La polilla del plan económico

Sin importar de qué ideología política sea un gobierno, sin energía un país se frena y esa carencia genera problemáticas añadidas. En Tucumán, los industriales ya anunciaron que el corte del 100% del gas redundará en la suspensión de nada menos que 50.000 trabajadores. No es la única mala consecuencia de la escasez energética. Hay otras, menos evidentes, silenciosas y dañinas, que, cual polillas, van comiendo y dejando agujeros en el plan económico.

Una de las afecciones parasitarias de la falta de energía es que le pone un coto a la inversión. Se puede alegar que los empresarios argentinos son especuladores y que prefieren ajustar precios y ningunear salarios antes que invertir. Esto puede ser cierto, pero es real que nadie apuesta su dinero si no sabe si contará, aunque sea en el mediano plazo, con el potencial energético suficiente para echar a andar una nueva fábrica o un nuevo módulo de una ya instalada. El encadenamiento de factores adversos, devenidos de la flaca matriz energética nacional, colabora en engordar el peor de los males que sufre hoy la Argentina económica: el de la inflación. Porque si un país crece, aumenta la demanda de productos y servicios. Y las empresas y fábricas deben producir más para satisfacer a los consumidores. Para lograrlo, tienen que ampliar su capacidad instalada. Y es imposible que lo concreten si no tienen la energía (y el horizonte de reglas de juego relativamente claro) para hacerlo. El resultado es más demanda que oferta, o sea, más inflación.

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