26 Diciembre 2010 Seguir en 

Hasta 1853 nuestra patria era un país que quería ser nación. Se había declarado independiente, pero era como un cuerpo carente de esqueleto que lo sostuviera. Estaba sometido a la voluntad del caudillo de turno. Reinaban la anarquía, la división interna y la pobreza.
El sostén que le faltaba era una Ley Suprema, y los intentos por darle una fracasaron hasta que una mente poderosa, alimentada por la doble vertiente del estudio de grandes pensadores y por el análisis de la realidad humana, geográfica y cultural del país, compuso Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina. Esa mente era la del tucumano Juan Bautista Alberdi y, sobre el cimiento de su obra los convencionales constituyentes reunidos en Paraná en 1853 redactaron la Constitución Nacional.
Mientras se la obedeció, la Argentina creció asombrosamente como nación respetable y promisoria ante los ojos del mundo. Cuando se dejó de obedecerla -podemos decir que desde 80 años atrás- entró en un camino de deterioro institucional gradual, de pérdida de posiciones. Hoy entre nosotros reinan formas de anarquía que van desde la inseguridad jurídica, la corrupción a la delincuencia impunes y los piquetes que perjudican sin escrúpulos la vida ciudadana. Hay división interna azuzada por ideologías extremas que atentan contra la unidad nacional. Y hay pobreza que la decadencia de la educación pública agudiza. Es decir, que en muchos aspectos nos hemos retrotraído a épocas que se creyeron superadas; sin embargo, entre entonces y el momento actual hay una gran diferencia: antes de 1853 carecíamos de una guía que nos indicara el camino a seguir para salir de los padecimientos. Hoy sí la tenemos y es la Constitución Nacional.
Tengo ante mis ojos un ejemplar de ella. Es un libro menudo, encuadernado en cuero oscuro, que perteneció a mi padre. Pesa pocos gramos y cabe en la palma de la mano. Sin embargo, en ese objeto tan pequeño está encerrado el compendio de ideas que indican a los argentinos el camino a seguir para retomar la vida institucional que garantice la plenitud del estado de derecho para todos que es una de las formas primeras de la felicidad humana. La Constitución es el legado de Alberdi a nuestra patria.
(Artículo publicado el 29 de agosto)
El sostén que le faltaba era una Ley Suprema, y los intentos por darle una fracasaron hasta que una mente poderosa, alimentada por la doble vertiente del estudio de grandes pensadores y por el análisis de la realidad humana, geográfica y cultural del país, compuso Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina. Esa mente era la del tucumano Juan Bautista Alberdi y, sobre el cimiento de su obra los convencionales constituyentes reunidos en Paraná en 1853 redactaron la Constitución Nacional.
Mientras se la obedeció, la Argentina creció asombrosamente como nación respetable y promisoria ante los ojos del mundo. Cuando se dejó de obedecerla -podemos decir que desde 80 años atrás- entró en un camino de deterioro institucional gradual, de pérdida de posiciones. Hoy entre nosotros reinan formas de anarquía que van desde la inseguridad jurídica, la corrupción a la delincuencia impunes y los piquetes que perjudican sin escrúpulos la vida ciudadana. Hay división interna azuzada por ideologías extremas que atentan contra la unidad nacional. Y hay pobreza que la decadencia de la educación pública agudiza. Es decir, que en muchos aspectos nos hemos retrotraído a épocas que se creyeron superadas; sin embargo, entre entonces y el momento actual hay una gran diferencia: antes de 1853 carecíamos de una guía que nos indicara el camino a seguir para salir de los padecimientos. Hoy sí la tenemos y es la Constitución Nacional.
Tengo ante mis ojos un ejemplar de ella. Es un libro menudo, encuadernado en cuero oscuro, que perteneció a mi padre. Pesa pocos gramos y cabe en la palma de la mano. Sin embargo, en ese objeto tan pequeño está encerrado el compendio de ideas que indican a los argentinos el camino a seguir para retomar la vida institucional que garantice la plenitud del estado de derecho para todos que es una de las formas primeras de la felicidad humana. La Constitución es el legado de Alberdi a nuestra patria.
(Artículo publicado el 29 de agosto)
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