22 Agosto 2010 Seguir en 

Por Jorge Estrella
Para LA GACETA - Tucumán
Cuando ocupé la cama 11 entendí rápidamente que ingresaba en un mundo ajeno a mis hábitos. El enfermero buscó la vena de mi brazo derecho con una aguja que luego fijó con cinta adhesiva y por ella introdujo la manguera de suero con el medicamento utilizado para revertir la fibrilación auricular que mi corazón mostraba en la pantalla del monitor. Salvo una sensación dolorosa en el brazo derecho, fui acomodando mi ánimo al entorno que al despertarme esa mañana jamás hubiera imaginado. Mi hijo Cristóbal me trajo un sándwich liviano y agua mineral. Luego de ese almuerzo cerré los ojos, me relajé y comencé a ingresar en esa semivigilia del entresueño.
¿Y si esto era el fin? La pregunta no me sacudió, la acepté, extrañamente, como realista. Más me sorprendió la respuesta de mi propio ánimo:
- ¿Y qué? ¿Acaso no está todo bien en mi vida? Mis hijos crecidos ya no me necesitan; los días han de acabarse antes o después; ¿no era buen tiempo de irse ya?; ¿acaso la vida podía prometerme -y yo cumplir esa promesa suya- algo que no haya vivido?
Escuché azorado esas razones y me estremeció la sencillez que acaso atrapa a todos los seres vivos en el momento postrero. Mi relajación creció, pero aún sin caer en las honduras del sueño seguí sintiendo el pulso de la vida en cada redoble de mi corazón en su jaula de huesos.
¿No más arroyos murmurando su sosegado descenso sobre el lomo de la montaña? ¿Y el colorido del verde florecido, y el canto diverso de los pájaros, nunca más? ¿Ni el árbol en el bosque ni el bosque entero? ¿Ni la arena ni la huella, ni el anhelo ni el recuerdo, la risa o el fastidio? ¿Ni la tibieza del sol en la piel del invierno? ¿Nunca más el jadeo del esfuerzo o del placer intenso en el orgasmo? ¿El roce enterizo de mi piel sobre la de ella antes de ajustar mi cuerpo entero en el suyo, firme, ganoso, de mujer joven?
¡Ah, vida! Sólo ahora veo cuánto te amé, así, entera, como viniste a mí, con agradecimientos y mentiras, desnuda y disfrazada, perversa y amorosa, hilando segundo por segundo la hebra de mis días y mis noches y mis años.
¿Y qué fueron esos años? ¿Puntos o línea? ¿Fragmentos o soga? ¿Gotas o mar? ¿Lluvia o piedra? ¿Fogonazos o luz viajera?
¿Acaso me pertenecen para saberlo? Me iré de este mundo sin comprender.
Pero puedo saber qué hice con este obsequio de la vida: vine a ver, a sentir; a gozar de la enormidad sin par de la naturaleza; y a testimoniar eso visto y sentido y pensado. ¿Pero acaso me interesaron alguna vez los prójimos a quienes dejé mis testimonios? No. Sólo pensaba en unos pocos a quienes quise llegar. ¿Y eso valió la pena vivir? No lo sé.
© LA GACETA
Jorge Estrella - Doctor en Filosofía, escritor,
ex profesor de la Universidad de Chile.
Para LA GACETA - Tucumán
Cuando ocupé la cama 11 entendí rápidamente que ingresaba en un mundo ajeno a mis hábitos. El enfermero buscó la vena de mi brazo derecho con una aguja que luego fijó con cinta adhesiva y por ella introdujo la manguera de suero con el medicamento utilizado para revertir la fibrilación auricular que mi corazón mostraba en la pantalla del monitor. Salvo una sensación dolorosa en el brazo derecho, fui acomodando mi ánimo al entorno que al despertarme esa mañana jamás hubiera imaginado. Mi hijo Cristóbal me trajo un sándwich liviano y agua mineral. Luego de ese almuerzo cerré los ojos, me relajé y comencé a ingresar en esa semivigilia del entresueño.
¿Y si esto era el fin? La pregunta no me sacudió, la acepté, extrañamente, como realista. Más me sorprendió la respuesta de mi propio ánimo:
- ¿Y qué? ¿Acaso no está todo bien en mi vida? Mis hijos crecidos ya no me necesitan; los días han de acabarse antes o después; ¿no era buen tiempo de irse ya?; ¿acaso la vida podía prometerme -y yo cumplir esa promesa suya- algo que no haya vivido?
Escuché azorado esas razones y me estremeció la sencillez que acaso atrapa a todos los seres vivos en el momento postrero. Mi relajación creció, pero aún sin caer en las honduras del sueño seguí sintiendo el pulso de la vida en cada redoble de mi corazón en su jaula de huesos.
¿No más arroyos murmurando su sosegado descenso sobre el lomo de la montaña? ¿Y el colorido del verde florecido, y el canto diverso de los pájaros, nunca más? ¿Ni el árbol en el bosque ni el bosque entero? ¿Ni la arena ni la huella, ni el anhelo ni el recuerdo, la risa o el fastidio? ¿Ni la tibieza del sol en la piel del invierno? ¿Nunca más el jadeo del esfuerzo o del placer intenso en el orgasmo? ¿El roce enterizo de mi piel sobre la de ella antes de ajustar mi cuerpo entero en el suyo, firme, ganoso, de mujer joven?
¡Ah, vida! Sólo ahora veo cuánto te amé, así, entera, como viniste a mí, con agradecimientos y mentiras, desnuda y disfrazada, perversa y amorosa, hilando segundo por segundo la hebra de mis días y mis noches y mis años.
¿Y qué fueron esos años? ¿Puntos o línea? ¿Fragmentos o soga? ¿Gotas o mar? ¿Lluvia o piedra? ¿Fogonazos o luz viajera?
¿Acaso me pertenecen para saberlo? Me iré de este mundo sin comprender.
Pero puedo saber qué hice con este obsequio de la vida: vine a ver, a sentir; a gozar de la enormidad sin par de la naturaleza; y a testimoniar eso visto y sentido y pensado. ¿Pero acaso me interesaron alguna vez los prójimos a quienes dejé mis testimonios? No. Sólo pensaba en unos pocos a quienes quise llegar. ¿Y eso valió la pena vivir? No lo sé.
© LA GACETA
Jorge Estrella - Doctor en Filosofía, escritor,
ex profesor de la Universidad de Chile.
Lo más popular







