20 Junio 2010
Por Asher Benatar
Para LA GACETA - Buenos Aires

Puntual, cada cuatro años el tiempo parece detenerse. Como si el mundo actuara respondiendo a un acuerdo previo y estricto, los problemas diarios, ésos que semanas  antes perjudicaban el sueño y modificaban el ritmo cardíaco, enflaquecen en su entidad: el vencimiento de la hipoteca, el inesperado embarazo de la nena, las exiguas notas que los profesores dedicaron a quienes son depositarios de las ahora dudosas esperanzas familiares, los índices de inflación, todo ello se transforma en datos que disminuyen su importancia cada cuatro años, durante un mes, el tiempo que dura una competencia que atrae la pasión de casi todo el mundo: el Campeonato Mundial de Fútbol.
Treinta y dos países se aprestan a un combate apasionado mientras otras hinchadas menos afortunadas, las que han sido excluidas porque su país  no calificó, se avienen resignados a espiar la fiesta de los otros.
Todo comenzó en 1930, cuando nadie soñaba que, con los años, aquel torneo  un poco de entrecasa iba a derivar en una puja que involucraría miles de millones de dólares En aquella lejana época, sólo trece equipos disputaron una gloria apenas inaugurada. La final estuvo a cargo de la Argentina y el país anfitrión. Ganó Uruguay 4-2, dicen que con métodos que no respondían enteramente al fair play. En realidad, las acusaciones y los informes fueron mucho más contundentes, acaso escandalosos. En la Argentina se sucedieron iracundas manifestaciones anti-uruguayas, incluyéndose en el programa de recordación y homenaje el apedreamiento del consulado y el pedido de ruptura de relaciones diplomáticas al presidente  Hipólito Yrigoyen. Afortunadamente, ese desatino no llegó a concretarse, como sí se concretó, en 1970, entre Honduras y El Salvador, una mini-guerra de seis días provocada por un partido de clasificación para el mundial.   
El fútbol, más que otros deportes, es un arma política muy gravitante. En 1934 y 1938, Mussolini quiso sacar partido de la realización de los  torneos mundiales  en su propio territorio. Y lo logró.  Apeló a toda la gama de recursos ilícitos, desde árbitros sospechosamente tiernos con los locales hasta amenazas a propios y extraños. Es que el triunfador adquiere la dimensión del héroe, el título obtenido es una epopeya cuyo valor se transmite al conductor del país y al régimen que representa.
Actualmente, el fútbol es el heredero de todas las esperanzas de gloria deportiva. Se otorga a los jugadores destacados  la condición de ídolos, se filman películas de figuras consagradas. Algunos intelectuales simpatizan con  el fútbol, otros lo detestan. Entre los primeros podemos citar a Fontanarrosa, Dolina, Sacheri, Soriano y otros, autores de algunas historias futboleras que tienen real encanto. En el otro equipo (ya que hablamos de fútbol), el nombre más importante es el de Borges. "El fútbol no es estético", afirma el gran escritor, "no puede ser estético un espectáculo donde once hombres disputan a otros once hombres la posesión de una pelota".  Para terminar, por lo menos en mi reseña, con una de esas frases que se han hecho célebres por su humor: "el invento del  fútbol es uno de los peores crímenes de Inglaterra".  
Otro detractor es el sociólogo Juan José Sebreli, que  reclama al pueblo argentino un acto de contrición ética por el famoso gol convertido con la mano por Maradona, olvidando que ese acto de arrepentimiento no fue  practicado por Inglaterra con respecto a algo muchísimo más grave: el hundimiento del crucero General General Belgrano en aguas donde la contienda no era permitida por las convenciones internacionales.  
En su libro La era del fútbol, Sebreli comenta que este deporte "es un poderoso instrumento de dominación inventado por las clases hegemónicas de las sociedades burguesas". Tal vez Sebreli imagine algo lamentablemente imposible: la popularización de la frase "literatura, pasión de multitudes".
Fanatismo, política, intereses económicos, manipulación de los sentimientos, pasiones legítimas, todo confluye para que, con una mayoría abrumadora de feligreses y pocos detractores, en junio y julio de 2010, se produzca esa puja en la que sólo sirve ganar.
© LA GACETA

Asher Benatar - Novelista, dramaturgo
y fotógrafo. Entre sus libros se destacan  
"Kindergarten" y "La zanja".

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