En una entrevista con la escritora Liliana Heker, el biólogo argentino Marcelo Cereijido relató que la vida en la Tierra requiere que el esqueleto humano soporte entre 60 y 80 kilogramos de peso corporal. Por eso, los astronautas que pasan cinco meses en el espacio, regresan hechos unos calamares: su esqueleto no tiene que oponerse a la gravedad y entonces se reabsorbe por falta de función. Una contingencia que la película animada de Disney, "Wall-E", retrata con gracia y maestría. Del mismo modo -sugiere-, cuando la gente no usa el cerebro, las ideas se embotan y la materia gris se atrofia. Por eso, mirar pasivamente un show televisivo en el que la vida de otros genera violencia y aviva la estupidez puede llevar también al mismo desdichado destino.
Los programas que pueden verse por estos días en la tórrida televisión argentina están justamente centrados en producir escándalos con cuanto personaje intrascendente se pasea por las playas o las sierras cordobesas. Incluso chicas que tuvieron su minuto de fama años atrás intentan retomar su protagonismo en la pantalla chica con bizarras presentaciones o escándalos absurdos. Pero lo más grave de ciclos como lo que vemos todas las tardes no es tanto que se exhiban la desnudez, el lenguaje vulgar o las conductas impropias. Lo peor, sin duda, es el modelo de éxito que se transmite a los adolescentes. Un modelo que, muchas veces, es avalado por los padres, que también fantasean con la idea de que sus hijos sean tan famosos como los jóvenes que aparecen, con todo desparpajo y superficialidad en la triste TV argentina.
¿A quien le importa que Ricardo Fort siga llorando ante cada cámara que se le pone en frente por el amor perdido de su joven pareja? ¿Quien realmente puede perder el sueño por Paula y Peter o por Moria y Carmen? ¿Alguien realmente en sus cabales puede pasarse horas enteras mirando cómo un notero mantiene ridículos diálogos con los veraneantes en Mar del Plata? Al paracer si... de lo contrario esos programas no estarían en el aire. Hasta los noticieros más serios han entrado en esta moda veraniega y presentan disparatadas notas vinculadas casi siempre algún tema bizarro y oscuro. Realmente... es de locos.
"La actual televisión está absolutamente rendida al impacto inmediato, a lo que pueda generar el programa aquí y ahora, ya ni siquiera mañana; ni siquiera el día de hoy: es el minuto a minuto. También es una televisión que ha perdido exigencia social. No tiene ningún compromiso con la sociedad, sólo tiene el compromiso de asegurar el negocio y generar el impacto necesario para asegurar el rating", señala el periodista Carlos Ulanovsky. Y al parecer no se equivoca, porque todo lo que se puede ver en la pantalla chica -salvando un par de ciclos de ficción dignos- tiene que ver justamente con el impacto momentáneo. Se busca que la gente no piense demasiado y no se complique la vida analizando o haciendo planteos filosóficos. Al fin y al cabo, el entretenimiento televisivo es precisamente eso: pasar el tiempo. Matar el aburrimiento.
Pero sucede que esta propuesta también atenta contra los televidentes. Sí, porque privilegia la audacia y no la inteligencia. Por eso, convendría rescatar lo dicho por Ernesto Sabato en un brillante artículo publicado por La Nación: "Uno de los grandes mitos negativos de nuestra televisión es que el público sólo quiere basura, y por cierto que se encargan de darla en cantidades industriales en el sentido estricto de la palabra. Mientras, el siniestro rating es el que decide la programación: el instrumento más eficaz para enriquecer a los canales pero también el mejor para pervertir el gusto, para promover la violencia y, en fin, para lograr la imbecilización progresiva del país". Tremendo ¿no?
Los programas que pueden verse por estos días en la tórrida televisión argentina están justamente centrados en producir escándalos con cuanto personaje intrascendente se pasea por las playas o las sierras cordobesas. Incluso chicas que tuvieron su minuto de fama años atrás intentan retomar su protagonismo en la pantalla chica con bizarras presentaciones o escándalos absurdos. Pero lo más grave de ciclos como lo que vemos todas las tardes no es tanto que se exhiban la desnudez, el lenguaje vulgar o las conductas impropias. Lo peor, sin duda, es el modelo de éxito que se transmite a los adolescentes. Un modelo que, muchas veces, es avalado por los padres, que también fantasean con la idea de que sus hijos sean tan famosos como los jóvenes que aparecen, con todo desparpajo y superficialidad en la triste TV argentina.
¿A quien le importa que Ricardo Fort siga llorando ante cada cámara que se le pone en frente por el amor perdido de su joven pareja? ¿Quien realmente puede perder el sueño por Paula y Peter o por Moria y Carmen? ¿Alguien realmente en sus cabales puede pasarse horas enteras mirando cómo un notero mantiene ridículos diálogos con los veraneantes en Mar del Plata? Al paracer si... de lo contrario esos programas no estarían en el aire. Hasta los noticieros más serios han entrado en esta moda veraniega y presentan disparatadas notas vinculadas casi siempre algún tema bizarro y oscuro. Realmente... es de locos.
"La actual televisión está absolutamente rendida al impacto inmediato, a lo que pueda generar el programa aquí y ahora, ya ni siquiera mañana; ni siquiera el día de hoy: es el minuto a minuto. También es una televisión que ha perdido exigencia social. No tiene ningún compromiso con la sociedad, sólo tiene el compromiso de asegurar el negocio y generar el impacto necesario para asegurar el rating", señala el periodista Carlos Ulanovsky. Y al parecer no se equivoca, porque todo lo que se puede ver en la pantalla chica -salvando un par de ciclos de ficción dignos- tiene que ver justamente con el impacto momentáneo. Se busca que la gente no piense demasiado y no se complique la vida analizando o haciendo planteos filosóficos. Al fin y al cabo, el entretenimiento televisivo es precisamente eso: pasar el tiempo. Matar el aburrimiento.
Pero sucede que esta propuesta también atenta contra los televidentes. Sí, porque privilegia la audacia y no la inteligencia. Por eso, convendría rescatar lo dicho por Ernesto Sabato en un brillante artículo publicado por La Nación: "Uno de los grandes mitos negativos de nuestra televisión es que el público sólo quiere basura, y por cierto que se encargan de darla en cantidades industriales en el sentido estricto de la palabra. Mientras, el siniestro rating es el que decide la programación: el instrumento más eficaz para enriquecer a los canales pero también el mejor para pervertir el gusto, para promover la violencia y, en fin, para lograr la imbecilización progresiva del país". Tremendo ¿no?
Lo más popular








