Acá se terminó la esperanza

José Nazaro
Por José Nazaro 19 Enero 2013
Manuel cuenta que le cuesta caminar varias cuadras sin descansar. Pero que no es por la droga; dice que él ya no consume, que eso es el pasado. Asegura que a veces no tiene mucha fuerza porque come poco. Y no porque no sienta hambre, sino porque no tiene qué comer.

Manuel padeció uno de los peores infortunios posibles: crecer en La Costanera. Lo atrapó el paco, al igual que a tres de sus ocho hermanos (entre ellos hay una mujer adicta) y terminó en un centro de rehabilitación en Misiones. Regresó a Tucumán a mediados de 2012 y su historia se publicó en esta misma columna: en vez de mendigar dinero, había llegado dispuesto a realizar cualquier tipo de trabajo, porque sabía que esa era la única manera de mantenerse lejos de la droga.

Medio año después de aquel regreso continúa en La Costanera. Vive en una casa que ha sido depredada por uno de sus hermanos adictos, que vendió hasta el inodoro para comprar paco. Hace algunas changas (corta el pasto, realiza arreglos de albañilería, limpiezas, lo que sea). Pero quiere volver a Misiones a completar su tratamiento o pretende que lo admitan en el centro de rehabilitación en el que está otro de sus hermanos, en Buenos Aires.

Aunque él no sepa cómo ponerlo en palabras, intuye que para el Estado no existe, que a ningún político ni puntero le importa que se esté debatiendo entre el hambre, la miseria y la despiadada condición de ser un ex consumidor que vive en un entorno de consumo. Se quiere ir, porque está convencido de que acá se agotó la esperanza.

Tamaño texto
Comentarios
Comentarios