El cerro sangra las heridas que dejan las motos

La tranquilidad de los cerros tucumanos se termina los fines de semana, cuando unas 400 motos de enduro van a hacer sus prácticas. Los vecinos y veraneantes están preocupados por las profundas zanjas que dejan las máquinas y plantean que no se debería permitir el acceso durante la época de lluvias. En la Comuna piden que la UNT limite el tránsito en el área protegida que administra, sitio predilecto de los enduristas. Las reglas de oro de un deporte que gana adeptos

13 Ene 2013

El cerro donde nació y creció Roberto Salazar ya no es el mismo, dice. Los sigilosos senderos que lo llevaban a caballo cuando era niño hasta Villa Nougués, donde trabajaba su papá, dice, ya no se ven ni se usan. Ahora, cuando el sol comienza a aparecer desde el corazón de la montaña, lo que se ven son profundas heridas que sangran el verde de sus lomas y que no han sido provocadas precisamente por la sabia naturaleza.

Estamos parados al final de la calle 13, "Doña Segundita". Roberto, de 40 años, señala en todas las direcciones mostrando los rastros que dejan las motos enduro y que a fuerza de caucho y motores poderosos están cambiando la fisonomía del cerro San Javier sin medir consecuencias. Como muchos lugareños, Roberto dice que no es la idea prohibir el uso de la naturaleza, pero lamenta la actitud avasallante de algunos deportistas.

Al comienzo de esa misma calle, una de las preferidas de los enduristas para pasar hacia otro circuito, está la Comuna. Allí trabaja Roberto, haciendo de todo un poco. Si hace falta, por ejemplo, coloca un cerco alambrado en las cercanías de El Cristo, el enorme mojón que indica a los turistas de todo el mundo que se encuentran en el cerro San Javier, Tucumán, Argentina. "Ni siquiera ahí respetaban. Trepaban en las motos y se ponían a darle vueltas al Cristo, que siempre está lleno de gente. Acá no nos quedó otra y tuvimos que alambrar, aunque nunca fue esa la intención", asegura el empleado.

Pero no encontraron opción. "El alambrado parece más de un campo de concentración que algo que deba estar en un cerro, pero necesitábamos darle una solución rápida", se justifica Américo Sosa, encargado de Obras Públicas de la Comuna y rápidamente muestra los cercos de madera que, con más tiempo, pudieron armar para proteger la plazoleta Mercedes Sosa y la nueva plaza del pueblo. "A diferencia de los que hacen trekking o mountain bike, los enduristas no respetan la montaña y trepan por donde sea. Uno a caballo, a pie, o en bici sube en zigzag, lo que reduce la erosión. Pero ellos, con semejantes máquinas, hacen todo recto. Por eso las cercas, porque tampoco podemos permitir que destruyan todo", vuelve a justificar.

Un "peaje" irregular
Cuando cerraron la subida hacia El Cristo, los enduristas tomaron como pasada las calles 13, 14 y 1. "Ese senderito por el lado del Cristo -cuenta Elda Rojas- lo usamos nosotros para acortar camino y llevar los chicos a la escuela, o ir al CIC. A veces, los de las motos rompen el alambre y pasan igual, y si una no se hace al lado la pasan por encima". Aún así, Elda no siente rencor por los enduristas ni cree que haya que prohibirles la pasada. "Que sean un poco más respetuosos, sobre todo con la velocidad. Yo tengo cinco hijos y por suerte no pasan tantas motos por la puerta de mi casa, si no tendría que estar alerta todo el tiempo", piensa con alivio.

Desde las calles 13, 14 y 1, los enduristas pasan hacia el lado del Parque Sierra de San Javier, ex Parque Biológico, administrado por la UNT. Al llegar al límite, dicen los vecinos aunque no podrían comprobarlo, hay quienes cobran un "peaje" a las motos. "Si la gente del Parque no pone límites, difícilmente se termine el tema de las enduro. Los caminos vecinales de San Javier son más bien de paso, pero en ese paso hacen un daño terrible, sobre todo en épocas de tormenta", reclama Sosa.

Lo que necesitan, dice el funcionario, es sentarse a conversar con la UNT, la Comuna, los vecinos y los enduristas para llegar a un acuerdo. "Una de las propuestas será que limitar el acceso, que no puedan circular en la época estival, porque tenemos una tierra altamente erosionable y cuando llueve es que se producen estas cárcavas imborrables", desliza.

A toda velocidad
Pero no siempre es fácil sentarse a conversar. Lo intentó en varias oportunidades Arnaldo Grosvald, un "vecino veraneante", como se define él mismo. Por insistencia suya, en la calle 13 colocaron un cartel que pide a los motociclistas reducir la velocidad por la seguridad de los habitantes. En la mayoría de los casos, dice, no le hacen caso. "Intenté frenar a varios y ponerme a conversar, a pedirles que bajen la velocidad cuando circulen por acá porque, levantan tierra y piedras y hacen un ruido que no deja descansar. Los fines de semana circulan entre 300 y 400 motos, son unos estruendos que terminan con la tranquilidad de la villa", reniega. Y cuenta que muy pocos respetan el descanso y reducen la velocidad. "Pero otros te ofrecen pegarte, como me pasó una vez".

El hijo de Grosvald, Matías, fue uno de los que comprobó en carne propia el cobro de ese "peaje" para acceder al ex Parque Biológico. "Fue en el camino al Telégrafo, en la zona de La Sala. Un hombre nos quiso cobrar una entrada, pero nosotros íbamos en bicicleta, no en moto. Nos pusimos a discutir y ahí nos enteramos que les cobraban a los enduristas. No era mucho, pero nos disgustó la actitud: no es legal", contó el joven.

Los vecinos y veraneantes de San Javier saben que cuando termine, las marcas del verano se harán más visibles. Cada vez que llueve, es como si el sonido de las motos los lastimara a ellos mismos. Al igual que Roberto, muchos preferirían plantar flores antes que cercos, pero si la única solución es seguir alambrando para defender su cerro, lo seguirá haciendo.

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