EL ARTISTA. Franzen vuelve a sorprender a la hora de componer un fresco de la cultura de Norteamérica. TIME

Hacía diez años que la revista Time no dedicaba su portada a un novelista1, y sin embargo, el rostro aniñado de Jonathan Franzen (Chicago, 1959) engalana la tapa de la edición del 12 de agosto del 2010, en vísperas del lanzamiento de su cuarto libro, Libertad.
Esto habla a las claras de la dimensión de su figura y de las expectativas que despierta su escritura en el campo literario estadounidense, teniendo en cuenta el éxito abrumador de un libro publicado con anterioridad, Las correcciones (2001). Merecedora de importantes premios y finalista del Premio Pulitzer, esa novela, de inspiración autobiográfica, narra las vicisitudes de una familia del Medio Oeste norteamericano, que se desintegra cuando el padre comienza a sufrir los síntomas del Parkinson (su versión en español fue publicada por Seix Barral, 2002). Buena parte de la acción de Libertad tiene también como marco el mundo social prejuicioso, insular, del Medio Oeste de los Estados Unidos.
En esta última novela, el autor vuelve a sorprendernos con la vitalidad e inspiración para componer un fresco de la cultura, presentado desde distintas perspectivas y, en ese proceso, dejar entrever sus convicciones sobre temas latentes como el equilibrio ecológico, superpoblación, política doméstica, la guerra de Irak (hasta hacer un guiño a la administración Obama). Incluso, plantear cuestiones filosóficas universales como la integridad moral y la libertad del hombre.
Mundo en caída
Los protagonistas, Patty y Walter Berglund, se identifican con el estadounidense liberal, demócrata, depositario de la tradición positivista y trascendentalista del país: el del make it yourself, del reciclado, el que celebra ser autosuficiente pero sabe colaborar con los vecinos. Construyen su casa con esfuerzo honesto; tienen dos hijos. Las primeras pinceladas están dadas por los vecinos, que describen a los Berglund desde las apariencias y sus proyecciones. Dos secciones subsiguientes son parte de un diario íntimo que Patty escribe por recomendación de su analista.
Somos testigos, con el transcurrir de las décadas y las mudanzas, de cómo ese mundo sucumbe: las acechanzas del pasado se materializan; el hijo adolescente se rebela de modos inasibles (incluso haciéndose republicano); Walter negocia con una compañía minera contaminante; Patty se aísla y se abandona. Richard Katz, un rockero de éxito, viejo amigo de la pareja, juega un rol determinante en el destino de los Berglund.
Las 670 páginas de Libertad -que se leen con adicción- son precedidas por un epígrafe, tomado de uno de los dramas romancescos de William Shakespeare: Cuento de invierno2: "Idos juntos, vosotros, preciosos ganadores. Vuestra exultación haced conocer a todo el mundo. Yo, tórtola vieja, volaré hasta alguna rama seca, y allí a mi compañero, que jamás será hallado, lamentaré hasta el día de mi muerte".
Y el lector se pregunta a cuál de los personajes (o quizás autor) representan mejor estos versos del bardo. Por desesperanzados que sean, introducen un tono conciliador, de expiación, análogo al desenlace.
Algunos críticos consideran a Franzen la contrapartida estadounidense del británico Martin Amis, un enfant terrible de la narrativa en inglés. Sin embargo, no hay en la obra de Franzen el grado de experimentación, ni audacia estilística del escritor británico, aunque sí la honestidad y el escalpelo incisivo para abordar su época con ironía, humor y patetismo.
La escritura de Franzen podría compararse con la de los victorianos: su focalización social es abarcadora y profunda; o con la de un Balzac posmoderno que construye su comedia humana en base a historias íntimas; o con la de un Tolstoi, que puede trasmitir amenamente las angustias de una época, la vulnerabilidad de la libertad, las incertidumbres acerca del futuro; una escritura en la que el mundo social puede verse reflejado en la conciencia individual, en cuyos abismos podemos reconocernos.
La correcta traducción al castellano pertenece a Inés Ferrer.
© LA GACETA
María Eugenia Bestani - Profesora de Literatura
Anglófona II y III en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Tucumán.
NOTAS: 1.- Stephen King apareció en la portada en el año 2000. Otros novelistas que gozaron de tal atención son: Salinger, Nabokov, Morrison y, dos veces, John Updike y James Joyce.
2.- Acto V, escena iii








