La mochila del nombre propio

Leo Noli
Por Leo Noli 02 Febrero 2013
-Mamá, me mataste.

- Por qué, si es lindo, hija; así se llamaba tu abuela.

- De lindo no tiene nada. Me pusiste ¡Prudencia!

Una de las reglas de tres simple que manejan los coquetos/as del Siglo 21, además de evitar mostrar el documento cuando alguien pide fecha de nacimiento, es gambetear la combinación de nombres propios. Casi todos tenemos la suerte (o desgracia, depende la visión de cada uno) de llamarnos así en honor al abuelo, tío, hermano de cariño, actores de película, marcas, etc. Y lamentablemente no tenemos ni voz ni voto para torcer la historia. Los raros, como el pobre de Atahualpa Merlín (el nene de Mollo y Oreiro), creo, Dios me perdone, la va a pasar mal en el colegio. Bueno, para qué te llamás así.

Yo, Leonardo Andrés, una que otra cargada me comí en clases, aunque zafé. Otros vienen con la mano cambiada y deben remarla contra la paciencia. A nadie le gusta que lo carguen, los chicos son, somos así. Es parte de nuestra vida.

Con esto no quiero decir que por llamarme Eustaquio, Ayrton o Adalberto alguien está autorizado a abusar de mí y a agredirme psicológicamente, NO. Sí puede reírse como seguramente lo haremos nosotros mismos cuando seamos grandes y recordemos cómo renegábamos de haber llevado una mochila que nos pusieron de prepo, pero que al fin y al cabo dejó una marca en esta vida. Para eso nacimos, ¿no? Para estampar nuestro nombre (y apellido) y que las generaciones venideras se acuerden de nosotros. De Prudencia, juro, me voy a acordar por y para siempre.

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