El canillita que ayudó a vestir muertos

Amado Leiva empezó a vender diarios en barrio Norte en 1953 y todavía lo sigue haciendo. Fue un lateral derecho áspero y metedor.

CON LA GACETA BAJO EL BRAZO. Amado posa en pleno barrio Norte. LA GACETA / FOTO DE INES QUINTEROS ORIO CON LA GACETA BAJO EL BRAZO. Amado posa en pleno barrio Norte. LA GACETA / FOTO DE INES QUINTEROS ORIO
26 Septiembre 2012
Es como si las palabras treparan a un árbol y comenzaran a volar alto, muy alto. Despacito, la trama de la conversación se va desdibujando y abandona la esquina de Marcos Paz y Maipú. En el momento menos esperado desemboca en alguna de las canchas de polvo y gambetas en las que Central Norte solía buscar hace más de 40 años la sonrisa del gol. Pero, como ocurre con esos globos con gas que siempre quieren irse flotando, solo hace falta tirar un poquito del piolín de la charla para que el relato de Amado Leiva regrese a la calle y a 2012.

Su vida se parte al medio cuando de recuerdos se trata: por un lado está la esquina de barrio Norte a la que llegó en 1953 para vender diarios (y de la que aún no se fue) y por el otro, sus andanzas como lateral derecho en distintos clubes de la provincia. Amado tiene 80 años y está lúcido, pero algo sordo; a veces no escucha las preguntas y se deja llevar por las ganas de hablar de las hazañas del fútbol de antaño.

A la sombra de un edificio nuevo y entre las mesas de un café con decoración blanca y delicada, la mañana avanza más despacio en barrio Norte que en el centro. Un individuo petiso camina lento y con pasos cortitos. Lleva el cuerpo abrigado con un pulóver bordó y con una polera celeste, y la calva, con un peluquín más oscuro que el resto del cabello. Adentro del bolso de cuero hay ejemplares de LA GACETA. Ya no tiene quiosco; los deja casa por casa o se queda esperando clientes en la entrada de una vivienda, con el permiso de su dueña.

Leiva llegó a Marcos Paz y Maipú cuando era muy joven. "Un vecino me pasó su quiosco en el 53 y ahí empecé a trabajar", explica mientras señala la ochava noroeste, donde ahora funciona una pizzería. En aquel entonces también trabajaba como gestor oficial de la Escuela de Educación Física.

"Salía de ahí y me venía al quiosco, que era el único de la zona", recuerda. Inmediatamente empieza a enumerar los apellidos de sus antiguos clientes: Paz Posse, Auad, Chahla... "Me conocían tanto que incluso hubo quienes me pidieron que los ayude a vestir a sus muertos", argumenta, lúgubre Y con algunos el vínculo aún no se rompió. "Hoy me siguen comprando el diario sus hijos y sus nietos", agrega en referencia a sus primeros clientes.

Inevitablemente, el relato se desvía de barrio Norte y se va a la cancha de Central Norte, de ahí salta a la de All Boys y llega hasta la de Almirante Brown de Lules. Entre todas las anécdotas futboleras que despliega se ríe con aquella en la que la pelota le rozó el peluquín y dejó la calva a la vista. "¿Sabe a qué edad me retiré? A los 42 años", dispara con orgullo.

Mientras conversa, el mozo del bar de la esquina le ofrece una silla. "¿Cómo le va, don Amado?", lo saluda una señora coqueta. Lo mismo hace el cuidador de autos de la cuadra. Si bien hace muchos años perdió su quiosco ("me lo quitó un poderoso", reniega), nunca abandonó su esquina. Incluso, cuenta que a fines de la década del 70 logró adquirir una casa bien cerca de ahí, en Junín al 800. Pero dice que la vendió para comprarles otras viviendas a sus dos hijos.

Hace cuatro meses, Hilda García, su esposa y compañera en eso de vender diarios en barrio Norte, murió. Y él está tramitando la pensión. Admite que quizás cuando le salga ese pago abandonará Marcos Paz y Maipú. Está muy cansando, reconoce. Y sí, son muchos los años de canillita y de lateral derecho que arrastra.

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