"A mí me roban, pero de ellos se ríen en la cara"
Ayer, por sexta vez en menos de un año, ladrones entraron a un quiosco que está a unos 30 metros de la entrada de la comisaría. El dueño del local denunció que perdió más de $ 15.000, entre tarjetas para celular y efectivo. Sin custodia tras el hecho.
02 Febrero 2011 Seguir en 
Estaba lloviendo ayer a la mañana cuando Miguel Ferro fue a abrir su quiosco, el histórico "Gayiyo" de la plaza de Famaillá. Y, casi sin sorpresa, descubrió que le habían robado otra vez.
Se dio vuelta, miró hacia la esquina de Sarmiento y Mitre, y gritó con rabia. Por la ventana de la comisaría, a 30 metros de donde estaba él, se asomó un policía.
- ¿Qué pasa?-, preguntó el agente, sorprendido.
Miguel, agitando la mano con desesperación, le pidió que cruzara la calle. Pero no tuvo la respuesta que esperaba.
- Vení vos-, contestó el policía, apoyado en el marco. Y el comerciante comprendió que no tenía otra opción. "Me tuve que mojar yo para contarles lo que había pasado. Recién entonces se enteraron de todo. Yo no culpo a nadie. No les quiero apuntar a los policías. Pero ya estoy cansado. Trabajo 13 horas por día y no me gusta que nadie toque lo mío. En menos de un año, es la sexta vez que me roban. ¡Y el quiosco está a pocos pasos de la comisaría! Ya no entiendo nada de nada", se lamentó el joven, de 28 años.
Miguel llegó a su local cerca de las 10. "Había cerrado a las 2.10, pero estuve en la plaza hasta las 4 conversando con un amigo. No abrí antes porque llovía, así que no sé cuándo puede haber sido que entraron", señaló.
El muchacho sospecha que fueron dos o más ladrones los que rompieron un vidrio del negocio para poder abrir una pequeña ventana. Por allí, los ladrones entraron, revolvieron la mercadería y encontraron la caja con tarjetas para celular que Ferro había comprado el lunes. Además, alzaron unos cuantos billetes de $ 2 y $ 5 y varias monedas que estaban en un estuche. "En total, perdí más de $ 15.000. Estaba todo escondido, así que deben haber inspeccionado todo por varios minutos", dijo Miguel.
En la comisaría, empapado, habló con los policías. "Decían que les llamaba la atención y ahí sí cruzaron dos oficiales. Cuando llegamos al quiosco, me dijeron: ?mirá, vas a tener que hacer algo, como poner rejas?. Sé que el local puede ser inseguro para los tiempos en que vivimos, porque es todo de vidrio. Pero ya me parece insólito que en tan poco tiempo me hayan robado tantas veces", aseveró.
Al joven le cuesta recordar las fechas precisas de los cinco episodios que ocurrieron en 2010 (antes, aseguró, hubo otros).
Un sábado de mayo, señaló, cerró el comercio cerca de las 2 para ir a bailar con unos amigos. "Estaban todos los bares llenos y había gente en la calle. Pero a los pocos minutos me llamaron para avisarme que alguien había entrado al local", señaló.
Julio fue un mes para el olvido, pues sufrió tres atracos. "En uno de ellos, mientras estaba en la comisaría haciendo la denuncia, alguien rompió otro vidrio y robó más cosas. Fue insólito", dijo.
En septiembre, un joven delincuente entró y se llevó varias cajas de cigarrillos. "Una mujer vio todo y así pudimos dar con el ladrón. Pero lo peor de todo es que, como eran las 6, un policía estaba izando la bandera y ni cuenta se dio. ¡Y el mástil está en la vereda de la comisaría!", recordó.
Cuando Miguel dialogó con LA GACETA, el reloj marcaba las cuatro de la tarde. "Desde las 10 que estoy esperando a Criminalística. Los policías de la comisaría me dijeron que me vendrían a confirmar el horario, pero todavía los estoy esperando", dijo.
El cronista, entonces, cruzó la calle para preguntar en la dependencia por el caso del quiosco. Había cuatro policías; dos de ellos compartían un mate.
- ¿Qué pasó que no volvieron a ver cómo estaba todo?-, interrogó LA GACETA.
- Y si ellos están ahí; son como seis-, contestó un agente.
- No hay otra medida que realizar en el lugar. El señor tiene que esperar a Criminalística para que haga las pericias-, interrumpió un oficial.
- Pero le acaban de robar, ¿no podrían acompañarlo como un servicio?-, añadió el cronista.
- Lamentablemente, hay dos policías acá, nada más-, recalcó el uniformado. Sus tres colegas se limitaron a escuchar y abandonaron el mate.
Sin allanamientos
Cerca de las 18.30, los peritos de Criminalística llegaron al quiosco de Ferro y recolectaron las evidencias que allí había. "De todas formas, salvo la vez que la hermana de un ladrón me devolvió todos los cigarrillos, nunca recuperé las cosas. Jamás se hizo un allanamiento ni nada de eso", señaló el joven.
Además, aclaró que en los 28 años que tiene el local en esa esquina, fue blanco de decenas de atracos y actos vandálicos. "Yo no quiero tener problemas con nadie. Pero para comprar las tarjetas, quedé debiendo $ 9.000. Estoy al frente de donde trabajan los policías; por eso mi enojo. Y yo ya se los dije de frente: a mí me roban, pero de ellos, los ladrones se ríen en la cara", concluyó Ferro.
Se dio vuelta, miró hacia la esquina de Sarmiento y Mitre, y gritó con rabia. Por la ventana de la comisaría, a 30 metros de donde estaba él, se asomó un policía.
- ¿Qué pasa?-, preguntó el agente, sorprendido.
Miguel, agitando la mano con desesperación, le pidió que cruzara la calle. Pero no tuvo la respuesta que esperaba.
- Vení vos-, contestó el policía, apoyado en el marco. Y el comerciante comprendió que no tenía otra opción. "Me tuve que mojar yo para contarles lo que había pasado. Recién entonces se enteraron de todo. Yo no culpo a nadie. No les quiero apuntar a los policías. Pero ya estoy cansado. Trabajo 13 horas por día y no me gusta que nadie toque lo mío. En menos de un año, es la sexta vez que me roban. ¡Y el quiosco está a pocos pasos de la comisaría! Ya no entiendo nada de nada", se lamentó el joven, de 28 años.
Miguel llegó a su local cerca de las 10. "Había cerrado a las 2.10, pero estuve en la plaza hasta las 4 conversando con un amigo. No abrí antes porque llovía, así que no sé cuándo puede haber sido que entraron", señaló.
El muchacho sospecha que fueron dos o más ladrones los que rompieron un vidrio del negocio para poder abrir una pequeña ventana. Por allí, los ladrones entraron, revolvieron la mercadería y encontraron la caja con tarjetas para celular que Ferro había comprado el lunes. Además, alzaron unos cuantos billetes de $ 2 y $ 5 y varias monedas que estaban en un estuche. "En total, perdí más de $ 15.000. Estaba todo escondido, así que deben haber inspeccionado todo por varios minutos", dijo Miguel.
En la comisaría, empapado, habló con los policías. "Decían que les llamaba la atención y ahí sí cruzaron dos oficiales. Cuando llegamos al quiosco, me dijeron: ?mirá, vas a tener que hacer algo, como poner rejas?. Sé que el local puede ser inseguro para los tiempos en que vivimos, porque es todo de vidrio. Pero ya me parece insólito que en tan poco tiempo me hayan robado tantas veces", aseveró.
Al joven le cuesta recordar las fechas precisas de los cinco episodios que ocurrieron en 2010 (antes, aseguró, hubo otros).
Un sábado de mayo, señaló, cerró el comercio cerca de las 2 para ir a bailar con unos amigos. "Estaban todos los bares llenos y había gente en la calle. Pero a los pocos minutos me llamaron para avisarme que alguien había entrado al local", señaló.
Julio fue un mes para el olvido, pues sufrió tres atracos. "En uno de ellos, mientras estaba en la comisaría haciendo la denuncia, alguien rompió otro vidrio y robó más cosas. Fue insólito", dijo.
En septiembre, un joven delincuente entró y se llevó varias cajas de cigarrillos. "Una mujer vio todo y así pudimos dar con el ladrón. Pero lo peor de todo es que, como eran las 6, un policía estaba izando la bandera y ni cuenta se dio. ¡Y el mástil está en la vereda de la comisaría!", recordó.
Cuando Miguel dialogó con LA GACETA, el reloj marcaba las cuatro de la tarde. "Desde las 10 que estoy esperando a Criminalística. Los policías de la comisaría me dijeron que me vendrían a confirmar el horario, pero todavía los estoy esperando", dijo.
El cronista, entonces, cruzó la calle para preguntar en la dependencia por el caso del quiosco. Había cuatro policías; dos de ellos compartían un mate.
- ¿Qué pasó que no volvieron a ver cómo estaba todo?-, interrogó LA GACETA.
- Y si ellos están ahí; son como seis-, contestó un agente.
- No hay otra medida que realizar en el lugar. El señor tiene que esperar a Criminalística para que haga las pericias-, interrumpió un oficial.
- Pero le acaban de robar, ¿no podrían acompañarlo como un servicio?-, añadió el cronista.
- Lamentablemente, hay dos policías acá, nada más-, recalcó el uniformado. Sus tres colegas se limitaron a escuchar y abandonaron el mate.
Sin allanamientos
Cerca de las 18.30, los peritos de Criminalística llegaron al quiosco de Ferro y recolectaron las evidencias que allí había. "De todas formas, salvo la vez que la hermana de un ladrón me devolvió todos los cigarrillos, nunca recuperé las cosas. Jamás se hizo un allanamiento ni nada de eso", señaló el joven.
Además, aclaró que en los 28 años que tiene el local en esa esquina, fue blanco de decenas de atracos y actos vandálicos. "Yo no quiero tener problemas con nadie. Pero para comprar las tarjetas, quedé debiendo $ 9.000. Estoy al frente de donde trabajan los policías; por eso mi enojo. Y yo ya se los dije de frente: a mí me roban, pero de ellos, los ladrones se ríen en la cara", concluyó Ferro.








