y creciendo solos por los barrios abandonados, sólo guiados por el instinto, por su propio señor de las moscas.

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