Gustavo Martinelli
Por Gustavo Martinelli 17 Enero 2013
Según los budistas, todos los hombres tenemos luces y sombras en nuestro interior. Todos nos movemos al borde del abismo; pero es el camino que elegimos lo que en verdad nos define. En la sociedad sucede lo mismo. Como si fuera un espejo de la lucha entre ángeles y demonios que se libra en nuestro interior, el entorno que habitamos también muestra esta arcaica batalla. De hecho, cada vez que ponemos un pie en la calle podemos vislumbrar pequeños paraísos y grandes infiernos. Está el paraíso de aquellos que se desviven por ayudar a otros y el infierno de los niños que mendigan en los bancos. El paraíso de los maestros que dignifican, y el infierno de los políticos que se olvidaron de servir al pueblo. El paraíso de los que trabajan sin descanso para labrarse un futuro, y el infierno de los que no tienen dónde caerse muertos. Paraíso e infierno conviven a diario en nuestras calles. Pero, en rigor, sólo son proyecciones de nuestro espíritu. La violencia, la falta de ética, la ausencia de valores y las transgresiones no existirían si no fueran producidas por gente pensante. Sin embargo, cada uno de nosotros seguimos creyendo que el paraíso y el infierno existen en alguna parte, casi a la manera en que los describe Dante Alighieri en "La divina comedia": fuera de nosotros mismos. Los orientales, en cambio, sostienen lo contrario: que el paraíso y el infierno no están al final de la vida, sino aquí y ahora. Por eso, tal vez sea más efectivo dejar de quejarnos de las turbulencias de nuestra historia y hacer algo para mutar nuestros infiernos en pequeños paraísos. Porque de esa manera, dicen los virtuosos, se podrá transformar la sociedad entera. "Todo lo que somos surge de nuestros pensamientos. Y nuestros pensamientos construyen el mundo", decía Lao Tse. ¿Tendrá razón el sabio oriental? Vale la pena probar. Porque hasta ahora, confiar en la política o en la tecnología no ha contribuido demasiado a mejorar nuestra sociedad. ¿Estará la clave en nosotros mismos? Arriesguémonos y digamos que sí. No tenemos mucho más para perder.

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