26 Diciembre 2010 Seguir en 

La educación sufre una decadencia atroz. La Argentina fue el país de avanzada en todo el continente en materia educativa. Cuando cayó Rosas, el 90% de la población era analfabeta. Pero la política educativa, convertida en una potente política de Estado apoyada en la convicción de que, a través de ella, la Argentina saldría adelante, colocó al país, a principios del siglo XX, a la cabeza de América latina. Los chicos salían de la escuela primaria con conocimientos que hoy no tienen los que salen del secundario.
La sociedad argentina estaba convencida de que gracias a la lectura la Argentina iba a progresar. Así surgieron las bibliotecas populares que, como un maravilloso sarampión, nutrieron de 1.500 puntos al mapa nacional. Esas 1.500 bibliotecas eran sostenidas por el bolsillo de trabajadores, de pequeños burgueses, de gente pobre. Yo le debo mucho a una de esas bibliotecas. Estaba al lado de mi casa en Cruz del Eje (Córdoba) y allí aprendí a amar la literatura.
Cuando yo era estudiante en la secundaria, el salario era tan bueno que todos mis profesores tenían profesiones liberales. Anatomía enseñaba un médico, matemáticas un ingeniero, historia un abogado, etcétera. Todo eso desapareció. En la Argentina se degradó la palabra "maestro", un término que tenía una resonancia extraordinaria. Mis padres se vestían especialmente cuando tenían que hablar con alguno de mis maestros de escuela. La degradación del término llega cuando al maestro pasa a llamárselo "trabajador de la educación". El maestro tenía una misión, era un guía que orientaba y ofrecía un modelo. La crisis de la educación también llega a las universidades. Hoy los estudiantes no se avergüenzan de ir simplemente a pasar el tiempo allí. Alguna vez me han criticado por mis opiniones sobre el funcionamiento de las universidades, sosteniendo que tienen una función de contención. Y yo repliqué que, en ese caso, deberían llamarse "jardines de infantes para jóvenes". Una universidad no puede dedicarse a la contención; debe ser un lugar dedicado al estudio, donde hay rigor y disciplina, donde gran parte del presupuesto está dedicado a la investigación. Como esto último no ocurre, nuestras universidades no tienen relevancia internacional.
(Entrevista realizada por Alejandra Crespín Argañaraz, publicada el 22 de agosto)
La sociedad argentina estaba convencida de que gracias a la lectura la Argentina iba a progresar. Así surgieron las bibliotecas populares que, como un maravilloso sarampión, nutrieron de 1.500 puntos al mapa nacional. Esas 1.500 bibliotecas eran sostenidas por el bolsillo de trabajadores, de pequeños burgueses, de gente pobre. Yo le debo mucho a una de esas bibliotecas. Estaba al lado de mi casa en Cruz del Eje (Córdoba) y allí aprendí a amar la literatura.
Cuando yo era estudiante en la secundaria, el salario era tan bueno que todos mis profesores tenían profesiones liberales. Anatomía enseñaba un médico, matemáticas un ingeniero, historia un abogado, etcétera. Todo eso desapareció. En la Argentina se degradó la palabra "maestro", un término que tenía una resonancia extraordinaria. Mis padres se vestían especialmente cuando tenían que hablar con alguno de mis maestros de escuela. La degradación del término llega cuando al maestro pasa a llamárselo "trabajador de la educación". El maestro tenía una misión, era un guía que orientaba y ofrecía un modelo. La crisis de la educación también llega a las universidades. Hoy los estudiantes no se avergüenzan de ir simplemente a pasar el tiempo allí. Alguna vez me han criticado por mis opiniones sobre el funcionamiento de las universidades, sosteniendo que tienen una función de contención. Y yo repliqué que, en ese caso, deberían llamarse "jardines de infantes para jóvenes". Una universidad no puede dedicarse a la contención; debe ser un lugar dedicado al estudio, donde hay rigor y disciplina, donde gran parte del presupuesto está dedicado a la investigación. Como esto último no ocurre, nuestras universidades no tienen relevancia internacional.
(Entrevista realizada por Alejandra Crespín Argañaraz, publicada el 22 de agosto)
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