26 Diciembre 2010 Seguir en 

He contado muchas veces que conocí a Tomás Eloy Martínez cuando él tenía 16 años y que en ese entonces comencé a publicar sus escritos en estas páginas. Lo que no conté nunca es que, durante nuestras seis décadas de fraternal amistad, siempre hablamos de dos temas: la enfermedad y la muerte. En esas materias, como si fuera un largo debate, él siempre ocupó el rol del optimista y yo el del escéptico. Cuando lo afectaba su tercer tipo de cáncer, en la variante más grave de la enfermedad, me consolaba por mis dolencias, infinitamente más leves que las suyas.
Mis dos mejores amigos, Víctor Massuh y Tomás Eloy, estaban distanciados. Una tarde le conté a Víctor una anécdota de Tomás que le despertó una admiración que no pudo contener. Cuando a Tomás le descubrieron un tumor cerebral que debían extirpar urgentemente, le dijeron que tenían que operarlo consciente para poder verificar, mientras aplicaban el bisturí láser dentro de su cabeza, si estaban tocando los puntos adecuados. Como si fuera un afinador de pianos, el cirujano sabría si estaba actuando adecuadamente a través de la coherencia del discurso de su paciente. Tomás le propuso relatarle la novela que estaba escribiendo y, al mismo tiempo, se entusiasmó pensando en que incluiría en un futuro libro la inverosímil experiencia que estaba viviendo.
Esa era la quinta vez en que Tomás se enfrentaba, cara a cara, con la muerte. Y lo hacía como estaba acostumbrado: con coraje, dignidad, optimismo y curiosidad.
(Artículo publicado el 1 de febrero, cuatro meses antes de su muerte)
Mis dos mejores amigos, Víctor Massuh y Tomás Eloy, estaban distanciados. Una tarde le conté a Víctor una anécdota de Tomás que le despertó una admiración que no pudo contener. Cuando a Tomás le descubrieron un tumor cerebral que debían extirpar urgentemente, le dijeron que tenían que operarlo consciente para poder verificar, mientras aplicaban el bisturí láser dentro de su cabeza, si estaban tocando los puntos adecuados. Como si fuera un afinador de pianos, el cirujano sabría si estaba actuando adecuadamente a través de la coherencia del discurso de su paciente. Tomás le propuso relatarle la novela que estaba escribiendo y, al mismo tiempo, se entusiasmó pensando en que incluiría en un futuro libro la inverosímil experiencia que estaba viviendo.
Esa era la quinta vez en que Tomás se enfrentaba, cara a cara, con la muerte. Y lo hacía como estaba acostumbrado: con coraje, dignidad, optimismo y curiosidad.
(Artículo publicado el 1 de febrero, cuatro meses antes de su muerte)
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