La escuela no ayuda a que los chicos consuman alimentos sanos
No se resisten la tentación de sentir una dulzura explosiva a bajo precio. Por eso las golosinas constituyen un hábito alimenticio que resulta adictivo y que conduce a enfermedades como la obesidad. ¿Deberían ser erradicadas de la dieta de los niños? Los especialistas sugieren más control de los padres para que se disfruten en la justa medida.
ATENCIÓN. Los niños no saben que los dulces son adictivos, aportan pocos nutrientes y suman calorías. LA GACETA / FOTO DE INéS QUINTEROS ORIO
06 Noviembre 2012 Seguir en 

Están a la altura de sus manos. Algunos son brillantes y otros hasta divertidos: explotan en la boca o pintan la lengua de azul. Todos los sentidos son seducidos por sus cualidades y también por el precio. Pero las golosinas que los pequeños consumen en la escuela no siempre son adecuadas. Ellos suelen ser fervientes consumidores de comida chatarra, que es más barata mientras conduce a una mala alimentación y -con el tiempo- a la obesidad. Según los especialistas en nutrición la solución no es quitárselos por completo, pero su ingesta debe balancearse correctamente.
Beatriz Aguirre, vicedirectora de la escuela José Mármol, comenta que lo ideal es que los chicos lleguen al colegio con una vianda con alimentos sanos, preparados por sus padres, ya que no tienen conciencia del daño que provocan las golosinas a largo plazo en la salud.
"Hace muchos años a los chicos de jardín les dábamos yogur y facturas. Ahora a la cooperadora solo le alcanza para mate cocido. Los padres les mandan galletitas, que luego comparten entre los compañeros. Son pocos los que traen desde casa una vianda. Y en el kiosco no venden frutas; lo solicitamos hace un tiempo pero hasta ahora no se ha logrado", relató la docente.
En el kiosco de la José Mármol, como en el de muchas escuelas y colegios, prevalecen en las góndolas los chocolates, los chicles y los caramelos. Se ven pocas barras de cereal y casi nada de frutas.
"Para vender una ensalada de frutas necesitamos una habilitación de la Dipsa (Dirección de Producción y Saneamiento Ambiental). En una ordenanza se exige que para comercializar alimentos manufacturados se necesita un espacio con una pileta para lavar o una cocina en condiciones. Esta escuela es parte del patrimonio de la ciudad, no tenemos la posibilidad de construir. Por lo tanto no podemos hacer ampliaciones", comentó a LA GACETA Sebastián González. Él trabaja en el kiosco de chapa ubicado a un lado del patio.
El mediodía es un momento clave para la alimentación: ya pasó mucho tiempo desde el desayuno y está cerca el horario de almuerzo. Por lo tanto explota el consumo.
En detalle
"Los padres son los que compran golosinas a los más chicos. Gastan en promedio unos $10 por día y se llevan productos más sanos para saciar el hambre que los chicos portan al mediodía; compran galletas, vainillas o turrones. Después siguen los de la secundaria, que tienen menos plata: lo que más se llevan son chupetines, chicles o snacks salados", relató Rubén Jerez. Él se instala con su carro de golosinas todas las tardes en la puerta de la escuela Mitre. Karina Villagra, mamá de cuatro chicos que cursan sus estudios en la escuela Normal, acepta que no prepara viandas para que sus hijos se alimenten sano cuando van a clases. "Mis chicos son flacos, pero porque en casa comemos sano y hacen mucho deporte. Con eso compensan", destacó.
LA GACETA intentó comunicarse ayer con autoridades de la Dipsa y de Bromatología para consultar sobre las normativas de control y autorización respecto a la venta de alimentos en la vía pública. Pero los funcionarios no respondieron los llamados.
"Hace muchos años a los chicos de jardín les dábamos yogur y facturas. Ahora a la cooperadora solo le alcanza para mate cocido. Los padres les mandan galletitas, que luego comparten entre los compañeros. Son pocos los que traen desde casa una vianda. Y en el kiosco no venden frutas; lo solicitamos hace un tiempo pero hasta ahora no se ha logrado", relató la docente.
En el kiosco de la José Mármol, como en el de muchas escuelas y colegios, prevalecen en las góndolas los chocolates, los chicles y los caramelos. Se ven pocas barras de cereal y casi nada de frutas.
"Para vender una ensalada de frutas necesitamos una habilitación de la Dipsa (Dirección de Producción y Saneamiento Ambiental). En una ordenanza se exige que para comercializar alimentos manufacturados se necesita un espacio con una pileta para lavar o una cocina en condiciones. Esta escuela es parte del patrimonio de la ciudad, no tenemos la posibilidad de construir. Por lo tanto no podemos hacer ampliaciones", comentó a LA GACETA Sebastián González. Él trabaja en el kiosco de chapa ubicado a un lado del patio.
El mediodía es un momento clave para la alimentación: ya pasó mucho tiempo desde el desayuno y está cerca el horario de almuerzo. Por lo tanto explota el consumo.
En detalle
"Los padres son los que compran golosinas a los más chicos. Gastan en promedio unos $10 por día y se llevan productos más sanos para saciar el hambre que los chicos portan al mediodía; compran galletas, vainillas o turrones. Después siguen los de la secundaria, que tienen menos plata: lo que más se llevan son chupetines, chicles o snacks salados", relató Rubén Jerez. Él se instala con su carro de golosinas todas las tardes en la puerta de la escuela Mitre. Karina Villagra, mamá de cuatro chicos que cursan sus estudios en la escuela Normal, acepta que no prepara viandas para que sus hijos se alimenten sano cuando van a clases. "Mis chicos son flacos, pero porque en casa comemos sano y hacen mucho deporte. Con eso compensan", destacó.
LA GACETA intentó comunicarse ayer con autoridades de la Dipsa y de Bromatología para consultar sobre las normativas de control y autorización respecto a la venta de alimentos en la vía pública. Pero los funcionarios no respondieron los llamados.
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