Gustavo Martinelli
Por Gustavo Martinelli 11 Enero 2013
John Dune, autor del sencillo pero perturbador libro "Un experimento con el tiempo", asegura que cada hombre tiene una modesta eternidad personal que se hace presente cada vez que sueña. Y sostiene que esa realidad -la onírica- es la otra cara de su rutinaria vida. Por eso los poetas decían que el sueño y la vigilia eran como las dos caras de una misma moneda.

En Tucumán, por ejemplo, esa dualidad se presenta a la luz del día y con total descaro. Se dice, por ejemplo, que la provincia ha experimentado uno de los más grandes crecimientos de los últimos tiempos. No sólo en infraestructura, sino también a nivel económico. Una afirmación bastante veraz, por cierto, pero que se contradice con otra realidad tanto o más elocuente: una ciudad sumergida en el caos, la apatía y el descontrol. Los funcionarios afirman que la pobreza ha caído en picada, pero sin embargo cada día se ven más chicos mendigando en la entrada de los bancos o en los semáforos. Se sostiene que a Tucumán llegan cada vez más turistas (el Dakar traerá una migración importante por estos días), pero sin embargo los museos permanecen cerrados, la basura se desparrama por calles y parques y los baches se resisten a dejar las calles principales. Se insiste en declarar que la educación pública es la mejor de los últimos tiempos, pero las escuelas discurren entre el abandono y la desidia. Incluso se exhiben datos que demuestran que la salud pública tucumana es una de las mejores del país, pero sin embargo los médicos siguen protestando en la para que el gobierno les pague lo que por derecho les corresponde. ¿Como se entiende entonces la realidad tucumana? Muchos de los turistas que por estos días llegaron a estas latitudes, tienen de la provincia una imagen de catálogo turístico. De folletos que probablemente se distribuyeron en la Capital Federal en alguna de las tantas campañas de promoción que hizo el gobierno local. Vienen con la idea de encontrar una provincia pujante, verde, tranquila y abierta al mundo. Pero cuando llegan, descubren que el verde subsiste entre montañas de desechos y nubes malolientes, que el caos vehicular transformó la tranquilidad en histeria y que la pujanza pregonada sólo alcanza a la clase dirigente.

Una encuesta realizada por LA GACETA.com sobre lo mejor y lo peor de Tucumán reveló hace ya un tiempo que esa realidad dual también es percibida por la gente. Y la percepción se transforma en ira cuando los discursos oficiales insisten en mostrar sólo una cara de esas dos realidades. "Lo mejor de Tucumán son sus paisajes, lo peor son su gente", resume duramente uno de los lectores. ¿Será para tanto? Quizás hemos olvidado que una ciudad es lo que hacen de ella sus habitantes, tanto dirigentes como dirigidos. Pero, en los tiempos que corren, pareciera que sólo existe la cara que deciden ver los funcionarios. Una consigna estilo K que incluso defienden a morir ciudadanos talentosos y pensadores dignos.

Por eso, para lograr una sociedad justa tal vez haya que empezar a ver sus dos caras. Mostrar siempre lo blanco no ayuda a crecer. La vida misma es dual: no hay bien sin mal. Como tampoco hay luz sin oscuridad. Es el yin y el yan del que hablan los orientales. Y sólo la unidad de ambos puede lograr la plenitud. Así como al hombre no lo define la luz o la oscuridad de su alma sino el camino que elige seguir, una sociedad quedará marcada siempre por el sendero que elige recorrer. De nada sirve invitar a turistas para que conozcan los baches de las rutas, los balnearios sin servicios o la basura de los accesos. Tampoco ayuda mucho tratar de hacer en el verano lo que no se hizo durante el año. Es mejor ver las necesidades y trabajar para solucionarlas con tiempo y planificación.

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