Martín Dzienczarski
Por Martín Dzienczarski 31 Enero 2013
Hay ciertas vivencias condenadas a repetirse, por más que se hable de los saltos generacionales y de los cambios en la crianza. Siempre un chico buscará huir del baño, escaparse para no lavarse los dientes y -siempre que pueda- hará lo imposible para que lo malcríen "un poco". Y, sobre todo, siempre bombardeará de preguntas a "los mayores", los que se supone que sabemos todas las respuestas. Yo era bastante jodido con las preguntas.

Sin embargo, esta vez me tocó estar del otro lado de la cuestión. Del lado de los "adultos". Mi sobrino se me acercó mientras perdía el tiempo con el televisor y me sorprendió preguntándome: "¿ticho, el tiempo tiene olor?".

No pude evitar reirme, pero pensé en darle una respuesta que valiera la pena.

-Mirá -le dije: - Puede parecer que no, pero sí, tiene olor a "algo"-.

Porque claro, vos acercás la nariz a un reloj -miró con los ojos inmensos la pantalla del gastado 1100- y no se siente nada. Pero el tiempo se esconde en algunos lugares. Fui a mi pieza y le mostré un libro que estaba leyendo, que rescaté de la casa de mi abuelo. Tiene al menos 40 años. Le dije -acercá el naso-, y pasé rápidamente las hojas apretando y soltando el pulgar. Ése es el olor al tiempo. Espero que mi respuesta haya valido la pena.

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