Democracia, política y cacerolas

El 13S y el 8N son una prueba más de la existencia de una institucionalidad que permite la libre expresión de la crítica. Los cacerolazos representan un avance porque se opta por la escena pública y se dejan de lado oscuros ámbitos de lobby. Esta masa social todavía no se auto-reconoce como un sujeto político con valores y consignas concretas de centro-derecha.¿Qué hay detrás de las protestas del 13S y el 8N? ¿Una masa social que no encuentra representación política? ¿Un sector que no admite su orientación ideológica? ¿Una clase en la que se cifra la esperanza de una nación? ¿O una que adhiere a modelos superados? Un politólogo y un escritor ensayan posibles respuestas.

LA PLAZA INDEPENDENCIA, HACE 15 DÍAS. La protesta del 8 de noviembre tuvo un capítulo multitudinario en San Miguel de Tucumán. El 13 de septiembre, la protesta frente a la Casa de Gobierno también había sido masiva. LA GACETA / FOTO DE OSVALDO RIPOLL (ARCHIVO) LA PLAZA INDEPENDENCIA, HACE 15 DÍAS. La protesta del 8 de noviembre tuvo un capítulo multitudinario en San Miguel de Tucumán. El 13 de septiembre, la protesta frente a la Casa de Gobierno también había sido masiva. LA GACETA / FOTO DE OSVALDO RIPOLL (ARCHIVO)
25 Noviembre 2012
El aspecto democrático
Observamos una consolidación de una idea de democracia que no se reduce a un mero mecanismo periódico de selección de autoridades, y se proyecta como un sistema de interpelación constante de representados a representantes, oficialistas y de oposición. Fenómeno que cada vez más se extiende en las democracias occidentales. Esta consolidación se observa en tres direcciones. Primero, existe actualmente una institucionalidad que permite que grandes sectores de la sociedad se opongan al gobierno y se expresen libremente y con seguridad. Basta observar no tan solo los cacerolazos sino también la libertad con que se ejerce la crítica política. Esto es un paso importante en nuestro país, donde al reclamo y a la crítica muchas veces se contestó con violencia y crisis políticas.
Segundo, los cacerolazos son un antídoto temporal, pero siempre saludable, para una crisis de representación que aqueja a un sector, solo un sector, de nuestra sociedad que no encuentra representación ni en el gobierno ni en la oposición. Ante esta frustración, muchas personas deciden salir a hacer escuchar sus reclamos, intentando llamar la atención de la dirigencia. En términos institucionales esto también es un avance, ya se intenta marcar la agenda de la dirigencia, aun antes de las elecciones. La respuesta oficialista y opositora depende de varios aspectos, como el cariz ideológico del reclamo y la habilidad de la propia dirigencia.
Tercero, la escena publica, tanto la "calle" como ahora el espacio "virtual",  se consolida como un escenario principal de la democracia, escenario transparente, y menos permeable a la manipulación de intereses. Una manifestación que tiene por protagonistas a sectores de clase media y alta que no frecuentaban la "calle" como espacio político es claramente una reafirmación de este espacio. Y un avance también, porque se opta por la escena pública y se dejan de lado oscuros ámbitos de lobby. Pero atentos, esto también implica que ya se podrá defenestrar a otros grupos, menos "pudientes" y más marginados, por hacer uso del mismo recurso. Recuperar la discusión política y el espacio público es para todos y todas.

El aspecto político
Los cacerolazos también muestran una incipiente, y lenta, reformulación del espectro político argentino. El eje peronismo-antiperonismo está mutando hacia uno definido por la centro izquierda y la centro derecha. Hacia la izquierda pareciera existir un eje consolidado que incluye varias expresiones políticas con sus propios núcleos de representados. Entre ellas, el Kirchnerismo se ha ganado el espacio de liderazgo por sus propios méritos. Es difícil negar, al menos sin caer en cierta deshonestidad intelectual, que ha frenado el  proceso neoliberal que azotó, saqueó, nuestro país. Esta tarea formidable en términos políticos, imprescindible en términos morales, e irrenunciable en términos ideológicos le ha valido un vasto arco de seguidores que, muchas veces con marcadas diferencias, apoya su modelo nacional y popular. En este eje también se encuentran varios partidos como el socialismo y diversos movimientos sociales como Libres del Sur. Todas estas expresiones progresistas, cada una a su manera y con grandes diferencias en la práctica, sostienen una visión de un estado fuerte, capaz, y obligado, de ocuparse de lo social y lo económico. 
Por otro lado, desde el llamado "conflicto con el campo" se ha hecho visible en las calles un emergente social que se diferencia de las bases progresistas y que se podría enmarcar en una visión de centro derecha. Y justamente los cacerolazos han servido como espacios de contención de este sector. Con esto no se quiere simplificar la movilización. Es verdad que hubo cierta heterogeneidad, pero es verdad también que un gran núcleo duro de la movilización encarna una masa política con una visión angosta del estado y su capacidad intervencionista, tanto en lo que respecta a lo social como a la economía. 
Se podría argüir que los reclamos más visibles de estos eventos "no son ni de derecha ni izquierda" y que incluyeron cierta sensibilidad por la institucionalidad democrática, la exclusión, la desigualdad, y la pobreza. Pero es esa visión sobre el estado y de cómo debe resolver ciertos problemas lo que marca el tono de centro derecha e identifica a miles de personas que se sintieron convocadas.  Refuerzan esta idea el hecho de que no fueron parte de las marchas movimientos populares y organizaciones sociales que si bien son críticos del gobierno nacional, no se vieron representados por la convocatoria.
Son dos los problemas que afectan a este eje. Esta masa social todavía no se auto-reconoce como un sujeto político con valores y consignas concretas de centro-derecha. La generalidad de las consignas, la auto-negación de su capacidad organizativa para movilizarse, el esfuerzo por camuflar de "apolítico" su reclamo atenta contra este auto reconocimiento. El cual resulta esencial, sobretodo si tenemos en cuenta que existe una tentación de la derecha antidemocrática vernácula de cooptar el reclamo. Sano sería que se trazasen los límites entre esta nueva expresión y esa dañina tradición.
Y el segundo problema es que no encuentra una dirigencia política que los represente. Los cacerolazos han sido también un ninguneo a los partidos de oposición de centro derecha. Las cacerolas han ignorado, dejado de lado, insisto, ninguneado, a aquellos que podrían ser sus representantes políticos. La función de los partidos políticos es ser un vehículo de representación e intermediación de los intereses sociales. Sin embargo, estas movilizaciones mostraron que un sector ciudadano le habló directamente al gobierno para expresar sus reclamos, dejando de lado a sus potenciales representantes, quienes son vistos como meros inservibles vehículos de expresión política. Y esto sí es un llamado de atención para la oposición.
© LA GACETA

Gabriel Pereira - Candidato a Doctor en 
Ciencia Política de la Universidad de Oxford 
y Consejero de ANDHES.

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