16 Octubre 2011 Seguir en 

Querido hermano: tengo la ocasión de escribirte cosas que nuestras imposibilidades nos frustraron a lo largo de la vida. "Siempre te quise", me dijiste antes de morir. Tucumán te va a extrañar como ya te extraño yo. La tierra carece de suficientes minerales para dar a diario intelectuales tan pródigos. Fuiste algo así como un escritor decimonónico, un tigre en la escritura, un salvaje que no se detuvo a corregir una oración porque la muerte lo perseguía. Y entonces brotaban cientos de historias, miles de páginas, novelas históricas como La Espalda de la libertad, sobre la vida de Lola Mora; ensayos sobre la industria azucarera: La cepa. Arqueología de una industria azucarera; los mitos norteños trabajados en Historia de la Cultura Funeraria del Norte. Relataste la vida de Francisco Arancibia, maestro asesinado en 1976, en La oruga sobre el pizarrón. Todo lo que no pudiste hablar en la vida lo encerraste en el andar de la pluma. La pulsión no se allegaba a la pantalla, lo hacía desde el poder de la mano y de la tinta desplegada en el papel, que circulaba como la sangre en la hoja blanca. Así denunciaste el atropello ecológico: Etnias y Árboles del Universo Ecológico Gran Chaco (Premio Casa de las Américas, Cuba, 1996). También el dramático exterminio de los pueblos originarios: Él, su escriba, la Esfinge, que obtuvo el Premio Literario Provincia de Córdoba en 2010.
Meses atrás, en el marco del último "Mayo de las Letras", aquí en Tucumán, presentaste dos libros: Historia crítica de la Cultura y La maldición de los Haushofer, con el que obtuviste el Premio internacional de novela Felipe Trigo, en España.
A los 18 años, el Estrella del Norte te regresó a Tucumán. Pasaste por las carreras de Arquitectura y de Abogacía. Y un día, en secreto, me confesaste: "no le digas nada a papá, pero abandoné las leyes por la Historia". Después vino "El Tucumanazo", los años de idealización comunista y de férreo dogmatismo. Viajaste a la antigua Unión Soviética, a Cuba y también a Nicaragua con las brigadas del café. Finalmente, te licenciaste en Historia en la Facultad de Filosofía y Letras (UNT) y años más tarde te doctoraste en España en la Universidad de Salamanca. Pero lo esencial es que contribuiste con un grano de arena a esa otra gran historia que es Tucumán. Ese es tu mérito, haber sabido siempre que nuestros abuelos inmigrantes están enterrados aquí, donde estarán algún día nuestros padres y donde, seguramente, alguna vez, descansarán mis propios huesos.
Tucumán te despide como un padre orgulloso de su hijo. Más de 50 libros abarca tu obra, que seguramente será más valorada desde el plano del pensamiento, del ensayo y de lo histórico que de lo estrictamente literario.
Querido hermano, nos reencontramos, al final de la vida, no en otro lugar, sino aquí mismo, en la palabra. Y lo hicimos cuando dejamos atrás todo lo que distrae el encuentro con la muerte: falsas imágenes de ángeles y bandidos, discusiones ideológicas. Lo hicimos cuando pudimos deshacernos de la corteza para dejar al descubierto la savia. Cuando recostaste tu cuerpo sobre el mío para que te ayudara en tu enfermedad. Pareciera que necesitáramos de todo el tiempo de la vida para valorar con justicia a quienes amamos. Nos quedó la deuda de no haber compartido nuestras obras literarias. No porque te hayas ido, dejo de pensar que fuiste un hombre más de la palabra que de la acción.
Te cuento, hermano, que rasgaron nuestras ropas para que se rompa el entramado de la tela y quede un vacío: el que dejás vos mientras los hilos de nuestros sacos viajan. La vida es un regreso constante. Hay una última estación llamada "la tierra". Me pediste morir y yo lo entendí. Y entiendo que la muerte es un bien personal, como la vida. Nadie tiene derecho a interponerse a ese vacío. Te fuiste tan dignamente, sin una queja, tratando de complacer a todos tus seres queridos. Espero que no hayas olvidado tus zapatos, para no lastimar tus pies en el cielo. © LA GACETA
Meses atrás, en el marco del último "Mayo de las Letras", aquí en Tucumán, presentaste dos libros: Historia crítica de la Cultura y La maldición de los Haushofer, con el que obtuviste el Premio internacional de novela Felipe Trigo, en España.
A los 18 años, el Estrella del Norte te regresó a Tucumán. Pasaste por las carreras de Arquitectura y de Abogacía. Y un día, en secreto, me confesaste: "no le digas nada a papá, pero abandoné las leyes por la Historia". Después vino "El Tucumanazo", los años de idealización comunista y de férreo dogmatismo. Viajaste a la antigua Unión Soviética, a Cuba y también a Nicaragua con las brigadas del café. Finalmente, te licenciaste en Historia en la Facultad de Filosofía y Letras (UNT) y años más tarde te doctoraste en España en la Universidad de Salamanca. Pero lo esencial es que contribuiste con un grano de arena a esa otra gran historia que es Tucumán. Ese es tu mérito, haber sabido siempre que nuestros abuelos inmigrantes están enterrados aquí, donde estarán algún día nuestros padres y donde, seguramente, alguna vez, descansarán mis propios huesos.
Tucumán te despide como un padre orgulloso de su hijo. Más de 50 libros abarca tu obra, que seguramente será más valorada desde el plano del pensamiento, del ensayo y de lo histórico que de lo estrictamente literario.
Querido hermano, nos reencontramos, al final de la vida, no en otro lugar, sino aquí mismo, en la palabra. Y lo hicimos cuando dejamos atrás todo lo que distrae el encuentro con la muerte: falsas imágenes de ángeles y bandidos, discusiones ideológicas. Lo hicimos cuando pudimos deshacernos de la corteza para dejar al descubierto la savia. Cuando recostaste tu cuerpo sobre el mío para que te ayudara en tu enfermedad. Pareciera que necesitáramos de todo el tiempo de la vida para valorar con justicia a quienes amamos. Nos quedó la deuda de no haber compartido nuestras obras literarias. No porque te hayas ido, dejo de pensar que fuiste un hombre más de la palabra que de la acción.
Te cuento, hermano, que rasgaron nuestras ropas para que se rompa el entramado de la tela y quede un vacío: el que dejás vos mientras los hilos de nuestros sacos viajan. La vida es un regreso constante. Hay una última estación llamada "la tierra". Me pediste morir y yo lo entendí. Y entiendo que la muerte es un bien personal, como la vida. Nadie tiene derecho a interponerse a ese vacío. Te fuiste tan dignamente, sin una queja, tratando de complacer a todos tus seres queridos. Espero que no hayas olvidado tus zapatos, para no lastimar tus pies en el cielo. © LA GACETA
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