El cardenal que viajaba en colectivo

Fragmentos de El jesuita. Conversaciones con el cardenal Jorge Bergoglio. *

COMO SI FUESE UN VECINO MÁS EN BUENOS AIRES. La austeridad es una característica en la personalidad de Jorge Mario Bergoglio desde siempre; en 1998 quedó al frente la curia porteña y solía trasladarse en subte. FOTO TOMADA DEL SITIO TGNEWS.CITTACELESTE.IT COMO SI FUESE UN VECINO MÁS EN BUENOS AIRES. La austeridad es una característica en la personalidad de Jorge Mario Bergoglio desde siempre; en 1998 quedó al frente la curia porteña y solía trasladarse en subte. FOTO TOMADA DEL SITIO TGNEWS.CITTACELESTE.IT
17 Marzo 2013

Por Francesca Ambrogetti y Sergio Rubin

Cualquiera que haya visto a Bergoglio sabe que no es una figura glamorosa, del estilo que prefieren los programas televisivos. Ni es un orador grandilocuente, con dotes histriónicas, sino de tono más bien bajo, pero de contenido profundo. Además, hasta antes de ser designado obispo auxiliar de Buenos Aires, en 1992, no era un sacerdote que venía ascendiendo en la pirámide eclesiástica, haciendo carrera.

En aquel tiempo se desempeñaba como confesor de la residencia de la Compañía de Jesús en Córdoba, donde había sido destinado hacía casi dos años. Fue el entonces arzobispo de Buenos Aires, cardenal Antonio Quarracino, quien -atraído por sus condiciones- lo escogió como uno de sus principales colaboradores (uno de sus obispos auxiliares). Y un año después lo convirtió en el principal, al ungirlo su vicario general. Cuando su salud comenzó a deteriorarse, lo impulsó como su sucesor (el Papa lo nombró arzobispo coadjutor con derecho a sucesión). Al morir Quarracino, en 1998, Bergoglio se convirtió en el primer jesuita al frente de la curia porteña.

Por entonces, Bergoglio ya contaba con un gran ascendiente sobre el clero de la ciudad, sobre todo el más joven. Gustaba su afable cercanía, su simpleza, su sabio consejo. Nada de eso cambiaría con su llegada al principal sillón de la arquidiócesis primada, sede cardenalicia. Habilitaría su teléfono directo para que los sacerdotes pudieran llamarlo a cualquier hora ante un problema. Seguiría pernoctando en alguna parroquia, asistiendo a un sacerdote enfermo, de ser necesario. Continuaría viajando en colectivo o en subterráneo y dejando de lado un auto con chofer. Rechazaría ir a vivir a la elegante residencia arzobispal de Olivos, cercana a la quinta de los presidentes, permaneciendo en su austero cuarto de la curia porteña. En fin, seguiría respondiendo personalmente los llamados, recibiendo a todo el mundo y anotando directamente él las audiencias y actividades en su rústica agenda de bolsillo. Y continuaría esquivando los eventos sociales y prefiriendo el simple traje oscuro con el clerigman a la sotana cardenalicia.

A propósito de su austeridad, cuentan que, cuando se anunció que sería creado cardenal, en 2001, no quiso comprar los atuendos de su nueva condición, sino adaptar los de su antecesor. Y que, ni bien se enteró de que algunos fieles proyectaban viajar a Roma para acompañarlo en la ceremonia en la que Juan Pablo II le entregaría los atributos de purpurado, los exhortó a que no lo hicieran y a que donaran el dinero del viaje a los pobres. Dicen también que en una de sus frecuentes visitas a las villas de emergencia de Buenos Aires, durante una charla con cientos de hombres de la parroquia de Nuestra Señora de Caacupé, en el asentamiento del barrio de Barracas, un albañil se levantó y le dijo conmovido: "Estoy orgulloso de usted, porque cuando venía para acá con mis compañeros en colectivo lo vi sentado en uno de los últimos asientos, como uno más; se lo dije a ellos, pero no me creyeron". Desde entonces, Bergoglio se ganó para siempre un lugar en el corazón de aquella gente humilde y sufrida. "Es que lo sentimos como uno de nosotros", explicaron.

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