Por "paveada"

El oficialismo llega al año electoral con gran comodidad y con total confianza. La oposición no encuentra la forma de revisar sus miserias y su pobreza.

No figura en el diccionario, pero en el barrio todos saben de qué se trata. Cuando terminaba el picado y "Sportivo Caño y Gambeta" le había ganado por goleada a "Los locos de la esquina" los poquitos hinchas y los 11 ganadores sabían que los habían "paveado". Este curioso verbo volvió del pasado y se actualizó en la boca del depilado gobernador. Aferrado a su obeso poder, José Alperovich volvió de sus vacaciones y salió a "pavear" a quien se le cruzó.

Este año pasará a la historia porque durante uno de sus días los argentinos elegirán el futuro. Cuando un año es electoral, toda acción tiene una segunda -¿primera?- intención, cual es derrotar al enemigo. Alperovich, que es uno de los gobernadores con más experiencia de la historia de Tucumán, se bajó del avión y optó por destruir los pocos íconos que dan vuelta.

Salió a la cancha a "pavear" a Stella Maris Córdoba y a Fernando Juri. A la primera la zamarreó y le dijo que salga a jugar la interna si quería competir y que no ande amenazando con presentarse en una interna para luego terminar negociando un cargo o una candidatura. A Fernando Juri volvió a darle el rol de "Fernandito" cuando fue el propio gobernador el que anunció que sería candidato a legislador. Los "paveó" demostrando que la amiga íntima del poder, la que acompañó a Cristina y a Néstor antes del nacimiento mismo del kirchnerismo, no tiene privilegios en Tucumán.

El mensaje fue el que quiere celeste que le cueste, aquí no hay regalos. Y, por las dudas, a los que todavía sueñan con el jurismo, les recordó que Juri vive políticamente en la medida en que él quiera.

Este prepotente y avasallador perfil siempre le dio resultado al gobernador. Durante este 2011 parece decidido a actuar con rienda corta para adentro y para afuera. Aplicó este sistema con la discusión sobre la compra de un nuevo avión: el mandatario se bajó de la nave vieja y defendió el tema con más vehemencia de lo que lo habían hecho los sijosesistas Regino Amado y Sergio Mansilla, y lo selló. Tampoco hubo mucho debate sobre el golpe a la ilusión del tren taficeño, y ni que hablar de los aumentos a estatales: antes del inicio de la paritaria, Alperovich le puso el punto final.

El mandatario no se distrae y no da ni un tranco. Por eso en el campo de batalla citadino no va a ser fácil ni encontrar grafitis de los candidatos opositores. Hasta en las paredes donde se pueden expresar las ideas en esta democracia, las pintadas desaparecen por la magia de una brocha gorda oficialista, que sale muy temprano a desdibujar lo que han plasmado los letristas de los muchachos de la oposición. En realidad, no son escritos que derrochan imaginación sino nombres que necesitan instalarse para intentar ser en este año de comicios.

Desde la tribuna
Por eso, la voz de Alperovich suena monocorde y los pocos que se animan a gritar desde la tribuna sólo lo hacen con el afán de mantenerse en la palestra. Sus argumentos son débiles o, en todo caso, se desmoronan ante la potencia oficialista.

No hay debate
En los primeros años de gestión, Alperovich hacía encuestar hasta los pasos que daba para llegar hasta su despacho. Allí aprendió que conseguía mayor popularidad y mejor imagen entre los tucumanos cuando tenía una posición dura, casi autoritaria. Eso lo fue amoldando a una cultura del no debate y a rechazar el intercambio de ideas.

Precisamente eso ocurre en Tucumán por estos días: no hay ningún tipo de debate. Hay un motor oficialista que se mueve y un puñado de dirigentes opositores que critican esa acción sin ningún tipo de compromiso ni de profundización del debate. Tal vez estos comicios sean el momento para un enriquecedor intercambio de ideas y propuestas, tanto de un lado como del otro. Las discusiones entre candidatos son viejos recuerdos del pasado que rescatan de sus memorias los más veteranos. Nadie debate si el tren es necesario o no; menos aún sus virtudes; ni se abren compromisos o propuestas de cambio profundas. Hubo un grupito de vecinos enojados, pero nada más. Son esas actitudes las que le terminan dándole la razón al gobernador cuando avasalla sin que nadie se oponga con altura y creatividad.

Este deterioro no es un activo que Tucumán exhibe con orgullo en el país. Se trata de una gran debilidad que se comparte con otros distritos. En la Argentina casi no existe la oposición y, cuando eso ocurre, la democracia se debilita.

Al no haber partidos con ideas ni proyectos, sino gente que quiere salvarse o sostenerse a como dé lugar, no hay construcciones de poder que realmente sean alternativas de gobierno a corto o largo plazo. Y esto los electores lo ven, lo intuyen, lo huelen y, cuando votan, lo dicen.

Roberto Gargarella reconoce en el libro "Presidencialismo absoluto y otras verdades incómodas" (de Ricardo Ferraro y Luis Rappoport) que, no obstante, la "oposición existe aún cuando haya mecanismos institucionales que le hacen la vida difícil. El sistema parece diseñado para desalentar el disenso, la oposición y la crítica".

Debe ser que al intuir estas dificultades los opositores que se van perfilando para dar la lucha electoral lo hacen sabiendo que ya han perdido y que sólo un vendaval nacional puede ayudarlos a pasarla mejor.

Los radicales son los que más pueden aprovechar el viento de cola que venga de Buenos Aires. Pero es inútil. El candidato a gobernador, José Cano, no se muestra como el hombre que quiere derrotar a Alperovich -al menos en esta oportunidad-. Los propios correligionarios lo ven más preocupado en fortalecer sus vínculos nacionales, y en eso piensa cuando le gustaría tener un diputado nacional de su mismo riñón. Mientras tanto, Federico Romano Norri se imagina sentado en una poltrona de la Cámara Baja y desata una tempestad muy típica de un radicalismo demasiado ambicioso y con pocos pies en la tierra. Justamente, en los claustros universitarios se oye decir que Cano no tiene el carisma ni es el magno orador que todos querrían tener. En la UCR tiene tiempo para discutir a Cano, que es quien en los momentos de mayor pobreza puso la cara, el cuerpo y ganó, a pesar de quienes hoy se cuelgan de su saco.

Pareciera ser que una de las candidaturas que está llegando sin discusión es la del intendente de Capital, donde José Ascárate aparece con ganas de discutirle un espacio de poder a Domingo Amaya, que en algunos distritos tiene mejor imagen que Alperovich.

Uno de los grandes desafíos de la oposición es demostrar que se puede llegar sin plata o, mejor dicho, sin toda la plata que despilfarra el oficialismo.

"Un acople decente con ganas de salir tiene que pensar en por lo menos $ 2 millones, eso es hoy, sin aplicar los índices inflacionarios", explica un peronista experto en lides electorales. "Si alquilábamos un auto a $150 en la anterior elección, en agosto va a cotizar a más de $200 y se necesitan por lo menos 700 autos", precisa, como si leyera textualmente un manual. Y agrega: "un bolsón en estos momentos cuesta $25 y se va a ir a $50". Lo dice como si fuera un adelantado de la economía electoral tucumana.

En el barrio, los que no quieren que los "paveen" saben que hay que correr toda la cancha aunque el otro equipo sea superior.

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