Belleza contra toda evidencia
A alguien se le ocurrió construir un balcón en Verona y afirmar que allí se asomaba Julieta para recibir a Romeo; pero lo cierto es que, en esa ciudad, Julieta está en todas partes. En Menaggio, Nietzsche se encuentra con Lou-Andreas Salomé, la mujer que lo rechazará dos veces y que lo inspirará en algunos de sus textos. En Milán empieza La Cartuja de Parma, la novela en la que Clelia y Fabrizo hacen el amor en la oscuridad, para que ella no rompa la promesa de no volver a verlo. La belleza en el norte de Italia tiene mucho de esa escena.
VERONA. "Cualquier balcón puede ser el de Julieta". FOTOS: AGOSTINA DATTILO

Verona. El que tuvo la idea de adosar a un edificio cualquiera un falso balcón de Julieta, podría haberse ahorrado el esfuerzo. Cierto, a la gente le gusta ver y palpar. Y por eso, cuando en 1928 alguien hizo construir este balcón de estilo renacentista y declaró que era el mismísimo al cual Julieta Capuleto se asomó, en la tragedia de William Shakespeare, para recibir a Romeo Montesco, debía saber que iba a ganar mucha plata. Hoy subir al falso balcón cuesta unos pocos euros. Aunque muchos se conforman con sacarse una foto, rito que todavía nadie ha sabido explicarme, tocándole a Julieta la teta derecha. Pero a lo que iba: el falso balcón es una redundancia. Porque en Verona Julieta está en todas partes. Su balcón fatídico es cualquier balcón. Si no estuviera el falso, cada vez que levantamos la vista podríamos preguntarnos: ¿será ese? Y si me apuran, cada vez que relojeamos a una veronesa flaquita y coqueta podríamos pensar: ¿será esa?
La tragedia de Romeo y Julieta sólo podría haber ocurrido aquí. Su esencia, su profundo sentido, está en la ciudad misma. No hay más que mirar la frágil y hermosa fontana della Madonna Verona, en la Piazza delle Erbe. O los macizos de flores violetas que cuelgan de los balcones sobre el río Adigio.
Hay ciudades donde la belleza es titánica, está ahí para aplastarnos, como en París, y la dejamos que nos aplaste porque realmente se lo ha ganado. Hay lugares donde la belleza parece distraída o casual, como en Nueva York o en Buenos Aires, y uno la agradece como un accidente feliz. Pero en Verona la belleza se cultiva en la intimidad, como una chica de buena familia a la que se protege con celo, a salvo de las miradas de una familia rival, mimada por una nodriza que la advierte sobre la brutalidad de los hombres. Y la chica elige, pese a todo, ir al encuentro de un hombre, dejarse arrebatar por una pasión que puede matarla, pero que vale más (como ese fresco medio descascarado, pienso yo, como el Ponte di Pietra a las cinco de la tarde) que salvarse sin haberla sentido nunca.
Cuando Friedrich conoció a Lou
Qué raro, le comento a Agos, con quien llevamos unos días dando vueltas por el norte de Italia. Parece que cada gran historia de amor que marcó a estos lugares fue una historia de cabezonería. De obstinación contra todas las evidencias.
En la escena más intensa de la obra de Shakespeare, Romeo le dice a Julieta que se tiene que ir, que ya canta la alondra, es decir que amanece, y si lo agarran los Capuleto, colgarlo de las polainas es lo más amable que le van a hacer. Y Julieta dice no, darling, escuchaste mal, no es la alondra, es el ruiseñor, que canta en la noche, es temprano, vos seguí haciéndome masajes en la espalda que estoy contracturada. Romeo es más pragmático, pero cuando Julieta insiste, acepta la farsa sublime. Algo le dice que la belleza fugaz de esa locura compartida quedará en la memoria de alguien y así servirá a un propósito más elevado. Por aceptar que la alondra es el ruiseñor va a pagar un precio, pero ese sacrificio va a ayudar a otros a vivir.
Acá, en la región de los lagos, esa idea de absoluto te agarra del cuello. Comentamos con Agos la historia del amor de Nietzsche por Lou-Andreas Salomé. Es raro hablar de eso acá, en el pueblito de Menaggio, sentados a una mesita al borde del lago de Como, entre los turistas alemanes, con una copa de Valpolicella.
Cuando llegaron acá, Nietzsche era un todavía joven profesor algo solemne, no la figura trágica y enorme que iba a ser; Lou era una especie de prodigio, políglota, versada en filosofía, teología y literatura, libre como pocas mujeres de su tiempo y de cualquier tiempo, y encima bellísima. Nosotros ahora miramos estas colinas que caen a pico en el lago como un espejo, con los pueblitos colgados de las laderas, y Agos pregunta:
- ¿Vos creés que se acostaban?.
- Bueno... -le digo, y me quedo pensando.
Lou se había enamorado meses antes de otro escritor, Paul Rée. Cuando la pareja conoció a Nietzsche, se convirtió en trío. Iban a formar una especie de comuna intelectual. Pero Nietzsche enloqueció por Lou. Tuvo la bizarra idea de pedirle matrimonio por intermedio del mismo Rée. Lou se disculpó diciendo que estaba contra el matrimonio en general. Pero cuando los tres llegan a estos lagos vertiginosos, Nietzsche decide afirmar -él también- que la alondra es un ruiseñor. Su momento con Lou había pasado. Si tuvo una última chance, fue aquel día en que él y Lou subieron solos al Monte Sacro, y tardaron tanto que cuando bajaron Paul estaba que trinaba. "Lo más probable es que no se hayan acostado", digo, con un poco de tristeza, mientras cruzamos el lago en el ferry hacia Belaggio. Por segunda vez, Nietzsche le pidió a Lou que se casara con él. Por segunda vez, ella dijo no.
¿Hubo algo de masoquismo en ese salto al vacío? Nietzsche era un tipo complejo, con una enorme capacidad de sufrimiento y un agudísimo sentido de la comedia. Yo creo que sabía que iba a rebotar, que nunca iba a encontrar a una mujer que le pudiera hacer sombra a Lou, que para él la experiencia del amor estaba concluida.
Parte de la filosofía de Nietzsche puede derivar de ese momento. Zarathustra en la montaña, más solo que nadie, mostrando su grandeza también en la grandeza de su dolor, está en aquel verano; así como el Nietzsche bufo, que hace juegos de palabras y le da a capítulos de sus libros títulos como Por qué soy tan sabio o Por qué escribo tan buenos libros, era también el que, después del "no" de Lou, insistió para que ella, Rée y él se sacaran una foto absurda que ahora es famosa. Los dos hombres tiran de una carretita donde va Lou; ella los azuza con una fusta. "Nietzsche preparó todos los detalles", escribiría Lou. "Incluso la carreta demasiado pequeña o la cursilería de poner, en la punta de la fusta, un ramo de lilas."
Del amor
Cuando llegamos a Milán, los diarios vibran con noticias sobre la crisis económica. Nunca pareció más loca, más gratuita, la majestad del Duomo, el desfiladero palaciego de las galerías Vittorio Emmanuele; mejor dicho sí, muchas veces esta belleza fue una loca apuesta contra las guerras, la peste, los cataclismos.
Mientras nos preparamos para la vuelta, recordamos una tercera historia de amor. En Milán empieza La Cartuja de Parma. El atolondrado, excitable y un poco chanta Fabrizio del Dongo, goza del amor incondicional de Gina Pietranera, pero a quien ama es a Clelia Conti. Mejor dicho, a la imagen de Clelia. Si en las otras historias que evoqué el amor está al borde de volverse independiente de la persona amada, en la novela de Stendhal se cruza esa línea.
Fabrizio, que apenas conoce a Clelia, se entrega a las autoridades de Parma (está prófugo) sólo porque en la torre Farnesio, donde van a encerrarlo, estará más cerca de ella. Y eso que Clelia se ha casado con otro y ha jurado no volver a ver a Fabrizio. Es uno de los grandes momentos de la literatura romántica, y como observó Denis de Rougemont, el amor romántico tiene raíces religiosas.
El que ama no busca a la persona amada; hay comunión, pero es la comunión de los dos inclinados ante el altar del amor. No se aman el uno al otro, aman a la deidad invisible, celosa, absoluta, que llamamos amor. En la escena clave del libro (que recordamos mientras nos tomamos el último Valpolicella, frente a un campanario a rayas blancas y rojizas) Clelia y Fabrizo hacen el amor. Lo hacen en la oscuridad, para que ella no rompa la promesa de no volver a verlo. La belleza en el norte de Italia tiene mucho de esa escena: un fulgor escondido, sublime, un poco absurdo, un goce que cambia para siempre tu vida y que permanece a través de las guerras y las debacles, incorruptible y gratuito, contra toda evidencia
© LA GACETA
POR GONZALO GARCÉS







