En el paisaje de la cultura y del conocimiento, los libros ya no son los únicos protagonistas. El aluvión de datos que debemos asimilar proviene también de los diarios, las revistas, la radio y la televisión. Esto sin mencionar la sobreestimulación humana destinada a absorber la información que supone internet. Semejante histeria informativa lleva a que muchos, en verano, arrastren sus notebooks a la playa y se pasen el día entero bajo la sombrilla mientras navegan y buscan datos por internet. Ensayan el mismo tipo de lectura que hacen durante todo el año. Pero la lectura tranquila, esa que genera una secreta e íntima relación entre el escritor y el lector y que se degusta como un plato gourmet, casi no existe en las vacaciones. O existe en un estado larval.
Entonces... ¿cómo leer en las vacaciones? ¿Cómo bajar los decibeles y dejarse llevar por el goce de una buena historia? Según Borges, hay que leer aquello que despierte interés. Hay libros que no han sido escritos para uno. Entonces hay que dejarlos y leer otro que realmente nos hable. De nada sirve sumergirse en el denso mundo de "Ulises" de James Joyce o en el imposible universo de "La Eneida" de Virgilio sólo porque se tratan de clásicos literarios. La lectura es, antes que nada, un goce estético. Una actividad individual cuya riqueza puede perderse en el momento justo en el que los libros se desencuentran con sus lectores. Es precisamente gracias al lector que Shakespeare vuelve a la vida para relatarnos la trágica historia de "Hamlet", y que Gabriel García Márquez se sienta en la playa para reiterar al oído la maravillosa y extraña saga de la familia Buendía. Esa es la verdadera magia de los libros que puede encenderse en el verano.
Entonces... ¿cómo leer en las vacaciones? ¿Cómo bajar los decibeles y dejarse llevar por el goce de una buena historia? Según Borges, hay que leer aquello que despierte interés. Hay libros que no han sido escritos para uno. Entonces hay que dejarlos y leer otro que realmente nos hable. De nada sirve sumergirse en el denso mundo de "Ulises" de James Joyce o en el imposible universo de "La Eneida" de Virgilio sólo porque se tratan de clásicos literarios. La lectura es, antes que nada, un goce estético. Una actividad individual cuya riqueza puede perderse en el momento justo en el que los libros se desencuentran con sus lectores. Es precisamente gracias al lector que Shakespeare vuelve a la vida para relatarnos la trágica historia de "Hamlet", y que Gabriel García Márquez se sienta en la playa para reiterar al oído la maravillosa y extraña saga de la familia Buendía. Esa es la verdadera magia de los libros que puede encenderse en el verano.








