Entre el cuento filosófico y la silueta indeleble

28 Octubre 2012

CUENTOS

VIDAS BREVES

FABIÁN SOBERÓN

(Simurg - Buenos Aires)

Las Vidas breves de Soberón (foto) parecen homenajear las vidas breves más famosas de la literatura, las de John Aubrey. (Las Vidas paralelas, de Plutarco, que tradujo al inglés John Dryden , parecen, vistas de lejos, de una perfección geométrica un poco exterior al siglo que nos concierne y nos condena). Aubrey, sin embargo, anotaba sin rigor jerárquico menudencias particulares y opiniones muy claras y definidas, algo que les daba una impronta de original presocrático in vitro o con sostén inverosímil. Soberón apunta ya con una gran (pero no menos reciente) sabiduría.

Claro que no en vano el desajuste generalizado de las técnicas permite que recrudezca con variadas fortunas la rabiosa infancia. Por suerte. Contribuyen a la perplejidad, que es una especie de música sin orientación que no ahuyenta a quienes ilumina, a pesar del homenaje a la senectud reptil de la sinestesia. Por suerte, el repertorio se ha ampliado. En italiano, Eugenio Baroncelli (1944) ha dado muestras de una versatilidad asombrosa, haciendo equilibrio entre la anécdota y la leyenda, pero tomando para abrirse paso unos argumentos frágiles y huidizos: la repetición, la fijeza, la semejanza obsesiva. Sus personajes son legión, de Manuel Gálvez (que le merece una dedicatoria) a Paul Wittgenstein (manco destinatario, a su vez, de un concierto de Ravel), pasando por Chet Baker, Coltrane y Django Reinhardt. Los libros que lo registran son tres (espero que por ahora): Libro di candele. 267 vite in due o tre posi. Mosche d'inverno. 271 morte in due o tre posi. Falene. 237 vite quasi perfette

Ya Paul West había impuesto su modalidad única, impresionante en Portable People (1990), pero lo hacía en el idioma de Aubrey, lícita familiaridad con el oficio refinado y urgente del biógrafo inoportuno. En castellano es imposible soslayar a Javier Marías, cuyas Vidas escritas no recuerdo en qué año se publicaron.

Extraño designio
La antecedencia puede parecer un requisito de la ubicación y la perspectiva, pero también un recurso para restar méritos. Fabián Soberón se las arregla como hay que arreglárselas siempre en los países invisibles, en las provincias deshojadas de las prioridades cartográficas de quién sabe qué atormentado cronista; sus vidas cumplen un extraño designio: se deslizan con pereza entre el cuento filosófico y la silueta imborrable. En realidad, los métodos y las modalidades alternativos le pertenecen con tanta soberanía (casi escribí soberonía) que la página que Fabían Soberón estrena impone una especie de régimen novelesco a todo su libro. Esto no quiere decir sino que hay un elenco muy bien elegido, que puede comportarse como si la asistencia cotidiana de personajes rutinarios fuera solo la máscara efímera de la apariencia, el teatro en cuyo escenario se proyectan las sombras de una obra distinta, plagada de enigmas. Por debajo, en la superficie indescriptible que fragua la resistencia y el reciclaje de las ficciones salvadoras, los grandes nombres -o, mejor dicho, los nombres que nos importan- no son actores de reparto. Y con ellos podemos entablar o improvisar un diálogo menos falaz que el que entablamos con prójimos sucesivos, y que muchas veces nos desalienta o desconsuela. Estamos en presencia de una órbita que destruye una veracidad equívoca. Y Fabián Soberón una y otra vez deja que ejecute su prodigiosa maniobra sin intimidar a los demás cuerpos celestes. Tal vez porque, de acuerdo con la observación de Cocteau, "los espejos deben reflexionar un instante antes de reflejar las imágenes". Conducta que con puntual eficacia se desprende del otro libro de Fabián Soberón, titulado con absoluta alevosía: El instante.

Acomodamientos
Por suerte, de arriba abajo, solazándose, la relación del autor con las palabras le permite encontrar en cada situación de relato un océano de escenas. No es raro que haya encontrado en un género en apariencia más respetuoso, menos lírico -la entrevista- el pretexto solícito para no invadir jamás un espacio que, ajeno, empieza a pertenecerle en cuanto Fabián Soberón insinúa sus preguntas. Esta relación con las palabras es simétrica a la que mantuvo -y mantiene- con las imágenes.

En estos acomodamientos que permiten asomarnos a una especie de mecánica de exploraciones sin resultado anterior, el punto decisivo es una curiosidad sin límites, una condición virtuosa que los lectores nunca terminaremos de agradecer.

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LUIS CHITARRONI
© LA GACETA

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