La novela perdida de Saramago
Claraboya es la segunda novela que escribió el Premio Nobel portugués. Su edición póstuma (Alfaguara, 2012; traducida al español por Pilar del Río, su viuda) evoca los inicios del escritor. El libro fue censurado y eso llevó a su autor a dejar la escritura durante casi dos décadas.
TELAM
15 Abril 2012 Seguir en 

La historia de este texto es casi una novela: censurado por la industria editorial de un mundo autoritario y pacato, había sido entregada para su publicación en 1953. La falta de toda respuesta sumió al escritor en un silencio de casi dos décadas. El contexto de producción nos permite entender la incomodidad que hubiera producido el relato en una comunidad dominada por la aparente eternidad de la dictadura de Salazar.
El nombre de la novela, dedicada al mítico abuelo del escritor, resulta apropiado y sugerente. La palabra "claraboya", de escasa circulación en el mundo urbano actual, proviene de la lengua francesa y, más allá de su significado concreto, remite a la idea de una vía clara; un lugar desde el que se puede entrever el mundo contiguo.
La novela ha sido construida como un techo de cristales desde el que se mira el espectáculo de las vidas en una pequeña comunidad de Lisboa. Los habitantes de un edificio conforman un abigarrado conjunto de grupos familiares, escenificando distintas formas de relación y diferentes actitudes vitales. En este mundo caben desde la solitaria mujer que depende de su amante hasta la familia de mujeres de intrincados lazos sentimentales.
Abel, el extranjero que arriba en una de las tantas estaciones de búsqueda de identidad, se encuentra con el viejo sabio y solidario zapatero. La narración señala la sordidez de un mundo donde el dinero es escaso y abunda la mezquindad pero la mirada del autor está impregnada de ternura y compasión por sus criaturas.
Con gran precisión, Saramago explora la sexualidad en todas sus variantes, desde la prostitución hasta el lesbianismo. Se detiene en ese conjunto de soledades a las que sólo se les permite huir a través de la fantasía y la solidaridad. El realismo del discurso no impide que reconozcamos las citas de Pessoa, Dostoievski y Shakespeare, entre otros. La música de Beethoven actúa como contraste con los antihéroes.
Otro lado de la vida
El epígrafe de Raúl Brandao ("En todas las almas, como en todas las casas, además de fachada, hay un interior escondido") nos guía desde el comienzo en una narración que tiene un sesgo antropológico, que muestra historias de vidas entrecruzadas en las que la filiación y la paternidad están cuestionadas enfáticamente. El anciano sin hijos es el único personaje que cumple de modo cabal con una función paterna.
La novela exhibe el almácigo de formas que fueron recurrentes en el resto de la obra. En este mundo hay hombres solitarios como Ricardo Reis, de El año de la muerte de Ricardo Reis, o el don José de Todos los nombres. El desencantado Abel se enlaza con el personaje de la novela última. Sus entrañables mujeres son de una mítica fortaleza. Claraboya es un notable ejemplo de novela de iniciación que nos sorprende por la infinidad de modulaciones de los mundos pequeños: voces, imágenes, sabores y colores. Lisboa, como la ciudad de las Pequeñas Memorias, es la ciudad de ritmos lentos. Una Lisboa de gente pobre, preocupada por la supervivencia donde compartir un espacio no significa formar una comunidad, donde cada uno parece estar encerrado en sí mismo. Sólo Silvestre y Carmen muestran a Abel otro lado de la vida y la posibilidad de redimirse a través del amor.
© LA GACETA Carmen Perilli - Doctora en Letras, profesora de Literatura Hispanoamericana de la UNT.
El nombre de la novela, dedicada al mítico abuelo del escritor, resulta apropiado y sugerente. La palabra "claraboya", de escasa circulación en el mundo urbano actual, proviene de la lengua francesa y, más allá de su significado concreto, remite a la idea de una vía clara; un lugar desde el que se puede entrever el mundo contiguo.
La novela ha sido construida como un techo de cristales desde el que se mira el espectáculo de las vidas en una pequeña comunidad de Lisboa. Los habitantes de un edificio conforman un abigarrado conjunto de grupos familiares, escenificando distintas formas de relación y diferentes actitudes vitales. En este mundo caben desde la solitaria mujer que depende de su amante hasta la familia de mujeres de intrincados lazos sentimentales.
Abel, el extranjero que arriba en una de las tantas estaciones de búsqueda de identidad, se encuentra con el viejo sabio y solidario zapatero. La narración señala la sordidez de un mundo donde el dinero es escaso y abunda la mezquindad pero la mirada del autor está impregnada de ternura y compasión por sus criaturas.
Con gran precisión, Saramago explora la sexualidad en todas sus variantes, desde la prostitución hasta el lesbianismo. Se detiene en ese conjunto de soledades a las que sólo se les permite huir a través de la fantasía y la solidaridad. El realismo del discurso no impide que reconozcamos las citas de Pessoa, Dostoievski y Shakespeare, entre otros. La música de Beethoven actúa como contraste con los antihéroes.
Otro lado de la vida
El epígrafe de Raúl Brandao ("En todas las almas, como en todas las casas, además de fachada, hay un interior escondido") nos guía desde el comienzo en una narración que tiene un sesgo antropológico, que muestra historias de vidas entrecruzadas en las que la filiación y la paternidad están cuestionadas enfáticamente. El anciano sin hijos es el único personaje que cumple de modo cabal con una función paterna.
La novela exhibe el almácigo de formas que fueron recurrentes en el resto de la obra. En este mundo hay hombres solitarios como Ricardo Reis, de El año de la muerte de Ricardo Reis, o el don José de Todos los nombres. El desencantado Abel se enlaza con el personaje de la novela última. Sus entrañables mujeres son de una mítica fortaleza. Claraboya es un notable ejemplo de novela de iniciación que nos sorprende por la infinidad de modulaciones de los mundos pequeños: voces, imágenes, sabores y colores. Lisboa, como la ciudad de las Pequeñas Memorias, es la ciudad de ritmos lentos. Una Lisboa de gente pobre, preocupada por la supervivencia donde compartir un espacio no significa formar una comunidad, donde cada uno parece estar encerrado en sí mismo. Sólo Silvestre y Carmen muestran a Abel otro lado de la vida y la posibilidad de redimirse a través del amor.
© LA GACETA Carmen Perilli - Doctora en Letras, profesora de Literatura Hispanoamericana de la UNT.
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