Un libro para el verano: San Manuel Bueno, mártir

Un libro para el verano: San Manuel Bueno, mártir
20 Enero 2013

POR LUCÍA PIOSSEK PREBISCH*

De tiempo en tiempo, pasando por sobre el aluvión de las últimas novedades de las librerías, es bueno revisar nuestra biblioteca.  Hace unos días me topé con Miguel de  Unamuno, escritor que me  había conmovido ya en la adolescencia (Del sentimiento trágico de la vida) y que más tarde expuse en mis clases de Filosofía contemporánea. ¡Qué riqueza la personalidad de Unamuno! Filólogo de profesión, filósofo ensayista, dramaturgo, cuentista, novelista, poeta…(además vinculado con Tucumán a través de la Revista de letras y ciencias sociales, la que capitaneaban Ricardo Jaimes Freyre, Juan B. Terán y Julio López Mañán).  

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Unamuno novelista. Realmente valdría la pena releerlo, o descubrirlo, en unos días del verano. En particular estas novelas (o nivolas, como él gustaba llamarlas en un acto de rebeldía frente a la preceptiva literaria de su tiempo): Niebla, La tía Tula, Nada menos que todo un hombre, Abel Sánchez, Amor y pedagogía, y, por sobre todas,  la última que escribió: San Manuel Bueno, mártir.

¿Por qué rescatar a Unamuno en sus novelas? Por la vigencia atemporal de los temas, aunque estén situados sin duda y explícitamente en su España,  y por el placer de leer a un escritor que, con total ausencia de pedantería, usa a la perfección nuestra lengua española y con eso nos hace gozar.

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* Doctora en Filosofía, profesora emérita de la UNT.

FRAGMENTO

"De nuestro Don Manuel me acuerdo, como si fuese cosa de ayer, siendo yo niña, a mis diez años (…) Era alto, delgado erguido, llevaba la cabeza como nuestra Peña del Buitre lleva su cresta, y había en sus ojos toda la hondura azul de nuestro lago. Se llevaba las miradas de todos y tras ellas los corazones. Y él al mirarnos parecía, traspasando la carne como un cristal, mirarnos al corazón. Todos le queríamos, pero sobre todo los niños ¡Qué cosas nos decía! Eran cosas y no palabras. Empezaba el pueblo a olerle la santidad; se sentía lleno y embriagado de su aroma. (…)

Su maravilla era la voz, una voz divina, que hacía llorar. Cuando al oficiar en misa mayor o solemne entonaba el prefacio, estremecíase la iglesia y todos los que le oían se sentían conmovidos en sus entrañas. (…)

En el pueblo todos acudían a misa, aunque fuese sólo por oírle y por verle en el altar, donde parecía transfigurarse, encendiéndosele el rostro. Había un santo ejercicio que introdujo en el culto popular y es que, reuniendo en el templo a todo el pueblo, hombres y mujeres, viejos y niños, unas mil personas, recitábamos al unísono, en una sola voz el Credo: 'Creo en Dios Padre Todopoderoso, Creador del Cielo y de la Tierra…', y de lo que sigue. Y no era un coro, sino una sola voz, una voz simple y unida, fundidas todas en una y haciendo como una montaña, cuya cumbre, perdida a las veces en nubes, era Don Manuel. Y al llegar a lo de 'creo en la resurrección de la carne y la vida perdurable', la voz de Don Manuel se zambullía, como en un lago, en la del pueblo todo, y era que él se callaba. Y yo oía las campanadas de la villa que se dice aquí que está sumergida en el lecho del lago -campanadas que se dice también se oyen la noche de San Juan- y eran las de la villa sumergida en el lago espiritual de nuestro pueblo. Oía la voz de nuestros muertos que en nosotros resucitaban en la comunión de los santos. Después, al llegar a conocer el secreto de nuestro santo he comprendido que era como si una caravana en marcha por el desierto, desfallecido el caudillo al término de su carrera, le tomaran en hombros los suyos para meter su cuerpo sin vida en la tierra de promisión."


* San Manuel bueno, mártir (es el drama de un alma sincera, profundamente piadosa, a la que martirizan sus dudas acerca un más allá).

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