La palabra "no" es una de las más desagradables de escuchar cuando uno pretende algo. Puede estar disfrazada, pero la muy infeliz cercena esperanzas de igual manera. Los periodistas somos especialistas en recibirla. Aunque se presente como un "llamame más tarde", "estoy en una reunión", "acaba de salir" o "no estoy al tanto". Pero, en ocasiones, nos toca decir no y creo que es una de las pocas experiencias desagradables de esta profesión. Ocurre, generalmente, con personas que se nos presentan espontáneamente. Si bien en la mayoría de los casos lo que tienen para contar termina impreso en las páginas de este diario, en otros, no alcanza para ser noticia. Y ahí es cuando nos toca el infortunio. Un divorcio conflictivo, alguien que gana una beca o aquel al que le robaron el celular. Por supuesto que son vivencias importantes para los protagonistas, pero probablemente no lo necesariamente trascendentes como para interesar a la mayor cantidad posible de lectores. Y ahí pasamos de víctimas a victimarios. Los que decimos los "ya lo hablaré con mi jefe" o "no depende de mí" somos nosotros. Y nunca es menos violento. Perdón por ellos. Por eso, los periodistas preferimos mil portazos en las narices a tener que pronunciar esa palabra infame.








