04 Mayo 2003 Seguir en 
El ballottage crea un panorama inédito. Quedan pocos días para que los votantes terminen de absorber los resultados y decidan qué harán en la segunda vuelta.
Las consecuencias económicas de esta pulseada desvelan a los operadores. En medio de los escombros, existe una puja entre dos orientaciones económicas distintas. Es probable que termine cuando el triunfador acepte lo que le ordene el FMI.
El presidente Duhalde mantuvo a la Argentina en calma, pero se limitó a postergar la definición de problemas delicados: deuda externa, tarifas de servicios públicos, reordenamiento de los bancos, falta de crédito, corralón, impuestos.
Dependiente de los vaivenes del poder central y con una clase dirigente en decadencia, Tucumán se angustia por lo que vendrá, mientras los políticos avanzan en estampida hacia la falda del ganador.
Menem, que enfrentará su última batalla, su Waterloo, está a favor de los mercados y se inclina por la iniciativa privada, aunque no puede ocultar los pecados que llevaron al fracaso de la convertibilidad, con sus pavorosas secuelas empresarias y sociales, agravadas después por Duhalde. Su idea es abrir más la economía, en un intento de modernizar e impulsar a las actividades que pueden competir.
Lo que queda de Tucumán, con pocos sectores florecientes y el resto acostado en la lona, y el Estado en situación de colapso, muestra que lo malo del menemismo y sus sucesores es superior a lo bueno que tuvieron los años 90. El desencanto de la sociedad es mayúsculo.
Kirchner, marcado por el padrinazgo de Duhalde y con el antecedente de haber gobernado una pequeña provincia, se inclina por el funcionamiento dirigista del Estado y su intervención en la economía, con cierta tendencia a aislarse del mundo.
La sustitución de importaciones es una de sus metas, aún a costa de favorecer a sectores ineficientes y costosos, para abastecer al mercado interno.
Por su economía tan pequeña, Tucumán necesita: 1) expandir sus producciones y servicios, para colocarlos en el mundo, y 2) atraer inversiones, que fueron espantadas por la crisis nacional y los errores mirandistas, y 3). reformar el Estado. Si no se avanza por esas líneas, será imposible reducir la pobreza y reactivar la economía.
De otra forma, se limitará a exportar el actual pobrísimo 7% del PBI, como las naciones más atrasadas (el país vende un 28%). No habrá margen para crear riqueza y dar trabajo, si se limita a abastecer al inestable mercado interno.
Se necesitan medidas conducentes a superar la crisis social, agravada por la caída del ingreso y la falta de empleo.
El crecimiento no es el único instrumento que puede hacer resucitar a la Argentina, que hizo un nuevo y terrible ajuste con la devaluación. El nuevo modelo duhaldista elevó los precios y bajó los salarios.
Nada permite anticipar que se inicia una guerra frontal contra los problemas estructurales. Más bien, se quiere atacar la coyuntura. Una cosa es dar de comer a los pobres en Tucumán y otra distinta crear condiciones para que se reinserten en la sociedad.
Menem ofrecía sueldos altos, precios bajos y crédito, pero ahora eso no es suficiente. La clase media se siente burlada y estafada. La gente tiene la certeza de que los políticos han hecho mucho daño y por eso reclama contra los dramas de una economía destrozada, la caída del nivel de vida, las secuelas de la pobreza y la indigencia, y las angustias de la inseguridad.
Sólo una cuarta parte de los niños tucumanos menores de 14 años está bien alimentado y educado y tiene su salud protegida. Y se supone que ellos son el futuro.
Las consecuencias económicas de esta pulseada desvelan a los operadores. En medio de los escombros, existe una puja entre dos orientaciones económicas distintas. Es probable que termine cuando el triunfador acepte lo que le ordene el FMI.
El presidente Duhalde mantuvo a la Argentina en calma, pero se limitó a postergar la definición de problemas delicados: deuda externa, tarifas de servicios públicos, reordenamiento de los bancos, falta de crédito, corralón, impuestos.
Dependiente de los vaivenes del poder central y con una clase dirigente en decadencia, Tucumán se angustia por lo que vendrá, mientras los políticos avanzan en estampida hacia la falda del ganador.
Menem, que enfrentará su última batalla, su Waterloo, está a favor de los mercados y se inclina por la iniciativa privada, aunque no puede ocultar los pecados que llevaron al fracaso de la convertibilidad, con sus pavorosas secuelas empresarias y sociales, agravadas después por Duhalde. Su idea es abrir más la economía, en un intento de modernizar e impulsar a las actividades que pueden competir.
Lo que queda de Tucumán, con pocos sectores florecientes y el resto acostado en la lona, y el Estado en situación de colapso, muestra que lo malo del menemismo y sus sucesores es superior a lo bueno que tuvieron los años 90. El desencanto de la sociedad es mayúsculo.
Kirchner, marcado por el padrinazgo de Duhalde y con el antecedente de haber gobernado una pequeña provincia, se inclina por el funcionamiento dirigista del Estado y su intervención en la economía, con cierta tendencia a aislarse del mundo.
La sustitución de importaciones es una de sus metas, aún a costa de favorecer a sectores ineficientes y costosos, para abastecer al mercado interno.
Por su economía tan pequeña, Tucumán necesita: 1) expandir sus producciones y servicios, para colocarlos en el mundo, y 2) atraer inversiones, que fueron espantadas por la crisis nacional y los errores mirandistas, y 3). reformar el Estado. Si no se avanza por esas líneas, será imposible reducir la pobreza y reactivar la economía.
De otra forma, se limitará a exportar el actual pobrísimo 7% del PBI, como las naciones más atrasadas (el país vende un 28%). No habrá margen para crear riqueza y dar trabajo, si se limita a abastecer al inestable mercado interno.
Se necesitan medidas conducentes a superar la crisis social, agravada por la caída del ingreso y la falta de empleo.
El crecimiento no es el único instrumento que puede hacer resucitar a la Argentina, que hizo un nuevo y terrible ajuste con la devaluación. El nuevo modelo duhaldista elevó los precios y bajó los salarios.
Nada permite anticipar que se inicia una guerra frontal contra los problemas estructurales. Más bien, se quiere atacar la coyuntura. Una cosa es dar de comer a los pobres en Tucumán y otra distinta crear condiciones para que se reinserten en la sociedad.
Menem ofrecía sueldos altos, precios bajos y crédito, pero ahora eso no es suficiente. La clase media se siente burlada y estafada. La gente tiene la certeza de que los políticos han hecho mucho daño y por eso reclama contra los dramas de una economía destrozada, la caída del nivel de vida, las secuelas de la pobreza y la indigencia, y las angustias de la inseguridad.
Sólo una cuarta parte de los niños tucumanos menores de 14 años está bien alimentado y educado y tiene su salud protegida. Y se supone que ellos son el futuro.







