Gustavo Martinelli
Por Gustavo Martinelli 04 Enero 2013
Hay cosas que no pueden explicarse con palabras. Que suceden sin que nadie entienda muy bien por qué. Lo que ocurre en Tucumán con el vandalismo urbano forma parte de ese albur. Basta con observar la cantidad de edificios, construcciones, plazas y espacios que son constantemente agredidos por vándalos, para que nos demos cuenta que nuestra ciudadanía está en crisis. LA GACETA mostró en reiteradas oportunidades la atroz realidad de varios sectores de la ciudad (las plazas Belgrano y Urquiza son sólo un par de ejemplos que duelen más que cualquier cachetada); y también de algunas edificaciones históricas que fueron absolutamente olvidadas, como el viaducto El Saladillo, la primera confitería o la ex cerámica Matas. Sin ir más lejos, en la página 7 de Tucumanos se habla hoy del infierno que padecen los vecinos de Villa 9 de Julio, que resisten con palos y armas la proliferación descontrolada de basurales. De nada sirve el control municipal: las montañas de desechos repletos de moscas surgen, según declaran los vecinos, como hongos después de una lluvia. Salvo que no son hongos; son latigazos sobre una porción de nuestra ciudad. Latigazos de un pueblo que no ha aprendido -o quizás se olvidó- de valorar su entorno.

Sorprende que, en una provincia que tiene cuatro universidades, una actividad cultural absolutamente relevante y una historia que fue clave en la formación de nuestra Nación, la ciudad se encuentre a merced de tanta desidia y vandalismo. Evidentemente la clase política no se interesa demasiado por el tema; de lo contrario la urbe mostraría otra cara. Pero, en el caso de Tucumán, la pata más importante del problema radica en la falta de conciencia. Todos somos responsables del patrimonio que recibimos como legado y, por lo tanto, nos corresponde a todos -desde nuestro propio lugar- hacer algo para que esa herencia no se pierda. ¿Cómo? Con educación, sentido común y conciencia ciudadana.

Sí, porque vivimos en una provincia de paradojas. Una provincia en la que los funcionarios, por ejemplo, siguen empeñados en declarar patrimonio a sitios, edificios y lugares que después no tienen idea de cómo proteger. Durante décadas, la Comisión Nacional de Monumentos y Lugares Históricos se dedicó a las declaraciones sin lograr los recursos necesarios para el elemental mantenimiento y cuidado de esos monumentos. Fueron, así, meras expresiones de deseo. Un ejemplo patético es el viaducto El Saladillo, que se está cayendo a pedazos, mientras sigue siendo promocionado en los folletos turísticos como una de las bellezas de la provincia. Pero, además, la realidad muestra que, debido a la crisis social y al terrible déficit educativo, ha colapsado no sólo nuestro sistema de preservación de patrimonio y de bellezas naturales: también se ha derrumbado el elemental nivel de salud moral que históricamente hizo que los tucumanos respetáramos nuestros bienes. Así como la violencia y la falta de respeto se coló en las aulas, la falta de valores se esparció como un virus. La barbarie acecha nuestra sociedad: no sólo nuestros monumentos, plazas y parques están amenazados, sino aquellas acciones que hacen a la convivencia y a la buena vecindad. Los tucumanos necesitamos reeducarnos y para eso se requiere dos cosas: políticos con real -y no marketinera- conciencia de lo que fuimos y, en cierta forma, lo que somos; y ciudadanos con ánimo de construir una sociedad mejor.

"El que es bueno en la familia es también un buen ciudadano", dijo Sófocles. Entonces, la clave parece estar en considerar a la ciudad como una proyección de nuestro hogar. Ése tal vez sea el mayor desafío que tenemos por delante.

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