23 Octubre 2011 Seguir en 
BUENOS AIRES.- Cada elección presidencial trae consigo las especulaciones sobre cómo se integrará el gabinete ministerial del que se da por sentado será el candidato ganador. Y dentro de esa danza de nombres, el puesto de ministro de Economía sobresale en la atención. Estas elecciones parecen ser una excepción. No solamente porque el resultado de las primarias del 14 de agosto redujeron el margen de sorpresa a su mínima expresión, o porque nadie avizora una crisis catastrófica en el corto plazo. Hay otro hecho que se destaca y es que el Ministerio de Economía ha dejado de tener la importancia de otros años. La asunción de Amado Boudou hace poco más de dos años mereció por entonces un comentario irónico: "la presidenta decidió cambiar de gerente de Relaciones Institucionales", dijo un conocido economista, en alusión al poco rédito que le representó a Cristina Fernández la silenciosa gestión de Carlos Fernández. Al margen de las características personales de los dos ministros, la acotación ponía sobre el tapete la paulatina degradación de una cartera a la que le quedan escasas atribuciones si se la compara, por ejemplo, con el superministerio que comandó Domingo Cavallo. Las facultades que concentraba el ministerio en esos tiempos hoy están distribuidas entre Planificación, Industria, Agricultura y Economía.
El recorte de facultades que derivó del desgajamiento de secretarías deja con muy poco sentido la discusión sobre las características que tendrá la futura administración del Palacio de Hacienda. Optar por alguno de los nombres que se barajan (Roberto Feletti, Hernán Lorenzino o Mercedes Marcó del Pont, entre los principales) no representará un cambio sustancial: el poder de decisión pasa por otro lado. Es la consecuencia de una estrategia iniciada por el ex presidente Néstor Kirchner y continuada por su mujer para evitar eventuales contratiempos con algún funcionario que concentrase demasiado poder. Hasta llevar al extremo de reducir al ministerio a poco más que una Secretaría de Hacienda. Es el resultado del descuartizamiento que dejó a Economía con cuatro secretarías que, en lo que a política económica se refiere, quedan reducidas a solamente una. Así ha quedado el Ministerio de Economía después de la reapertura del canje de la deuda: el área de Financiamiento se asemeja al viejo chiste de la Marina boliviana, con poca tarea para llevar a cabo en un país que no puede acceder al mercado de capitales y que tampoco puede avanzar con el Club de París. La Secretaría de Comercio Interior es una muestra del desorden jerárquico de la administración kirchnerista, en la que un supuesto subordinado tiene más poder que su superior. Felisa Miceli, Miguel Peirano, Martín Lousteau y el citado Fernández pueden dan fe de ello. Y si quedaba alguna duda acerca de quién avala sus acciones, la propia presidenta lo acaba de ratificar ante la comisión directiva de Coninagro: "Moreno cumple con su deber", dijo. A su lado, el ministro de Agricultura, Julián Domínguez, no necesitaba que se lo recordasen. Si se excluye al área de Legales, sólo queda Hacienda, en un ministerio que en los últimos meses se limita a informar la recaudación impositiva. En ese estado de inacción pudo mantenerse Economía gracias a que las liquidaciones de los exportadores de cereales y oleaginosas permitió un ingreso de divisas de tal magnitud que neutralizaron por sí solas las necesidades de financiamiento y la fuga de capitales, en tanto la relativa debilidad del dólar y la fortaleza del real generaron una situación cambiaria de relativa tranquilidad.
El recorte de facultades que derivó del desgajamiento de secretarías deja con muy poco sentido la discusión sobre las características que tendrá la futura administración del Palacio de Hacienda. Optar por alguno de los nombres que se barajan (Roberto Feletti, Hernán Lorenzino o Mercedes Marcó del Pont, entre los principales) no representará un cambio sustancial: el poder de decisión pasa por otro lado. Es la consecuencia de una estrategia iniciada por el ex presidente Néstor Kirchner y continuada por su mujer para evitar eventuales contratiempos con algún funcionario que concentrase demasiado poder. Hasta llevar al extremo de reducir al ministerio a poco más que una Secretaría de Hacienda. Es el resultado del descuartizamiento que dejó a Economía con cuatro secretarías que, en lo que a política económica se refiere, quedan reducidas a solamente una. Así ha quedado el Ministerio de Economía después de la reapertura del canje de la deuda: el área de Financiamiento se asemeja al viejo chiste de la Marina boliviana, con poca tarea para llevar a cabo en un país que no puede acceder al mercado de capitales y que tampoco puede avanzar con el Club de París. La Secretaría de Comercio Interior es una muestra del desorden jerárquico de la administración kirchnerista, en la que un supuesto subordinado tiene más poder que su superior. Felisa Miceli, Miguel Peirano, Martín Lousteau y el citado Fernández pueden dan fe de ello. Y si quedaba alguna duda acerca de quién avala sus acciones, la propia presidenta lo acaba de ratificar ante la comisión directiva de Coninagro: "Moreno cumple con su deber", dijo. A su lado, el ministro de Agricultura, Julián Domínguez, no necesitaba que se lo recordasen. Si se excluye al área de Legales, sólo queda Hacienda, en un ministerio que en los últimos meses se limita a informar la recaudación impositiva. En ese estado de inacción pudo mantenerse Economía gracias a que las liquidaciones de los exportadores de cereales y oleaginosas permitió un ingreso de divisas de tal magnitud que neutralizaron por sí solas las necesidades de financiamiento y la fuga de capitales, en tanto la relativa debilidad del dólar y la fortaleza del real generaron una situación cambiaria de relativa tranquilidad.







