La burocracia de las excusas

Silvina Cena
Por Silvina Cena 09 Enero 2013
Ayer, por ejemplo.

Me encargan hacer una nota que implica ponerse en contacto con un productor porteño. Es fácil, tengo su número. Entonces: llamar, presentarse, explicar brevemente el objetivo de la nota, consultarle si él... "Sí, hola". Un saludo seco interrumpe el tono de llamada. Han bastado apenas dos palabras para que se note -o parezca- que está apurado, que está ocupado, que lo impacienta no conocer el número ni las razones del remitente. Hablo, pero realmente no sé si llega a escuchar -quiero decir, a oír con atención- mi propósito. "Llamame en dos horas", manda. Y chau.

Está bien, hay trabajo que puedo adelantar en ese tiempo. Pero ni bien se cumple, vuelvo a marcar. "Ah, no, me olvidé de vos -¿así me lo dice?-. Llamame en 10 minutos que te respondo". ¿Y en 10 minutos va a averiguar lo que para antes necesitaba 120? Es más coherente, después de todo, porque mi consulta es bastante simple y se conforma con un sí o un no como respuesta. Y ahora que se le han acortado los tiempos, mejor no hacer planteos. En el minuto número 11, marco por tercera vez. "Ah, vos. No, ahora estoy en una reunión -pero si hace apenas un ratito...-. Mirá, te paso este número de un colega mío. Llamalo a él, pero hacelo en una hora". ¿Esperar otra vez? ¿Y con el riesgo de que ese nuevo productor pretenda acomodarme a sus tiempos? ¿Tanto tiempo necesitó para decirme eso? Pero nadie va a contestarme esas preguntas porque, mientras todavía sostengo el auricular, del otro lado han cortado.

Es verdad: un periodista ha de estar acostumbrado a las excusas y los tiempos dilatados de las fuentes. En el mundo del espectáculo, por ejemplo, la figura del managerpuede crearte las condiciones para una charla espléndida tanto como arruinarte la ilusión de una entrevista. "Ahora está descansando"; "ahora se está relajando"; "va a estar tres días seguidos recluido en un lugar sin señal, solo yo puedo comunicarme con él" son algunos de los pretextos que me ha tocado escuchar, pese a que en todos los casos el día y la hora de la llamada estaban previamente pautadas.

Aún suponiendo que el cielo de las excusas está debidamente reservado para los famosos (doy fe de que a veces no lo son tanto, ejem); ¿no solemos nosotros también resguardarnos a veces en esa burocracia de las evasivas? Un eterno "hoy no puedo, mañana sí", el famoso "uno de estos días nos juntamos", el inmortal dolor de muelas que te exime de todo. ¿Tan difícil es sincerarse y admitir "no puedo", "no quiero", "no me interesa"? Tal vez lo sea, pero qué liviano se siente. Y del otro lado alguien lo va a agradecer, aunque al día siguiente vaya a escribir una columna -como esta- despellejándote, solo para sacarse la rabia.

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