Domingo

Fragmento de Una vacante imprevista *, la primera novela para adultos de la autora de Harry Potter.

EL ESCENARIO REAL DE UNA FICCIÓN. Postal del poblado de Pagford, donde Rowling ambienta la novela con la cual posa en la foto de abajo. EL ESCENARIO REAL DE UNA FICCIÓN. Postal del poblado de Pagford, donde Rowling ambienta la novela con la cual posa en la foto de abajo.
03 Febrero 2013

Barry Fairbrother no quería salir a cenar. Estuvo casi todo el fin de semana soportando un palpitante dolor de cabeza e intentando terminar a tiempo un artíulo para el periódico local.

Sin embargo, durante la comida su mujer había estado tensa y comunicativa, y Barry dedujo que con la tarjeta de felicitación de aniversario no había logrado atenuar su delito de pasarse toda la mañana encerrado en el estudio. No ayudaba el hecho de que hubiera estado escribiendo sobre Krystal, por la que Mary, aunque lo disimulara, sentía antipatía.

- Quiero llevarte a cenar afuera, Mary -mintió para rebajar la tensión-. ¡Diecinueve años, niños! Diecinueve años y su madre está más hermosa que nunca.

Mary se ablandó un poco y sonrió; Barry llamó por teléfono al club de golf, porque quedaba cerca y porque allí siempre conseguían mesa. Intentaba complacer a su mujer con pequeños detalles, ya que, tras dos décadas juntos, había comprendido que a menudo la decepcionaba en las cosas importantes. No lo hacía adrede: sencillamente tenían ideas distintas acerca de lo que debía ocupar más espacio en la vida.

Los cuatro hijos de Barry y Mary ya eran grandes y no necesitaban niñera. Estaban mirando la televisión cuando Barry se despidió de ellos por última vez, y sólo Declan, el más pequeño, giró para mirarlo y le dijo adiós con la mano.

Barry seguía notando el palpitante dolor detrás de la oreja cuando salió del camino de la casa marcha atrás hacia las calles de Pagford, el precioso pueblito donde vivían desde que se habían casado. Bajaron por Church Row, la calle de pendiente pronunciada donde se alzaban las casas más caras, dechados de lujo y solidez victorianos, doblaron la esquina al llegar a la iglesia de imitación estilo gótico donde Barry había visto a sus hijas gemelas representar el musical José el soñador, y pasaron por la plaza principal, desde donde se podía contemplar el oscuro esqueleto de la abadía en ruinas que dominaba el horizonte del pueblo, en lo alto de una colina, fusionándose con el cielo violeta.

Mientras transitaba por aquellas calles que tan bien conocía, Barry no pensaba más que en los errores que sin duda había cometido al terminar apurado y corriendo el artículo que acababa de enviar por correo electrónico al Yarvil and District Gazette. Pese a lo locuaz y simpático que era en persona, le costaba reflejar su encanto en el papel.

El club de golf quedaba a sólo cuatro minutos de la plaza, un poco más allá del punto donde el pueblo acababa con un último suspiro de viejas casitas dispersas. Barry estacionó la miniván frente al restaurante del club, el Birdie, y se quedó un momento junto al coche mienras Mary se retocaba el pintalabios. Agradeció el aire fresco en la cara. Mientras observaba cómo la penumbra del anochecer difuminaba los contornos del campo de golf, Barry se preguntó por qué seguía siendo socio de aquel club. El golf no era lo suyo -tenía un swing irregular y un hándicap muy alto-, y había otras cosas que reclamaban su atención, muchas. Su dolor de cabeza no hacía sino empeorar.

Mary apagó la luz del espejito de la visera parasol y cerró la puerta del acompañante. Barry activó el cierre automático pulsando el botón de la llave que tenía en la mano. Su mujer taconeó por el asfalto, el sistema de cierre del coche emitió un pitido y Barry se preguntó si las náuseas remitirían cuando hubiera comido algo.

De pronto, un dolor de insólita intensidad le rebanó el cerebro como una bola de demolición. Apenas notó el golpe de las rodillas contra el frío asfalto; su cráneo rebosaba fuego y sangre; el dolor era insoportable, una auténtica agonía, pero no tuvo más remedio que soportarlo, pues todavía faltaba un minuto para que perdiera el conocimiento.

Mary gritaba sin parar. Unos hombres que estaban en el bar acudieron corriendo. Uno de ellos volvió a toda velocidad al edificio para ver si encontraba a alguno de los médicos jubilados que frecuentaban el club. Un matrimonio conocido de Barry y Mary oyó el alboroto desde el restaurante; dejaron sus entradas y se apresuraron a salir para ver qué podían hacer. El marido llamó al servicio de emergencias por el teléfono celular.

La ambulancia, que tuvo que desplazarse desde la ciudad vecina de Yarvil, tardó 25 minutos en llegar. Para cuando la luz azul intermitente alumbró la escena, Barry yacía inmóvil en el suelo, en medio de un charco de su propio vómito; Mary estaba arrodillada a su lado, con las medias desgarradas, apretándole una mano, sollozando y susurrando su nombre.

* Editorial Salamandra

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