"Borges era un niño que jugaba con las palabras"

El poeta y ensayista Roberto Alifano, que fue secretario y amanuense del autor de "El Aleph", contó varias anécdotas del escritor. "Era un caballero muy británico. Tenía mucha deferencia hacia el otro", dijo. La polémica con Kodama.

24 Jul 2011
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EL AMANUENSE. Roberto Alifano contó que trabajar junto a Borges era una delicia, porque no imponía sus ideas. LA GACETA / FOTO DE JUAN PABLO SANCHEZ NOLI

Acepta la entrevista con esa cordialidad cómplice del que fue periodista y, en consecuencia, conoce las reglas al dedillo. Por eso no puso reparos cuando se le propuso hacer la nota en un bar de la peatonal, donde además se realizó la sesión de fotos. "Estoy aquí para conversar", advierte Roberto Alifano, quien participa en Tucumán del encuentro Letrarte 2011.

Poeta, narrador, ensayista y periodista, Alifano fue amigo, secretario y colaborador de Jorge Luis Borges, con quien tradujo las "Fábulas" de Robert Louis Stevenson, la poesía de Herman Hesse y los relatos de Lewis Carroll. También fue amigo de Pablo Neruda, a quien despidió en su funeral con una alocución que le valió casi 20 días de cárcel en el Chile de la dictadura pinochetista. De Borges, sobre todo, habló en una charla que abundó en humor, melancolía y, sobre todo, pasión por la literatura.

- ¿La tecnología ha cambiado la manera de escribir?

- Yo creo que sí. La que se hace ahora es una literatura de tipo periodística. No hay una preocupación estética. La mayoría de las novelas que se publican ahora son una suerte de crónica. No existe una preocupación por la palabra, por el embellecimiento del texto. Se busca sólo contar una historia, recurriendo a un lenguaje más bien popular. Y eso me preocupa. Porque la literatura es, en definitiva, el arte de encantar con palabras. Cuando las palabras están encantadas hasta desaparece esa separación que hay entre prosa y poesía. Si uno toma un texto de Marco Denevi, de Manuel Mujica Láinez o de Julio Cortázar -sin hablar de Jorge Luis Borges, que es el escritor más literario de la historia de la literatura- uno encuentra belleza y riqueza en cada palabra. Borges decía, por ejemplo, que el periodismo se parece peligrosamente a la literatura. Y tenía razón.

- Y hablando de Borges, ¿cómo era trabajar con él?

- Era una delicia. Porque no era un hombre que imponía sus ideas, sino que cumplía con aquello que decía Stevenson: "el arte es un juego que debemos jugar con la seriedad con la que juegan los niños". Y Borges era como un niño que jugaba con las palabras. Yo no recuerdo a un Borges con mal carácter o enojado. Era un hombre que trabajaba con una gran felicidad.

- Usted ha dicho en varias oportunidades que, más que un colaborador, fue un amanuense de Borges...

- Y sí... Porque el amanuense es aquel que recoge el dictado del maestro. Y yo hacía precisamente eso.

- En la época en que comenzó su relación con Borges, ¿él ya estaba ciego?

- Sí. Aunque algo veía. Borges pierde la capacidad para leer en 1965. Pero nunca fue un ciego total. Una vez estábamos en un ascensor y, de golpe, Borges me dijo: "pero, Alifano, que linda corbata que tiene usted". Y yo me sorprendí, porque la corbata no era precisamente amarilla, que era el color que Borges distinguía con más facilidad. Hasta me describió la corbata en sus detalles más pequeños. Y yo le dije: "pero Borges ¿está viendo mi corbata?". Y él me contestó: "sí, sí. Pero bueno, ahora ya la dejé de ver".

- Usted escribió un libro muy interesante sobre el humor de Borges. ¿Cómo eran las bromas de él?

- Era un gran humorista. El pensaba, al igual que Bernard Shaw, que a la larga todo es humorístico. Además, Borges era un maestro de la ironía. Y, en consecuencia, tenía un humor muy parecido al de Oscar Wilde o al de G. K. Chesterton.

- ¿Nunca lo vio triste o nostálgico por su situación?

- No. En realidad tenía la nostalgia propia del poeta. Todo poeta es un nostálgico de su tiempo. Y Borges tenía esa melancolía. Era un solitario que quería romper con esa soledad y que, por lo tanto, disfrutaba de la compañía de la gente. Él no se negaba a nadie. Incluso atendía el teléfono y hablaba con quien sea. Era un caballero muy británico. Tenía mucha deferencia hacia el otro.

- ¿Cuál es el último recuerdo que tiene de Borges?

- Fue el 15 de noviembre de 1985, el último día que él estuvo en Buenos Aires. Ese día corregimos un poema, dedicado curiosamente a la patria. Recuerdo que me dijo que había consultado con sus médicos acerca de la posibilidad de viajar a Europa y que ambos le habían recomendado no viajar.

- ¿Y por qué entonces se fue a Ginebra? ¿Es cierto que él eligió irse para morir fuera de la Argentina?

- No, nada que ver. Él nunca quiso irse de Buenos Aires. Se lo llevaron. Cuando al otro día fui a trabajar a su departamento, como todas las mañanas, su ama de llaves -Fanny- me dijo que lo habían llevado a la fuerza.

- ¿Quién se lo llevó?

- Y, ya sabemos... Esa señorita a quien no quiero nombrar.

- Se refiere a María Kodama.

- Exactamente. Y digo señorita porque ese casamiento con Borges nunca existió. Se hizo vía Paraguay con un falso cónsul que ahora está preso. En aquella época no existía el divorcio en la Argentina. Y Borges seguía casado con Elsa Millán, que aún vivía. Por lo tanto la unión con Kodama fue invalidada por Norah, la hermana de Borges. Por eso Kodama no usa el apellido Borges. Kodama es la heredera testamentaria del escritor, pero no su albacea. Tanto es así que ella perdió hace poco un juicio con Alejandro Vaccaro, en el cual yo fui testigo. Allí se demostró que Kodama modificó la obra de Borges. Lo cual es cierto, porque quitar una dedicatoria a un poema es modificar la obra. Eso sucedió con "Poema de los dones", dedicado a María Esther Vázquez. En la última edición de la obra completa de Borges ese poema aparece sin la dedicatoria. También hay otro poema, dedicado a una chica de la que Borges estuvo enamorado, que está en "La cifra" y que fue directamente eliminado.

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