La isla, superpoblada de suricatas, tiene agua dulce y brinda algas marinas como alimento... de día. De noche se torna carnívora. El agua se vuelve ácido. Y la tierra digiere lo que encuentra en su superficie, por lo que los simpáticos mamíferos, para dormir, usan los árboles como si fueran edificios. Así que Pi, el náufrago del filme Una aventura extraordinaria, decide volver al cruento mar, junto con un hambriento tigre de bengala, en una barca: encuentra eso menos peligroso.
Esa isla de fantasía, que cuando cae el sol quita lo que ha dado en la mañana, se asemeja, vergonzante y dolorosamente, a muchos cotidianos momentos del Jardín de la República, superpoblado de tucumanos. La ciudad, como tal, brinda beneficios propios de vivir en sociedad: educación, salud, seguridad, solidaridad. Pero también ofrece inseguridad, enfermedad, comportamientos cavernarios y conductas que dañan al prójimo. En definitiva, el destierro de la ética. Porque la ética es, en dos palabras, el otro. Que el otro importe. A la isla que abandona Pi no le interesan los otros. A muchos conciudadanos, tampoco. Y no sólo se advierte en algunas conductas oficiales de los gobernantes (también tucumanos), sino en el comportamiento diario de los gobernados.
Desde que empezó el año, no hubo día en que LA GACETA no dedicara una página a exponer los basurales impunes que los tucumanos alimentan frente a las casas de otros tucumanos. En esta edición, como en tantas otras, un vecino denuncia que cuando pidió a los carreros que no tiren en la vereda los residuos que cargan por encargo de otros vecinos, recibió amenazas con látigos y pistolas. Y es que cuando el otro dejó de importar, se reinstauró la ley del más fuerte. Con ella, el más grande se aprovecha del débil. En todos los niveles de la tucumanidad. Y está bien que sea así porque es la jungla. El jardín sin ética ciudadana es la selva de lo antisocial.
Esa isla de fantasía, que cuando cae el sol quita lo que ha dado en la mañana, se asemeja, vergonzante y dolorosamente, a muchos cotidianos momentos del Jardín de la República, superpoblado de tucumanos. La ciudad, como tal, brinda beneficios propios de vivir en sociedad: educación, salud, seguridad, solidaridad. Pero también ofrece inseguridad, enfermedad, comportamientos cavernarios y conductas que dañan al prójimo. En definitiva, el destierro de la ética. Porque la ética es, en dos palabras, el otro. Que el otro importe. A la isla que abandona Pi no le interesan los otros. A muchos conciudadanos, tampoco. Y no sólo se advierte en algunas conductas oficiales de los gobernantes (también tucumanos), sino en el comportamiento diario de los gobernados.
Desde que empezó el año, no hubo día en que LA GACETA no dedicara una página a exponer los basurales impunes que los tucumanos alimentan frente a las casas de otros tucumanos. En esta edición, como en tantas otras, un vecino denuncia que cuando pidió a los carreros que no tiren en la vereda los residuos que cargan por encargo de otros vecinos, recibió amenazas con látigos y pistolas. Y es que cuando el otro dejó de importar, se reinstauró la ley del más fuerte. Con ella, el más grande se aprovecha del débil. En todos los niveles de la tucumanidad. Y está bien que sea así porque es la jungla. El jardín sin ética ciudadana es la selva de lo antisocial.
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