02 Diciembre 2012
Por Ernesto Schoo

El Ateneo, en la calle Florida, equivalía para mí a la cueva que Aladino visita, deslumbrado: la cueva de los tesoros incalculables, con los árboles cargados de frutas que son piedras preciosas y, por el suelo, las ánforas y los arcones desbordantes de monedas de oro. Así se me presentaban las estanterías de El Ateneo. Acaso más importante aún fue tener, más adelante, la posibilidad de armar mi propia biblioteca a partir de la portentosa colección (creo que única en la historia de la edición argentina) de clásicos editados por ese sello, desde los griegos hasta el siglo XIX.

Ernesto Schoo - Escritor, crítico teatral de La Nación, colaborador fundacional de LA GACETA Literaria.

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