A 326 años del traslado de San Miguel de Tucumán

29 Sep 2011

Si una mudanza de casa suele generar una serie de inconvenientes a sus moradores, el traslado de un pueblo de un lugar a otro es infinitamente mayor en complicaciones, sobre todo si este último se efectuó hace más de tres siglos atrás, cuando no existían tantos medios como en la actualidad. San Miguel de Tucumán, fundada por Diego de Villarroel el 31 de mayo de 1565, en Ibatín, concluyó su traslado el 29 de septiembre de 1685.

La vida de la primera de la ciudad transcurrió a lo largo de 120 años en Ibatín, y tuvo una activa vida comercial. Según los documentos de la época, las causas de la mudanza al paraje conocido como "La Toma" -actual emplazamiento- se debieron no sólo a los desbordes del río Pueblo Viejo, cuyas aguas estaban contaminadas, al clima insalubre (sequías, mangas de langostas), sino al hecho de que el camino del Alto Perú, que pasaba por Ibatín, había sido reemplazado por otro que ofrecía mayor seguridad ante los ataques indígenas.

La mudanza se inició a la ocho de la mañana del 24 de septiembre de 1685, cuando el teniente de gobernador, Miguel de Salas y Valdés, arrancó de la plaza el Árbol de la Justicia (un grueso tronco, símbolo del rey, junto al cual se ejecutaban las condenas) y lo cargó en una carreta, junto con "la caja del archivo de los papeles de esta ciudad y su Cabildo", según indica una crónica periodística del historiador Carlos Páez de la Torre (h). Al día siguiente, fue llevado el Real Estandarte y el 27, los vecinos oraron en la precaria capilla recién levantada; se plantó el Árbol de Justicia y se tomó posesión del sitio en nombre del rey. El 28 se enarboló el estandarte, en víspera de las fiestas del patrono San Miguel, como era costumbre. Y al día siguiente, 29 de septiembre de 1685, con una "misa cantada con sermón y los demás oficios divinos", empezó la nueva etapa de la ciudad. Observa el historiador que esta "refundación" ya no estuvo a cargo de españoles, sino de hombres nacidos en la región del Tucumán.

En Ibatín, eran las adversidades de la naturaleza las que hacían renegar a menudo los primeros tucumanos, que al parecer nos legaron un mal precedente, con la contaminación del río Pueblo Viejo. No se sabe si otras conductas las recibimos de ellos o fueron mérito propio, como la extraña afición por la suciedad -que finalmente ahora se quiere combatir coordinadamente, por lo menos en los accesos a la ciudad-, la transgresión de las normas que no es otra cosa que la falta de respeto por el prójimo, o la inclinación por demoler aquello que tenga que ver con nuestra historia o identidad.

Tal vez este tipo de hábitos autodestructivos son el reflejo de una comunidad que no se quiere a sí misma porque no conoce su historia, por lo tanto, no puede valorar su patrimonio en su real dimensión y enriquecerlo. La educación cumple un papel central en los cambios de hábitos. Tal vez deberían promoverse, por ejemplo, abrazos vecinales, por lo menos, una vez al mes que podrían consistir en que limpiaran y arreglaran su plaza o pintaran los juegos infantiles o que organizaran espectáculos o concursos sobre historias de personajes del lugar o debates públicos sobre los problemas de la barriada en busca de soluciones. La participación cívica contribuiría también al surgimiento de dirigentes con mayor vocación de servicio y más comprometidos con la sociedad. Tal vez llegaría así un 29 de septiembre en que los tucumanos nos sintiéramos orgullosos de nuestra ciudad.

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