EL TEATRO QUE BAJÓ EL TELÓN PERO CONSERVÓ LA MAGIA. La sucursal porteña  EL TEATRO QUE BAJÓ EL TELÓN PERO CONSERVÓ LA MAGIA. La sucursal porteña
02 Diciembre 2012
El mismo año en que Alberto García Hamilton fundaba LA GACETA, el español Pedro García, quien luego sería conocido como "el as de los libreros de América", abría una editorial y librería en Buenos Aires. Uno de los dos primeros libros que editó fue Las Bases, de Juan Bautista Alberdi. García conformó una prestigiosa colección de libros de medicina que superaría el millar de títulos y que tendría como asesores a los ganadores del premio Nobel Bernardo Houssay y Luis Federico Leloir.

Cuando cumplía sus bodas de plata y la librería se mudaba a un tradicional edificio en la calle Florida, empezó a extenderse el eslogan "Lo que está, está en El Ateneo". Carlos Fuentes solía repetir que fue allí donde compró su primer libro de Borges.

Con el tiempo, la librería se transformó en un ámbito de encuentro entre lectores y autores. En El Ateneo se organizó La Primavera de las Letras, antecedente de la hoy masiva Feria del Libro de Buenos Aires. Manuel Mujica Láinez, Jorge Luis Borges, Horacio Quiroga, Victoria Ocampo, Leopoldo Marechal y María Elena Walsh eran algunos de los habitués de la librería.

En 1998, el Grupo Ilhsa adquirió El Ateneo e inició el proceso de expansión que lo llevó a coordinar 45 librerías, que reciben 14 millones de visitantes anuales, en los más distintos puntos del país: 17 están en el interior. Entre ellas, la sucursal tucumana.

La sucursal porteña El Ateneo-Grand Splendid fue elegida por el diario inglés The Guardian como una de las dos librerías más bellas del mundo. Se instaló en el inmueble del tradicional teatro en el que cantó Gardel. Por allí pasa hoy un millón de visitantes al año. Tiene 2.000 metros cuadrados y conserva los balcones, los palcos y la cúpula originales. En el escenario se instaló un café en el que hoy puede encontrarse a escritores como Juan José Sebreli.

"Me pasé la vida escribiendo y leyendo en cafés. Pero hoy este es uno de los pocos que queda en Buenos Aires sin la tortura de los televisores'', le dice el ensayista a LA GACETA Literaria. © LA GACETA

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