Una historia que se parece a una danza flamenca

Una novela con magia y sufrimiento. Por Beatriz E. de Parolo.

23 Octubre 2011
Carole Martínez (1966), se presenta en esta, su primera  novela, como una escritora minuciosa y refinada. En esta obra ostenta, visiblemente, una personalidad sensible sustentada por sus elecciones de vida: actriz, profesora en Letras. Su talento ha merecido diversas distinciones en Francia por este  libro.
El relato atrapa no sólo por su factura literaria, sino porque las peripecias narradas suscitan en el lector movilizaciones diversas. En efecto: su lectura es impulsada por muestras de  erudición, de lirismo, de un impecable uso de la lengua y de  riqueza metafórica, quizá un poco barroca. Otro ingrediente fundamental es la inmersión del destinatario -que se potencia por el asombro- en el sufrimiento humano. Un sufrimiento seco, descarnado.
La trama se ubica en un tiempo de rebeliones campesinas, hacia fines del siglo XIX en España, y en un espacio itinerante para la protagonista y sus hijas: del sur de Andalucía hasta el norte de África.
Frasquita Carrasco, una suerte de heroína de tragedia griega, tiene en su pueblo fama de bruja, capaz tanto de urdir sortilegios como de producir milagros de belleza con hilos y agujas. En efecto, entre  otros sorprendentes efectos siempre mágicos, cose un corazón de seda para la Virgen capaz de palpitar en procesión, las alas del abanico que borda con forma de mariposa vuelan por la ventana, bellísimas flores que adornan su vestido de novia se marchitan ante las miradas envidiosas de otras mujeres. Este don le es conferido por una cajita secreta cuya historia nos abstendremos de revelar. Empero, el destino de Frasquita se teje con hilos negros: su marido la apuesta en una riña de gallos y la pierde. Las consecuencias del involuntario adulterio la obligan a una penosa huida y su historia se clausura durante su desgarrador destierro.
Son sus hijas las protagonistas de los breves capítulos finales, también penosos y de una intensa dureza: "lo engullí todo, y lo que vomito ahora en el papel -dice la autora- es un amasijo, repleto de sangre y de palabras, cuyo eco me devuelven las paredes del patio" (página 307). Con orgullo, admiradora del mundo que describe, claramente dominado por la mujer,  cierra una secuencia próxima al epílogo con un rotundo: "lo jamás escrito es femenino" (página 334).
Se nos ocurre que este relato podría ser comparable a una danza flamenca que destila dramatismo a la vez que una tenue alegría compartida.
El lector latinoamericano familiarizado con el realismo mágico tan bellamente cultivado en nuestras latitudes podría no sorprenderse frente a esta novela; sin embargo, como se puede inferir por esta reseña, el relato de Carole Martínez no luce la misma luz ni el mismo colorido que se perciben en no pocas obras de nuestra región.
Tradujo de manera impecable Javier Albiñana. © LA GACETA

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