Juan Manuel Asis
Por Juan Manuel Asis 17 Enero 2013
Es lo usual, y hasta casi una obligación, que los gobiernos nacionales y provinciales destinen mayores recursos a la obra pública en los años electorales. Así se muestra que la gestión funciona, que hay preocupación del oficialismo por los vecinos, que el Estado se preocupa por el bienestar general. Es una fórmula habitual; pero ojo, no hay más dinero para la salud, la educación o la seguridad, para eso no, sólo para cordones cuneta, calles, viviendas, nuevas aulas, rutas. Lo central pasa por lo visual, por mostrar que se está haciendo: carretillas de aquí para allá, motoniveladoras a full, hormigón por todos lados. Ergo, inauguraciones a granel, aunque más no sea de la piedra basal. Una ecuación de propaganda gratis.

Para los que están en el Gobierno es la mejor manera de obtener votos. No está mal como estrategia política, porque de alguna forma se están llevando soluciones a gente que necesita que mejoren sus condiciones de vida. Lo cuestionable es que se apunte con un único fin: asegurarse la continuidad en el Gobierno o que se ratifique la gestión a través de un buen caudal de sufragios. Y eso es así porque, aún, muchos ciudadanos miden la gestión por sus obras, públicas, claro. Porque todavía no hay manifestaciones populares reclamando por calidad institucional, o marchas para que los legisladores den a conocer cuánto ganan o para que haya jueces verdaderamente independientes del poder político.

Al parecer la ciudadanía, en su mayoría, aún no se hartó de los privilegios que el sistema les brinda a algunos, los que abusan de sus debilidades. Debilidades que, por supuesto, alimentan interesadamente. ¿Cómo?: con mecanismos para elegir amigos en el Poder Judicial, con organismos de control manejables, con un esquema de sometimiento político a través del manejo de los recursos. ¿Quién se rasga las vestiduras por mayor calidad institucional? Son pocos, algunos se expresan en las columnas laterales de esta página. Se quejan a manera de desahogo; son pocos sufragios -dicho con ironía-, no los suficientes como para preocupar al que gobierna. La mayoría tiene necesidades materiales. Y el Gobierno debe satisfacerlas. Bien, hasta para aplaudir, incluso.

Sin embargo, cabe desafiar al poder a que tome riesgos, para que no apunte sólo a la obra pública para ganar en las urnas porque es la fórmula que mejor le ha respondido en estos últimos 10 años. Será que jugarse por la educación -con mejores currículas de estudio y mayores sueldos para los docentes-, atacar la inseguridad -que implica enfrentar con decisión la droga y el narcotráfico que castiga a la juventud-, o pensar en transparentar todos los actos de una gestión pública -saber cuánto son los gastos sociales de todos los parlamentarios, por ejemplo- es muy complicado y poco redituable en materia de votos. Seguramente que habrá que decir que sí, por cuanto, año a año, durante los meses previos a los comicios, lo único que se engorda son los dineros para la obra pública.

Y por lo visto, al poder ya no le avergüenza decirlo, lo admite a cara descubierta; sin ponerse colorado. Lo hizo Julio de Vido a nivel nacional: "el kirchnerismo debe estar al a altura de las circunstancias en el proceso electoral que se avecina con más obras". José Alperovich fue más cauto; apuntó que las obras son para solucionar los problemas de la gente. En el fondo apuntan a lo mismo, al tucumano no le hace falta confirmarlo: ejecuta. Bueno, así que, tucumanos, argentinos, a esperar más obra pública -necesaria, obvio-, pero a no aguardar medidas tan revolucionarias como enfrentar la inseguridad, una apuesta a fondo en materia educativa o propuestas de transparencia de la gestión pública. Eso, aunque suene raro, no aporta votos.

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