Un Mahler mágico y equilibrado conquistó al público expectante

Bajo la conducción de Gustavo Guersman, la Sinfónica de la UNT ofreció una prolija velada romántica.

ROMANTICISMO EN ESTADO PURO. Un arreglo de crisantemos blancos acompañó a los músicos de la Sinfónica, conducidos por Guersman. LA GACETA / JORGE OLMOS SGROSSO
ROMANTICISMO EN ESTADO PURO. Un arreglo de crisantemos blancos acompañó a los músicos de la Sinfónica, conducidos por Guersman. LA GACETA / JORGE OLMOS SGROSSO
Por Gustavo Martinelli 12 Junio 2011
"Para mí, componer una sinfonía equivale a un acto de creación del mundo", solía decir Gustav Mahler. Y el viernes, en un Teatro Alberdi casi colmado, ese mundo musical único y repleto de contrastes se pudo palpar en todo su esplendor.

Hábilmente conducida por Gustavo Guersman (la concordancia de nombres tal vez no sea casual), la Orquesta Sinfónica de la UNT ofreció una velada de marcada factura romántica que fue ovacionada por un público amable y expectante.

El concierto comenzó con "Los crisantemos", una elegía del maestro de la ópera, Giacomo Puccini. El escenario estaba adornado con un arreglo de crisantemos blancos, una delicadeza que se repetirá durante todo el ciclo de presentaciones dedicadas a los compositores románticos. La pieza fue escrita en 1890 para cuarteto de cuerdas, en oportunidad de la muerte de Amadeo de Saboya, el duque de Aosta. Breve pero cargada de gran intensidad emocional, "Los crisantemos" le sirvió a Puccini cuatro años más tarde para resaltar el patetismo del encarcelamiento y la deportación de Manon en la ópera "Manon Lescaut". Esa melancolía con la que Puccini compuso la obra, sobrevoló la sala gracias a la prolijidad de una orquesta que sonó maravillosamente, a pesar del uso poco conveniente (para no hablar de sacrilegio) del sistema de amplificación de sonido, ante la ausencia de la cámara acústica del teatro.

Gracia y expresividad

Pero lo mejor estaba por venir. Tras una breve pausa que sirvió para proyectar en la pantalla gigante un resumen de la vida y la obra de Mahler, la orquesta ofreció la "Cuarta sinfonía en sol mayor". Resultado de una síntesis de todo lo que Mahler había hecho hasta entonces, la obra asocia la gracia de la expresión pastoral con el vigor incisivo y una cierta ambigüedad de sentimientos. Algo que los músicos (sobre todo la formación de cuerdas) supo transmitir sin gran preciosismo, pero con mucha pulcritud. Podría decirse que la batuta de Guersman supo captar la intención del compositor y, al final, consiguió superponer la ironía y la serenidad, la certidumbre y la duda, elementos tan propios de Mahler.

Mención aparte merece la solvente actuación de la soprano María Silvia Díaz, que intervino en el último movimiento. El lied, titulado "La vida celeste", describe las alegrías del Paraíso, donde se canta y se baila bajo la indulgente mirada de San Pedro: el vino corre a raudales, los ángeles amasan el pan y los platos más exquisitos son preparados por Santa Marta. Al mismo tiempo se escucha una melodía incomparable, tocada por Santa Úrsula. Y ante la advertencia de que ninguna música en la Tierra se compara a la del cielo, todo equívoco desaparece. La obra termina con esta certidumbre y una última y solitaria nota que se esfuma, como el sueño en el alba. Al final, el público estalló en una ovación cerrada. Había podido vislumbrar el cielo de Mahler.

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