Hinchas del diván

En tiempos de descensos inverosímiles, como el de River y el de San Martín, queda expuesta la relación entre el juego y la tragedia. Las hinchadas evidencian la necesidad de los seres humanos de construir dispositivos que nos alivien y auxilien en nuestra inermidad y carencia. Por Alfredo Ygel - Para LA GACETA - TUCUMAN

10 Julio 2011
Recuerdo cuando descubrí, en los primeros años de mis estudios en la Facultad de Psicología, esos geniales escritos de quien llevó el Psicoanálisis a la Psicología Social, Enrique Pichon-Riviere. Uno de sus ensayos llamó mi atención de estudiante. Desde una perspectiva psicológica producía un análisis de las hinchadas en el fútbol. Esto me conmovió en tanto articulaba dos pasiones que habitaban mi espíritu: jugar a la pelota, esa redonda que de trapo, goma o cuero, se había convertido en mi infancia en objeto irresistible, junto a mis deseos de estudiar y entender el alma humana. Esa vieja pasión por la pelota se convirtió en mi adolescencia en pertenencia a una hinchada, mientras el deseo de saber devino en ocupar mi lugar de psicoanalista. El maestro Pichon-Riviere describía esa mágica sensación que habitaba a quienes compartíamos los fervores de una hinchada, pero también señalaba la posibilidad de disociarse para extraerse de ese lugar y analizar el fenómeno social.

"Hinchada, hinchada hay una sola? Hinchada es la nuestra y las demás son?", cantábamos alentando a nuestro equipo en la primaria y luego en el secundario, identificados y hermanados, con la esperanza de ganar, con la grata sensación de estar juntos y unidos en algo común. Hinchada y equipo en una sola unidad, transformando lo múltiple en uno, convirtiendo lo disperso en espíritu de cuerpo. Separados de los otros por esas pequeñas diferencias que otorga el narcisismo, vinieron tiempos en que empezamos a ir a la cancha.

Inaccesibles las camisetas de nuestro equipo favorito, usábamos los gorros de lana o las bufandas con los colores de nuestro equipo, y los recortes de papelitos inundaban la cancha cuando ingresaban al campo de juego los jugadores. Celeste y Blanco, rojo y blanco, éramos de Atlético o de San Martín, y eso dividía definitivamente en dos al mundo. En los clásicos del domingo se nos iba la vida por ganar el partido. Nos embargaba la espera ansiosa del lunes con la cargada para los del equipo rival, o el evitar la de ellos haciéndonos los distraídos si es que a nosotros nos había tocado perder.

El gol y el paraíso

Ganábamos o pedíamos, así, en primera persona del plural. El plural se hace uno, se convierten en primera persona. Identificados a un ideal compartido idealizábamos juntos un objeto común que nos otorgaba identidad y consistencia La magia de la metamorfosis se producía en un instante. Cada gol, cada jugada, nos transformaba en la gambeta de Titi Campi, el limpio quite de Hugo Ginel, en Albretch, en la fuerza arrolladora de Julio Ricardo Villa. Otros se convertían en la potencia de Akemeier, en Roldán, en Blasco o la atajada sobradora y canchera del Mono Vargas. Y así seguimos alentando mientras nos enfrentábamos en esos partidos de "botines de punta" a Central Norte, a Tucumán Central, Argentinos del Norte y Sportivo Guzmán.

Un gol, un solo gol, separaba el paraíso del infierno. El abrazo en las tribunas entre padres e hijos, entre hermanos; con los amigos inseparables, con los desconocidos de las tribunas transformados en partes de nuestro cuerpo mientras juntos gritábamos el gol. El gol haciendo de lazo indestructible que une en la alegría. Pero también esa tristeza que nos devuelve a la casa de cada uno allí donde perdíamos ese partido de locales "que no podíamos perder". La cabeza mirando el piso, los pasos que pesan mas de la cuenta, la vuelta a la realidad de cada quien. El lazo común que otorga unidad se atenúa y cada cual queda reenviado a su propia soledad y desamparo.

Esta pasión compartida se extendía a los equipos de Buenos Aires. Boca, River, Independiente, Racing, San Lorenzo, Estudiantes, llegaban a nosotros a través de la magia de la radio en las voces de Fioravanti, en los ácidos comentarios de Luis Rey. Vino también nuestra selección nacional con Ratin, con Kempes y Tarantini. La radio pegada a la oreja para saber el último resultado, dio lugar al omnipresente televisor instalado en cada una de nuestras casas. Sus imágenes nos trajeron a Maradona quien nos hizo pasear por el mundo con su gambeta endiablada y su mano de Dios que limpió nuestra afrenta con los ingleses. Ya nadie se acuerda de Pelé ni de Ronaldinho, cuando nuestra pulguita Messi deslumbra en el Barcelona, aunque sin lograr llevarnos a la cima de los mundiales con el grito de campeón.

Los descensos

Y ahora este extraño fenómeno que la tabla de promedios nos trajo. Un grande, uno de esos gigantes que parecían indestructibles, puede llegar a descender a la vergonzosa "B" nacional. Y muchos quisiéramos salvarlo, impedir que caiga, ponernos todos en su arco impidiendo que la pelota marque un destino fatal. Otros presencian gozosos la irremediable caída, allí cuando el enemigo recibe uno de esos golpes que lo dejan groggy e indefenso en el piso. También los eternos rivales tucumanos, los santos de la ciudadela, se desesperan por impedir su descenso a los confines del infierno.

Y ese domingo llegó mandando a la lona a "Millonarios" y "Santos", dejando a sus hinchadas en esa tristeza sin fin. Lágrimas que no se contienen, miradas perdidas, dolor que no cierra, y la infaltable violencia de algunos fanáticos, expresan la intensidad de la pérdida. Seguramente poco a poco, como un trabajo de duelo, con el correr de los días, en los próximos partidos, un canto se irá formando en las gargantas de la hinchada una vez mas: "Volveremos, volveremos? Volveremos otra vez?"

La hinchada con sus manifestaciones, sus cantos, sus banderas y colores, heredera moderna del público de las tragedias griegas, presencia dominguera de los carnavales, vienen a mostrarnos la necesidad de los seres humanos de construir dispositivos que nos alivien y auxilien en nuestra inermidad y carencia. La idealización necesaria en las formaciones grupales constituye las formas de crear un Uno que nos brinde seguridad y amparo en nuestro cotidiano dolor de existir. © LA GACETA

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