De La guerra de las galaxias a Graduados
La trilogía de George Lucas y la serie televisiva argentina más exitosa de este año enfocan el conflicto de la inmadurez y el de las relaciones de padres e hijos. Para Freud, la madurez consiste en apartar la sexualidad de la discusión con los hijos, a fin de que esa relación esté libre de la competencia a muerte, que es la regla en las demás relaciones entre primates de sexo masculino.
FILIACIONES COMPLEJAS. Darth Vader revelándole a Luke Skywalker que es su padre en FOTOCOMPOSICIóN DE AGOSTINA DATTILO

Por Gonzalo Garcés - Para LA GACETA - Barcelona
¿Hay algo que no sepamos ya sobre la inmadurez? En la televisión tenemos Graduados, que va camino de convertirse en la serie más exitosa del año. De la literatura no hablemos: desde El animal moribundo, de Philip Roth, hasta el más reciente protagonista de Sergio Bizzio, los personajes ya no necesitan explicar o justificar su inmadurez, porque ésta hace tiempo que volvió la regla. En cuanto al cine, hace años tuvimos un importante monumento o evento definitorio con Alta fidelidad, y ahora, en los mismos cines, donde las manchas de chocolatines de los 90 han dejado lugar a los restos de nachos con queso, tenemos la desaforada Ted y la amable Días de vinilo, comedia de Gabriel Nesci que, arrastrada por el encanto de Gastón Pauls y Fernán Mirás -y por una intervención poderosa de Leonardo Sbaraglia- probablemente se convierta también en un éxito de público. Justo acabo de salir de verla; y aunque la pasé bien, y hasta me conmoví varias veces, no puedo evitar la sensación de que sí: hay cosas que no sabemos todavía sobre la inmadurez. Es más, sospecho que las preguntas más importantes sobre la inmadurez todavía no se han planteado, aunque el inmaduro ya se haya convertido en un folclore, en una figura tan familiar como la empleada pública de Gasalla o el descontrolado Pomelo de Capusotto.
El inmaduro de nuestro folclore es una figura bien definida en sus gustos, su vestimenta, sus tics; gusta de los jeans gastados estilo años 80, década en la que fue adolescente, y de la cual nunca ha salido; como el Hendler de Graduados, tiene más de 40 años pero todavía vive con sus padres (o mantiene con ellos una relación de dependencia); a menudo toca (mal) un instrumento y mantiene una banda de rock desde la adolescencia, a menos que la banda se haya separado y entonces nuestro hombre sueña con reunirla para un show homenaje, mejor todavía si es, disonantemente, para la boda de un amigo levemente menos inmaduro, o la conmemoración de los 30 años de egresados del colegio, en la que los sacos plateados con hombreras y las máquinas de ritmo convivirán con panzas y peladas. Nuestro hombre, como el protagonista de Plataforma, de Michel Houellebecq, tiene del amor una idea al mismo tiempo naíf e hipersexuada, como un adolescente, y suele conquistar a mujeres de temperamento maternal o enfermeril; pero, como el protagonista de Derrumbe, de Daniel Guebel, no las tiene todas consigo a la hora de retenerlas. Le gustan las películas de superhéroes, y en este sentido es un pariente cercano del nerd, con el que a veces se confunde, pero nunca del todo, ya que el nerd tiene al menos una chance de ser al mismo tiempo Bill Gates, mientras que nuestro hombre es un miembro parasitario de la sociedad y, pueril hasta el final, desconoce el mundo del dinero y sus tensiones.
De todas maneras, en la pantalla grande su referencia absoluta sigue siendo La guerra de las galaxias. Y en este punto del identikit quiero pararme. En esa película. Porque ahí, justamente, se encuentra uno de los nódulos de la inmadurez que en las ficciones actuales sobre el tema suele pasarse por alto o tocarse apenas. La guerra de las galaxias es una estética kitsch, una colección de frases ("Tengo un mal presentimiento sobre esto"), una zoología, un ejercicio musical neowagneriano y una épica naval disfrazada de futurismo. Y bajo esos ropajes se la evoca siempre.
Pero no fue esto lo que marcó a una generación.
Lo que nos marcó fue el conflicto entre padre e hijo. Luke Skywalker quiere convertirse en caballero Jedi, como su padre, Anakin, asesinado por el malvado Darth Vader. En el proceso descubre que Vader en realidad es su padre. De ahí en más, su misión será "encontrar el bien" en su padre, volver bueno al monstruo para poder reconciliarse con él, aunque hay una ambigüedad en esto, ya que también por el camino Luke empieza a vestirse de negro y a perder partes de su cuerpo que reemplaza (como Vader) por prótesis mecánicas.
¿En qué consistirá entonces, realmente, el acercamiento entre padre e hijo? ¿En que el padre se vuelva bueno? ¿O que el hijo se vuelva malo?
La pregunta es relevante para la generación de los inmaduros eternos que la ficción popular de hoy retrata, y que encuentra uno de sus eslabones más problemáticos en la paternidad. Como Luke, nuestro hombre tuvo un padre ausente o emotivamente distante ("malo") y de chico lo añoró con locura; con los años ha buscado un acercamiento, pero, de nuevo como el joven del planeta Tatooine, es difícil saber con certeza si ese acercamiento no consiste en llegar, por el rodeo de la misión redentora, a parecerse tenebrosamente a él. Y cuando el inmaduro llega él mismo a ser padre es cuando mejor se revela esa paradoja. Algo de esto vemos en Graduados: Hendler tiene un hijo adolescente, y en los primeros episodios no quiere saber nada con él. También Hendler, aunque no lo sepa, se está calzando el casco negro de la indiferencia y bufando por el respirador mecánico de la envidia por la juventud del hijo. Pero la tira, limitada quizá por los imperativos de la TV masiva, se rehusa a entrar en el territorio de la crueldad, que sería inevitable si se avanzara en el problema de Hendler hasta las últimas consecuencias. A esa exploración, en cambio, sí se la permite Philip Roth, que en El animal moribundo le hace decir a su protagonista: "¿No puedes aceptarlo, Kenny?" (Kenny es su hijo ya adulto, que lo detesta por haberlo abandonado de chico y lo considera un depravado por seguir buscando aventuras con mujeres jóvenes). "¿No puedes aceptar que tu padre tenga un pene?".
Ahí estamos, entonces: el conflicto que el inmaduro padeció, y que ahora repite con sus propios hijos, consiste en saber quién de los dos, padre o hijo, tiene el sable láser más grande.
Roth emplaza el núcleo de la inmadurez en el hecho de competir sexualmente con el hijo. Pero ¿cuál sería la alternativa? ¿Dónde estaría, según Roth, la actitud idealmente "madura", por oposición a la inmadurez del protagonista? En la concesión de la derrota; en la aceptación resignada de la pipa y la silla hamaca. Ésta es la disyuntiva que Roth comparte con Graduados y, en general, con casi todas las ficciones sobre la inmadurez.
Ocultar la sexualidad
Y sin embargo Freud, en Totem y tabú, ofreció a ese dilema una respuesta muy distinta. Ya que para el médico vienés el acto paterno por antonomasia -la madurez en su sentido genuino, podríamos decir- no consiste en renunciar a la propia sexualidad para dejar paso a los hijos, lo cual en definitiva es imposible, porque el fuego sexual sólo se extingue con la muerte, sino en ocultarla voluntariamente ahí donde se juegan los vínculos filiales. En apartar, por así decirlo, a la sexualidad de la discusión con los hijos, a fin de que esa relación esté libre de la competencia a muerte, que es la regla en las demás relaciones entre primates de sexo masculino.
En esta visión, el ángel que detiene la mano de Abraham antes de que sacrifique a Isaac trae un mandato único: en presencia de tu hijo, que no te muevan tus pasiones. En lo que concerniere a tu hijo, aunque seas un cúmulo de pulsiones sexuales, de pánico a la muerte y competencia desquiciada, compórtate como si fueras Dios. Con esta simulación abnegada, con esta ficción generosa, para Freud, empezaba la civilización.
Con el mismo criterio y ambiciones más modestas podríamos decir que empieza la madurez. Claro que entonces las cosas se complican de otra forma. Porque la madurez así entendida es un trabajo de Sísifo, un esfuerzo que no tiene fin en pos de un ideal inalcanzable. En otras palabras, la materia de la que está hecha la tragedia. ¿Pero dónde está la novela, la película, la serie de televisión que se anime a contarla?
© LA GACETA

Gonzalo Garcés - Novelista. En 2007, la revista Adn(del diario La Nación) lo señaló como el autor más destacado de su generación. Su última novela es El miedo (Mondadori, 2012).







