El 9 de Julio está demasiado lejos para los empresarios tucumanos. Para esa fecha, como un gurú, el presidente Duhalde vaticinó que marcará el comienzo de la reactivación. Después, una vez más, debió desmentirse. Era otro sueño poco confiable.Dos días antes, el domingo 7 de julio, se deberá votar, en principio, en Tucumán para elegir a los convencionales que reformarán la Constitución. No se trata de un problema menor para el mundo de los negocios.
Es el peor momento en lo económico, político y social para colocar al electorado, que no cree en nada, frente a la opción de elegir entre políticos que lo deprimen y partidos que no dan soluciones. El Gobierno, para aprovechar su estructura basada en el asistencialismo, creará enredos para que la gente no vote u opte por Bin Laden o Mafalda. Sabe que si los enfurecidos sectores medios se pronuncian, le puede ir mal.Con envidiable ímpetu, muchos empresarios y profesionales buscan caminos para evitar que los políticos manejen a su antojo los cambios en la Carta Magna.
A la clase política sólo le interesa conservar al Estado como botín de guerra, evitar la renovación dirigencial y controlar al Poder Judicial, como un arma para doblegar a los críticos. El argumento de la reelección es una pantalla que oculta la verdad.
Las organizaciones de la comunidad pretenden estar presentes en la reforma y cambiar la realidad. Están aprendiendo que la política utiliza reglas de juego propias, especiales, difíciles. Obligan a bajar al barro y a pelear en condiciones desconocidas para la lógica empresaria.
Las empresas preferirían que la clase política se dedique a buscar caminos para superar la recesión y sus coletazos. En Tucumán impera un mal ambiente para hacer negocios.
Los citricultores están inquietos porque les sacarán dólares con las retenciones a las exportaciones (otro impuesto duhaldista) y por las dificultades para colocar sus mercaderías en un mundo que alaba el libre comercio, pero muestra a menudo sus colmillos proteccionistas.
A los azucareros les indigna el impuesto del 2,5% sobre las ventas que pretende aplicar el Gobierno, mientras les promete que habrá financiación para la zafra. El azúcar puede llegar a 50 centavos (el doble de lo que valía hace pocos meses) si esta vez el negocio se maneja con habilidad y se confirma la caída de la producción.
La molienda de Tucumán retrocedió en 30.000 toneladas el año pasado y el norte, que sabe aprovechar los vientos favorables, subió 80.000, además de comercializar grandes volúmenes de azúcares tucumanos. Está claro quién ganó y quién perdió.
Pero no sólo jaquean a las empresas los dramas derivados de la falta de financiación, las subas de costos o la recesión. Tienen fundados temores sobre el malestar social y las complicaciones que tendrán para vender y mover sus producciones hacia los centros de consumo.
Viejos mecanismos
La inflación es un monstruo imparable. Los precios de artículos indispensables se dispararon y todavía falta la actualización de los servicios públicos, que estaban pactados en dólares. Mientras las máquinas remarcadoras funcionan día y noche, crece el desabastecimiento y reaparecen viejos mecanismos de regulación, las empresas se preparan para operar en negro y eludir los controles estatales.
Un ejemplo de esos desaciertos, que no incentivan la competencia, fue lo ocurrido en 1991 con la producción azucarera. De un año a otro, aparecieron 300.000 toneladas más en el país, para totalizar 1,2 millón, simplemente a causa de la desaparición de las regulaciones durante la gestión Menem-Cavallo. No fue un milagroso aumento del consumo: era la cantidad que el mercado movía en negro y que se blanqueó de repente.
Los controles, como la Ley de Abastecimiento, y los congelamientos de precios nunca funcionaron contra la inflación. El drama reside en: 1) la devaluación de la moneda, que provoca un absoluto desorden en los precios, 2) la emisión de dinero para cubrir los baches fiscales, y 3) los crecientes gastos estatales.
Duhalde cambió las reglas con la devaluación y ahora el país está pagando un precio altísimo por ese error y la falta de planes.
El aparato productivo está destruido, la cadena de pagos de quebró, sólo se ven Bocade y los ingresos de la gente, medidos en dólares, bajaron un 60%: el que ganaba U$S1.000 ahora recibe sólo 400.
El gobierno nacional exhibe una imagen de descontrol, que se agrava por la dureza del FMI para enviar dólares frescos. Si no hay arreglo en las próximas dos o tres semanas, se activará una espantosa bomba. En estos días, los bancos buscan crear buenos negocios con el dólar, los exportadores juegan con sus divisas y los jueces hacen terrorismo con el sistema financiero.
Una vez más, los jinetes del Apocalipsis cabalgan sobre la Argentina y la gente, desencantada, opta por volcarse al dólar.







