26 Julio 2011 Seguir en 

Por R.P. Marcelo Barrionuevo - Director del Centro de Bioetica de la Fundacion Humanitas et Sapientia
Volver a humanizar la medicina con los cuidados paliativos es la mejor manera de acompañar las etapas finales de la vida humana. La sociedad contemporánea ha caído en una visión poco humanizada de la muerte, por eso hay que humanizar el momento final de la vida. Y el mejor lugar dentro de las posibilidades de salud de la persona es morir en el seno de la familia, aquel lugar donde la persona se siente querida y acompañada.
Todos los medios de la medicina son necesarios para recuperar la salud, pero cuando el proceso de la enfermedad es irreversible hay que evitar el encarnizamiento terapéutico que no conduce a nada, sino a un alargamiento penoso del final de la vida.
El concepto de cuidados paliativos es distinto al de muerte asistida. Según este último el paciente puede elegir el modo de morir, una forma ambigua de eutanasia. Nadie tiene derecho a quitarse la vida o a pedir que un tercero lo haga. La muerte digna en cambio es un concepto que significa respetar los procesos vitales naturales del ocaso de la existencia humana. Muerte asistida, en cambio, es una práctica utilitarista de los procesos naturales con una intervención activa o pasiva para producir la muerte. Estas concepciones se diferencian por la forma de concebir la dignidad humana. Hay quienes consideran que la dignidad del hombre es evolutiva: el feto tiene menos dignidad que el niño, el niño menos que el adulto, el anciano menos que este último. Es una concepción utilitarista, que se basa en la relación costo-beneficio. Cuando la persona ya no sirve para nada debe morir o la ayudamos a que muera. En cambio, otra es la visión que señala que la dignidad abarca todo el acto existencial de la vida humana, es decir, que el embrión humano tiene los mismos derechos que un adulto o un anciano. La dignidad está en la vida misma y no en su fin utilitario.
Por eso decimos que el ser humano tiene derecho a nacer con dignidad y también a morir con dignidad.
Volver a humanizar la medicina con los cuidados paliativos es la mejor manera de acompañar las etapas finales de la vida humana. La sociedad contemporánea ha caído en una visión poco humanizada de la muerte, por eso hay que humanizar el momento final de la vida. Y el mejor lugar dentro de las posibilidades de salud de la persona es morir en el seno de la familia, aquel lugar donde la persona se siente querida y acompañada.
Todos los medios de la medicina son necesarios para recuperar la salud, pero cuando el proceso de la enfermedad es irreversible hay que evitar el encarnizamiento terapéutico que no conduce a nada, sino a un alargamiento penoso del final de la vida.
El concepto de cuidados paliativos es distinto al de muerte asistida. Según este último el paciente puede elegir el modo de morir, una forma ambigua de eutanasia. Nadie tiene derecho a quitarse la vida o a pedir que un tercero lo haga. La muerte digna en cambio es un concepto que significa respetar los procesos vitales naturales del ocaso de la existencia humana. Muerte asistida, en cambio, es una práctica utilitarista de los procesos naturales con una intervención activa o pasiva para producir la muerte. Estas concepciones se diferencian por la forma de concebir la dignidad humana. Hay quienes consideran que la dignidad del hombre es evolutiva: el feto tiene menos dignidad que el niño, el niño menos que el adulto, el anciano menos que este último. Es una concepción utilitarista, que se basa en la relación costo-beneficio. Cuando la persona ya no sirve para nada debe morir o la ayudamos a que muera. En cambio, otra es la visión que señala que la dignidad abarca todo el acto existencial de la vida humana, es decir, que el embrión humano tiene los mismos derechos que un adulto o un anciano. La dignidad está en la vida misma y no en su fin utilitario.
Por eso decimos que el ser humano tiene derecho a nacer con dignidad y también a morir con dignidad.
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