Carlos Fuentes: El hombre que escribía con las tripas
Artemio Cruz, el protagonista de uno de sus dos clásicos, rememora su pasado mientras una hemorragia estomacal lo lleva a la tumba. Fuentes murió por una hemorragia gástrica; y murió escribiendo, trabajando sin pausa. Mientras los sitios de noticias anunciaban su muerte, los ejemplares de Carolina Grau, su último título, seguían llegando a las librerías. Juan Villoro, otro notable escritor mexicano y ex editor de Fuentes, rescata la extraordinaria capacidad de trabajo que lo llevó a publicar 58 libros e infinidad de artículos.

Trabajar descansa
En 1984 trabajaba en la Agencia Notimex y visité al Dr. Ruy Pérez Tamayo en su Unidad de Medicina Experimental para solicitarle un artículo. Recuerdo la ascensión hasta el piso superior de un edificio que tal vez pertenecía a la Facultad de Medicina. Entré en los dominios del legendario autor de El concepto de enfermedad deseoso de encontrar ahí una escenografía más cercana a H. G. Wells, un lugar de inventos raros. Vi a una hermosa científica en bata blanca, macetas con cactus y un retrato de Marx hecho por computadora. Estaba predispuesto a sacar alguna lección moral de esa visita y no olvidé un consejo que me dijo el célebre patólogo: "Nunca le encargue un trabajo a la gente que tiene tiempo; ésa nunca hace nada: pídale cosas a los que no tienen tiempo". Así zanjó mis disculpas por importunarlo.
La escena viene a cuento por la forma en que trabajaba Carlos Fuentes. Era el hombre sin tiempo que escribía La edad del tiempo. Varias veces habló de su infancia en Estados Unidos, donde la escuela le inculcó una mística de la energía y el rendimiento que conservaba a sus 80 años. A contrapelo del ideal latinoamericano, que simpatiza con la parranda creativa y el romántico deterioro del artista, Fuentes rechazó las diversas variantes que la cultura vernácula ofrece para el suicidio a plazos: el alcoholismo, la Siberia de los cargos públicos o el adolorido silencio del que "ya no puede más". Nunca dejó de fustigar su teclado con el dedo que se le torció al modo de un garfio o la cola de un escorpión, su signo zodiacal.
La ética protestante con que trabajaba podía parecer sospechosa en un territorio donde el hombre que despierta de una borrachera exige trato de animal sagrado. Pero él se rebeló contra la pereza y aceptó la disciplina como una exigencia de su metabolismo. Uno de sus mejores amigos, el novelista Willam Styron, dijo que era como un tiburón: hasta para dormir debía mantenerse en movimiento.
La literatura mexicana ha estado marcada por dos modos religiosos para relacionarse con el trabajo sin tregua, el benedictino de Vicente Leñero y el protestante de Carlos Fuentes. Para el autor de Los albañiles, el trabajo es una forma de la plegaria; para el autor de Terra nostra, era una derrota del tiempo (no es casual que su obra de conjunto llevara un título de relojería: La edad del tiempo). Leñero es proclive a las parábolas (el Jesús como custodio de la improbable Galilea de una construcción), Fuentes fue devoto de las tesis y asumió la novela como una explicación razonada del mundo. Ambos entendieron el trabajo duro como una moral.
En los tres años en que estuve al frente del suplemento La Jornada Semanal, Leñero y Fuentes fueron colaboradores con asombrosa puntualidad. Leñero solía modificar sus plazos de colaboración, pidiendo llevar el texto ¡antes! "Si no, se enfría", explicaba con incontrovertible pasión por la panadería literaria. Por su parte, Fuentes aprovechaba alguno de sus veloces pasos por el país para llamar, enterarse de nuestras fatigas y preguntar en qué podía ser útil. Ninguno de los dos reclamó para sí el menor trato preferente ni dramatizó las erratas con que los distinguimos. Colaboradores ideales, trabajaban con el tesón de los grandes artesanos que no se preocupan por aparentar lo que verdaderamente son: artistas.
Cuando se cumplieron veinte años del golpe que el presidente Echeverría dio a Excélsior, le pedí a Leñero una crónica sobre el tema. Desde la publicación de Los periodistas no dejaba de recibir solicitudes de ese tipo. El asunto lo abrumaba, pero confié en la receta del Dr. Pérez Tamayo. Dos días después, Leñero entregó una crónica impar sobre el momento en que el presidente Salinas sugirió que, así como Regino Díaz Redondo había "trascendido" a Scherer en Excélsior, Leñero podría, con la ayuda adecuada, "trascender" a Scherer en la revista Proceso.
Dos años más tarde importuné a Fuentes con otro aniversario. En 1998 se cumplían 40 años de la publicación de La región más transparente. ¿No sería bueno que escribiera sobre la visión que ahora tenía de la ciudad? En el tono jovial en que comunicaba problemas, Fuentes me dijo que Julio Scherer le había hablado cinco minutos antes para pedirle exactamente lo mismo. Como no pertenezco ni a la escuela benedictina ni a la protestante, me di por vencido y me resigné a leer en Proceso el texto que había pedido. Ensayé una despedida, como fiel miembro de una tribu acostumbrada a fallar penaltis, pero Fuentes me atajó: "¿Qué te pasa? Puedo hacer dos textos distintos". A los dos días -que por lo visto es el plazo religioso del esfuerzo-, me envió el texto y dio la razón a Pérez Tamayo por partida doble.
Cesare Pavese reunió sus poemas tempranos -la melancolía de un hombre joven- bajo el título de Trabajar cansa. El imparable Fuentes trabajó para descansar. Sin apartarse del teclado, encontró la forma de que su rostro pareciera bronceado en los cañaverales zapatistas de Chinameca. A los 83 años tenía el porte de un general que ya ganó suficientes batallas pero anda en pos de un nuevo caballo.
El 15 de mayo ocurrió lo inaudito: Carlos Fuentes no se sentó ante su escritorio. En 1962, había escrito una novela sobre el fin de la vida (La muerte de Artemio Cruz) y otra sobre la vida de la muerte (Aura). Ambas categorías son ya intercambiables para él. Su teclado hiperactivo se detuvo, pero su cabalgata de fantasmas no deja de hacer ruido.
© LA GACETA
Juan Villoro - Escritor y periodista. Premio
Herralde de novela y Premio Rey de España. Columnista de los diarios Reforma y El Mercurio. Ex profesor de las universidades de Yale, Boston y Princeton. Maestro de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, que preside Gabriel García Márquez.








